EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (XVII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Marzo 12, 2020

Felicitaciones cordiales para Laura Sánchez Granados, pionera del periodismo femenil en Guerrero, por su medio siglo como profesional comprometida

Mister Bean

Don Luis Hernández Lluch, cronista, historiador y paisano de San Jerónimo de Juárez, quien rebasó con mucho el siglo de fecunda existencia, nos recuerda en sus escritos al aventurero estadunidense Peter Ellis Bean o Pedro Elías Bean, preso en el fuerte de San Diego de Acapulco. Bean es obligado a participar en la defensa del baluarte atacado por don José María Morelos y Pavón. Más tarde, paradójicamente, servirá bajo las órdenes del generalísimo hasta alcanzar el grado de coronel.
Pedro Elías Bean abandona a los 17 años la vida apacible del rancho de una tía en Natchez, ciudad mexicana ya incorporada al territorio estadunidense. Lo hace para seguir al aventurero Phillip Nolan, quien comanda una expedición en busca de oro en la Nueva España. La presencia de aquellos desconocidos, armados hasta los dientes, alerta a las autoridades novohispanas. Al interceptarlos sobreviene un choque en el que muere el líder Nolan, en tanto que los sobrevivientes son llevados presos a Chihuahua.
Mientras llegan las sentencias de España, los enjuiciados tienen a la población por cárcel. Nuestro hombre mata el aburrimiento tejiendo sombreros de palma y pronto será el mejor sombrerero de la región. Con los ahorros de cuatro años de intenso trabajo, Bean corrompe custodios y compra armas para fugarse. Antes de hacerlo escribe dedicada a sus compañeros una suerte de “guía para una fuga segura”. No la suya, ciertamente, porque el escrito cae en manos de las autoridades y el autor encerrado en un calabozo con el pie encadenado a una bola metálica.
Los recursos del sombrerero Peter Ellis no se agotan. Le sirven para pagar a quienes le ofrecen, ellos tampoco, “una fuga segura”. “Este cabrón no entiende”, comentará un miliciano al recapturarlo en territorio comanche. Será entonces cuando llegue de España la sentencia contra los aventureros que osaron disparar contra los soldados del rey. La extraña decisión judicial ordena llevar a la horca a sólo uno de los procesados, dejando a ellos mismos la decisión de señalarlo. Lo hacen en una partida de dados. Pedro Elías se salva, pero aparece más tarde en una cuerda destinada a una prisión de Acapulco, punto de arribo de la Nao de Manila.

Fuerte de San Diego

La presencia de un tipo con tan largo historial de fugas alerta al comandante del fuerte de San Diego, ordenando para él una “tinaja” propia. Calabozo con acceso único por la techumbre; agujero por el que se hace descender al prisionero y muy pocas veces ascenderlo con vida. El aventurero nacido en Tennessee no se resignará al presidio. Al poco tiempo se queja de un fortísimo dolor de estómago que amerita ser llevado al hospital, muy cercano a la fortaleza. Para Bean no será difícil burlar a sus custodios buscando esta vez refugio en los muelles del puerto. Para su mala suerte lo delata un cocinero portugués y es aprehendido a bordo de una embarcación peruana.
Para redondear la personalidad del novelesco personaje, cinematográfico, se diría hoy, digamos que se trataba de un hombre alto y de gran apostura. En tal medida que, al pasar la cuerda de reos por Salamanca con destino a Acapulco, una viuda rica llamada María Baldonado se prenda como colegiala del güerito, como lo llama. Paga por acceder a él y ofrece a sus custodios lo que pidan por su libertad. El propio Bean la rechaza amablemente porque tiene la seguridad de que muy pronto será libre. ¡O vaya usted a saber si no fue para no caer en otra prisión más exigente y tormentosa!.

Mr. Bean con Morelos

Recluido nuevamente en su “tinaja” del fuerte de San Diego, Bean se ofrece como voluntario para dinamitar algunas rocas de la fortaleza que penetra varios metros a la bahía. Pedro Elías no hubiera sido fiel a su vocación libertaria si esta vez no intentara la huida. Amenaza a sus custodios con un falso cartucho de dinamita encendido logrando su libertad y la de 40 reos más. Un leñador los guía al poblado de Texca, pero pronto se verán rodeados por una treintena de soldados del rey. Vuelto a su prisión, El Gringo permanecerá recluido hasta noviembre de 1811. Entonces será liberado en premio por haber participado en la defensa de la fortaleza, atacada precisamente por el generalísimo José María Morelos y Pavón.
A Míster Bean le deslumbra la personalidad del cura rebelde y va en su búsqueda. Lo encuentra en su campamento de El Veladero, cerro acapulqueño en cuya cima ondea una extraña bandera negra. Lleva al centro una calavera humana enmarcada por dos canillas y abajo la sentencia letal de “Paso a la eternidad”. Impresionado por el carácter y la tozudez de El Gringo, el jefe Chemita como aprende a decirle, lo acepta en sus filas por los amplios conocimientos que dice tener sobre materiales de guerra. El extranjero dirigirá entonces la fábrica de pólvora y los hornos para fundir cañones.
Más tarde, el cura Morelos decide enviar al ahora flamante coronel Pedro Elías (Mr. Bean) como su representante en Estados Unidos. Serán magros los logros de aquél en materia de apoyos para la causa independiente. La más importante será quizás la oferta del pirata francés Jean Lafite, (El Bucanero, película de Cecil B. De Mille) de hostigar en el Golfo a las flotas españolas. En una de esas idas y venidas, El Gringo se entera con profundo dolor del fusilamiento de su jefe Chemita, ofreciendo a su memoria continuar su lucha.
Peter Ellis es arrestado en 1815 cuando, acompañado por su esposa mexicana, intenta cruzar hacia Estados Unidos. Es llevado al puerto de Veracruz y confinado en el castillo de San Juan de Ulúa. Para variar se escapa y aparece en Nacogdoches, Texas, de donde viaja en 1825 la Ciudad de México. Aquí se le reconoce el grado de coronel otorgado por el generalísimo Morelos, premiándosele con tierras su participación en la guerra de Independencia. Servirá entonces como agente mexicano ante los cherokees y otras tribus texanas. Consumada la independencia de Texas y ya no teniendo nada que hacer en aquél territorio, Pedro Elías Bean regresa a Jalapa, Veracruz, donde muere a los 63 años de edad.

El indio, triste y melancólico

El monje capuchino fray Francisco de Ajofrín emprende el 20 de julio de 1763 un viaje a la Nueva España. Lo acompaña el también monje Fermín de Olite. El objeto de tan largo peregrinaje tiene un fin noble. Obtener limosnas para cubrir una deuda enorme contraída con la corona española por las misiones capuchinas del gran Tibet. Hombre de grandes talentos y observador acucioso, De Ajofrín escribe un voluminoso diario con las experiencias y avatares de su deambular por la geografía novohispana. Una de sus descripciones más acabadas es sobre los naturales de estas tierras:
“Son color del bazo (órgano del cuerpo) y adusto, de genio triste y melancólico, ánimo flojo y decaído, no juran ni maldicen; tardos a la ira y pesados en todo. Son carirredondos; la boca muy ancha, algo chatos y cortos de pescuezo. Su estatura es muy mediana y todos son rehechos y forzudos. El color de pelo es negro, muy lacio, áspero y tan fuerte como menudas cerdas de caballería. Son lampiños por naturaleza, sin barba, y solo algunos la tienen cuando llegan a viejos.

Agraciados, los de Acapulco

“De entre todos ellos –añade el capuchino–, los indios mexicanos son los más feos y pequeños de estatura. Los indios de la costa del mar del Sur (Acapulco) son más corpulentos y agraciados, aunque del mismo color que los demás. Viven tan fuertes y sanos que no les hace impresión ni el agua ni el sol ni el viento ni la intemperie a la que siempre están expuestos por sus pobres vestidos. Reducidos a un calzoncillo de lana, a raíz de las carnes, y unos calzones de paño burdo o de palmilla, sin más calzado que “tachacles” o “cacles”, que son como suela de zapato amarradas con correas del mismo cuero. Los más andan descalzos y con menos abrigo” .

Retenes para indios

Hubo un tiempo en el que los indios, vestidos según la descripción de De Ajofrín, no podían entrar a Acapulco. Se les detenía en un retén de alguaciles instalado a la entrada de la ciudad, precisamente en La Garita (hoy de Juárez). Ahí se les obligaba a vestir ropa “decente”–pantalón azul y camisa blanca– que allí mismo se les entregaba para que no ofrecieran mal aspecto a los lugareños y forasteros.
Vestidos como “gente de razón”, los jóvenes disfrutaban imitando a los peninsulares en sus andares estreñidos y sus teatrales genuflexiones. Los mayores tendrán problemas al desabotonar la bragueta del pantalón y no pocos terminarán rosados. Terminadas sus estancias en la ciudad, los naturales devolvían en el retén las “mudas decentes” y volvían a vestir sus “garras nejas”, como las calificaban los alguaciles.
Muchos residentes aplaudían la medida porque acusaban a los indígenas de ofrecer, borrachos, espectáculos escandalosamente obcenos. “Es que los pinches indios andan con todas ‘sus cosas de fuera’ abrumando a nuestras niñas y jovencitas, acusaba una respetable dama”. “A ellas –advertía–, que tales miserias sólo provocan risa cuando no lástima”.

Las mujeres malas

En Acapulco, siglos más tarde y bordando un tema similar, será normal la violación a los derechos constitucionales de la mujer. Flagrante, discriminatoria y odiosa celebrada por los padres de familia y los curas. Se trataba de una ordenanza municipal que prohibía a las prostitutas circular libremente por las calles de la ciudad. Se hablaba medievalmente de “malos ejemplos para la juventud, y de falta de respeto para las familias decentes”. Incluso de un cargo tan absurdo como el de la transmisión de enfermedades venéreas.
Un cabildo ignorante, sin duda, pero finalmente consciente, otorgará una mínima concesión a la Pervertida de Agustín Lara; a la Callejera de José Agustín Ramírez; al Amor de la calle de Fernando Z. Maldonado; a la Perdida de Chucho Navarro; a la Arrabalera de Fernando Fernández y al Amor de cabaret, de Carlos Vides. Una libertad limitada, ciertamente, pero libertad al fin.
La libertad de salir a la calle únicamente los jueves de cada semana, pero sólo para cubrir las rutas que iban de su respectivos domicilios o centro laboral al consultorio médico municipal. Advertidas de que, una vez concluida la revisión médica, debían cubrir el regreso por el mismo camino. Como la confianza era el signo de los tiempos, no hubo necesidad de poner un custodio armado a cada mujer. “¡Ni que llevaran consigo algún tesorito”, comentaba procaz Chucho La Temblorina, un obeso mesero de cabaret al que le temblaban las carnes al caminar. Mismo que nunca aceptó ser homosexual porque tal palabra le indignaba: ¡Soy joto, jotísimo, soy puto, putísimo, y a mucho orgullo”, corregía.
Los inspectores municipales, tan astutos y honrados como siempre, lograrán la captura de “cuperquinas o mujeres malas” circulando por la ciudad fuera del día asignado. Ello a pesar de las caras lavadas, los vestidos de percal, los huaraches y los lentes oscuros “Y es que algo tienen estas cabronas que tan solo el modito de andar las delata”, alardeaba uno de aquellos sagaces sabuesos.