EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (XV)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 27, 2020

 

Pesar por el deceso de Raúl Pérez García, amigo entrañable y periodista de grandes talentos. A la muerte de su señor padre, don Manuel Pérez Rodríguez, asumió la dirección del diario Trópico, para mantenerlo como un medio de vanguardia periodística. Descansa en paz, Itocasius

El aspirante

El joven aspirante a reportero de Trópico acepta desde el primer día las normas inflexibles de un oficio por el que se siente llamado y al que llega sin más antecedentes que los estudios elementales (la Secundaria 22 nace en este mismo año de 1939). Frente al reclamo de cubrir un suceso inesperado, acepta no participar en la fiesta inaugural del periódico. El deber es primero, se dice sin ninguna intención paródica.
Porque así entiende el deber, el muchacho toma un camino contrario al sitio del festejo. No obstante, se le hace agua la boca nomás de imaginarse una mesa colmada de especies marinas con nombres espeluznantes –crustáceos, cefalópodos, ungulados y equinodermos– pero exquisitos al paladar. Y más si se les acompaña con cerveza Sol, mezcal de pechuga o el indispensable habanero Berreteaga. Más tarde, ya en plena faena, unas sardinas con galletas de soda y una gaseosa Trébol le sabrán a gloria.
Nuestro hombre, decíamos, se encuentra en el sitio mismo de los hechos. Ha ocurrido un accidente aéreo en la bahía. La noticia, conocida por el eficaz correo de voces, despierta el morbo insano y sume a varias familias en el pozo profundo de la angustia y la desesperación. Acapulco es una comunidad desigual y contrapunteada pero, eso sí, dueña de un rancio y noble espíritu solidario que la hermana ante la tragedia. Hoy no será la excepción.
Cuando el reportero de Trópico llega a la playa de Hornos se encuentra con casi un centenar de curiosos desafiando una lluvia ligera y un viento que levanta enaguas. A medida que se adentra entre aquel gentillal, el meritorio escucha mil y una versiones en torno al siniestro, todas o casi todas inciertas, además de comentarios poco felices. Entre otros:
“Que todos los pasajeros están muertos… Que venían puros políticos y que a los mejor el gobernador está entre ellos…. Que sólo a un loco se le ocurriría volar con este tiempo… Que son diez los muertos…. Yo ni zafada me subiría a uno de esos cachapes… Los que no murieron del trancazo, se ahogaron… A mi no me lo crean pero dicen que en el vuelo venía Dolores del Río… No me alegro pero merecido se lo tienen por invadir los dominios de Dios, nuestro señor”.

Caderamen

Sólo cuando la lluvia arrecia el periodista repara en sus zapatos blancos de estreno, convertidos para entonces en una oscura sopa. Los deseó por mucho tiempo mirándolos en el la zapatería El Tigre (hoy esquina Escudero y Carranza) –marca GBH, de ante y con hebilla dorada–. Si no hubiera sido por su madre habría pasado mucho tiempo antes de poseerlos. Los estrena para la fiesta del periódico, pero luego no tendrá tiempo de cambiarlos por huaraches o de plano andar con la pata rajada, como se dice. Le preocupa que su madre vaya a sentirse si los ve sucios y maltratados. Por ello se refugia en la cabaña de la pista aérea para esperar la llegada de las lanchas de salvamento.
Pensando en devolver a sus zapatos la albura perdida, el reportero no ha reparado en la presencia de una pareja al fondo de la enramada. Una mujer morena se afana en secarle la cabellera muzuca a un hombre sentado sobre un tronco de palmera. Aquella presencia no tendría nada de particular si no fuera por el cuadril de la dama, cuya falda breve se embarra mojada sobre aquella suave piel canela. El rítmico rotar de aquellas formas rotundas inquietan al reportero, pero él aparenta distraerse con el oleaje encrespado. Vano intento. Y era que el chamaco nunca había visto un caderamen así, de este tamaño, redondo, macizo como yegua dosañera. Será por mucho tiempo el objeto de sus sueños húmedos.
Vuelto a la realidad –¡ay, otra vez la pinche realidad!–, el novel periodista deberá abdicar a su contemplación sicalíptica cuando sus anfitriones le pregunten algo. Calenturas aparte, descubrirá entusiasmado que aquel hombre bajito y muy moreno tiene mucho que ver con el accidente aéreo. Jacinto Palma Ventura, es su nombre y se desempeña como soldado comisionado para vigilar la pista de aterrizaje. Aquél día una tendrá una actuación múltiple: testigo presencial, héroe de la jornada y ¿responsable indirecto del siniestro?

El relato

—No estoy muy seguro de la hora pues sin sol es difícil calcularla –empieza diciendo Palma Ventura para soltarse luego con una narración fluida y explícita–. Ya pasaba de mediodía, eso sí, porque las tripas me gruñían de hambre.
–Verdad buenita que no. Ni por pienso me pasó que con este tiempo de los diablos pudiera llegar una avioneta. Por eso, cuando el aparato pasó por encima de la enramada, confundí el motor con unos truenos. Fue hasta la segunda vuelta, casi rozando el techo, cuando miré la avioneta volando hacia el puerto. ¡La pista!, me dije. El corazón se me quería salir nomás de ver aquel lodazal y el animalero. ¡Chingada madre!.
Corrí por mi mosquetón para espantar a las vacas y a los caballos pastando pero estaba descargado. Sí, hombre, cometí la pendejada de tirar al blanco. Entonces empecé a gritar como loco ¡vaca, vaca, ajúa, ajúa, arre caballo, arre caballo!, pero los pinches animales seguían ramoniando sin siquiera voltear a verme. La avioneta, en tanto, regresaba del puerto hacia la Bocana. El miedo ahora sí de plano me engarrotó. ¡Ni modo, me dije, que sea lo que Diosito quiera!.
De vuelta de la Bocana, el motor de la avioneta como que tosió varias veces y al ratito: ¡chumbuuuuun! El golpe se oyó seco pero no muy mucho porque el aparato venía muy bajito, casi rozando el mar. ¡En la madre, me dije, de por sí me van a echar la culpa! Lo primero que me vino a la cabeza fue jullir para mi tierra, Oaxaca, pero en eso miré a Glafira, mi vieja, que me hacía señas para que ayudara a la gente del aparato.
Fue por eso que me lance al agua y nadé como si estuviera de por medio mi vida. Llegue hasta el aparato y me sorprendió que flotaba, como si fuera lancha. ¡Un milagro!, me dije. Adentro se oían gritos y era que la puerta estaba atorada. Como pude la destrabé y la abrí con la ayuda del asistente del piloto empujando desde dentro. Ramón Zúñiga, según se presentó. Fue el primero en salir llevando abrazado al piloto (Alfredo Zárate Leyva), con la cara ensangrentada. Aun así, el hombre gritaba: ¡Todos para fuera, rápido, rápido o esta chingadera se hunde!.
Enseguida, Ramón y yo sacamos a dos mujeres, una mayor y una jovencita a la que sentí blandita, blandita, pensando yo que ya no era de este mundo. ¡Pobrecita!
Los sobrevivientes, lastimados como estaban seguían agarrados al aparato, pero se notaba que ya no resistían más estar flotando. A Dios gracias llegó una lancha de la Marina para rescatarlos y llevarlos al hospital de la Base Naval de Icacos. Por los muertitos vino luego el Balandro S-l, también de la Marina. En ese querían subirme los marinos confundiéndome con un pasajero. Les di las gracias aunque por dentro pensé: estos cabrones sospechan algo de mí. Entonces nadé de regreso y yo mismo me preguntaba que de dónde chingaos había sacado fuerzas para hacer lo que hice. Porque una cosa sí le digo, joven, como estar Dios siempre no voy a jullir y menos ahora que Glafira está esperando.
Si quieren echarme culpa me defenderé como gato patas arriba. Voy a denunciar que la gente del campo aéreo se clava la lana de mantenimiento. Varias veces han recibido dinero para poner alambre de púas alrededor de la pista pero en lugar de hacerlo se chingan la lana. A mí sólo me dan parque para mi mosquetón con el que ahuyento a los animales y un sombrero para el sol.
El reportero de Trópico ha olvidado a estas alturas el drama de sus zapatos otrora blancos. Si algo le excita ahora es que su debut será con las ocho columnas del periódico, redondeada con notas de color.

El saldo

La avioneta siniestrada procedía de Uruapan, Michoacán, con ocho pasajeros y pilotada por Alfredo Zárate Leyva con su ayudante Ramón Zúñiga. Tres de aquellos resultaron muertos: Odilón Espino Ramos, comerciante de Petatlán y su hija Natividad, quienes viajaban al puerto para adquirir el vestido que ella luciría en su fiesta de 15 años; además de don Gregorio Espino, recaudador de rentas de Tecpan de Galeana. Los lesionados fueron doña Isabel Chabe Batani, perteneciente a una linajuda y muy querida familia acapulqueña, Agustina Chávez, Emilio Solís, Carlos García Mendoza y un médico al servicio de la Secretaría de Salubridad.
Jacinto Palma Ventura obtendrá del piloto Zárate Leyva la confirmación de algo que ya sabía. La avioneta intentó aterrizar en varias ocasiones, pero no pudo hacerlo por los muchos animales pastando en la pista. Agotado el combustible por el sobrevuelo, la nave se precipitará irremisiblemente al mar. El piloto recriminará indignado la omisión criminal de las autoridades del puerto, a las que responsabilizará de la tragedia.

El campo aéreo

El ampo aéreo de Acapulco operaba desde 1928 en una superficie hoy ocupada por el Auto Hotel Ritz y la Gran Plaza. Se les había expropiado a familias del puerto poseedoras de miles de palmeras de coco, mismas que ocupaban la franja hoy comprendida entre la avenida Cuauhtémoc y la bahía. Se extendían a partir del actual hotel Las Hamacas hasta la hoy avenida Farallón y más allá. La superficie fue expropiada por el presidente Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), mejor conocido como El Nopalito, por arrastrado y baboso.
Sugerida por secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, Juan Andrew Almazán, de Olinalá, Guerrero. El paisano se quedará únicamente con 22 hectáreas donde construye más tarde un hotel de nombres variados, hasta que su consejero Emilio Azcárraga Milmo le propone el nombre de Papagayo. El dueño de la radiodifusora XEW recibirá otras tantas hectáreas alrededor de la bahía.
El gobernador Rubén Figueroa Figueroa (1975.1981) expropia las 22 hectáreas de Almazán para convertirlas en el parque Papagayo, hoy por cierto sometido a una transformación radical. Objeto compresiblemente de la oposición de quienes por años usufructuaron el especio hasta convertirlo en un zoco infecto.
Volvamos con el reportero cuya imagen es digna de lástima. Sólo el orgullo de ser periodista lo mantiene en pie, emparejada la convicción sobre un triunfo editorial grande a la vuelta de la esquina. La dobla, efectivamente, para llegar a la redacción de Trópico, en pleno centro de la ciudad. Pero, ¿qué pasa? Las instalaciones permanecen en tinieblas y sus únicos ocupantes son quizás los tenebrosos duendes tipográficos. Deben estar en La Marina y hacia allá se dirige.

¡Chin!

El reportero localiza en la cantina de Doroche Lobato (hoy BBVA) a uno de sus compañeros de redacción. Ronca sobre una mesa solitaria. Lo hace reaccionar con un fajo de medio vaso de mezcal. ¡Ah, eres tú! –balbucea aquél con voz estropajosa y las pupilas fijas– ¡de la que te perdiste, buey, por ser tan profesional! No hablemos de eso por ahora, le advierte el reportero e inquiere desesperado el lugar donde se esté imprimiendo el periódico. ¡Estoy muy retasado para entregar mi material, le urge. ¡Uuuuyyy, zanquita!, ¿A poco no sabes que los pinches irresponsables del taller agarraron la peda a morir y no vamos a salir mañana?.
–El reportero sólo atinará a lanzar un ruidoso ¡chin!, mientras baja la vista para mirarse los zapatos de ante con hebilla dorada y que alguna vez fueron blancos.

El reportero

No es necesario advertir que el reportero de la crónica no pudo ser el firmante de esta columna. No, por la sencilla de que este vendrá al mundo 18 días más tarde de la aparición de Trópico. Muchos años más tarde sí tendrá el honor de pertenecer a su Redacción, invitado por su director, Raúl Pérez García (QEPD).