EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Porteñas (XVIII)

Humberto Musacchio

Marzo 19, 2020

 

Saludos para nuestro amigo taxista Julián Fierro Galeana, lector fiel de esta columna, agradeciendo su estimulante: “yo juraba que la escribía un viejito.”

Mandinga

Tomás Mandinga es un esclavo liberto cuya fama de médico brujo viajará entre Acapulco y Filipinas. Así, cada vez que llegaba al puerto una embarcación de larga travesía, la choza del curandero africano, en el barrio de La Guinea, se veía pletórica de marineros. Todos en demanda urgente de su pócima milagrosa para aliviar el escorbuto: encías sangrantes, dolor de huesos y dientes flojos.
Previsor, Mandinga conocía el calendario de arribadas tanto del Galeón de Manila como de las embarcaciones procedentes de Perú, por lo que tendrá siempre listo el remedio eficaz: un champurrete de jugo de limón, ajo, cebolla y geranio. Y santo remedio.
El gordo Tomás, como también se le conocía, gozaba para entonces de un estatus nunca imaginado por nadie y mucho menos por él.
Recién instalado en su choza era visitado exclusivamente por sus hermanitos de raza (los nitos, pues). Impensable que criollos o blancos aceptaran ponerse en manos de un esclavo por muy liberto que fuera. No obstante, cuando los dolores provoquen aullidos y hasta corten el resuello no les quedará más remedio que ponerse en sus manos.
Las habilidades del chamán para ahuyentar los malos humores estaban más cercanas a la ciencia que a la magia. Sus terapias –tés, pócimas, cocimientos, emplastos y toda clase de mejunjes– tenían como base las plantas y las yerbas de la región. Era, pues, usufructuario de la medicina tradicional de esta su nueva tierra, envuelta en la parafernalia de los ritos de sus raíces, creando así las atmósferas necesarias para la confianza a sus pacientes. Lo hará mediante convocatorias dramáticas a sus dioses africanos, envueltas en humaredas de copal e incienso. Algunos de sus favoritos eran Xangó, Yemayá y Ossaim, más tarde con equivalentes sincréticos en el santoral católico: San Lázaro, San Jorge y la Virgen de la Concepción, respectivamente.
No era Mandinga un negro de cuerpo apolíneo y ojos verdes según el estereotipo divulgado por los culebrones ilustrados de Yolanda Vargas Dulché. Se trataba de un hombre maduro, de baja estatura, cargado de carnes y con un leve rengueo de la pierna derecha. Las cicatrices de su rostro no eran secuela de la viruela sino tatuajes característicos de su tribu. La tribu mandinga, originaria de Cabo Verde, África, de la que había hurtado su apellido. Mismo origen, por cierto, de Francisco Eguía, esclavo del conquistador Pánfilo de Narváez, portador de la viruela negra que diezmará la población indígena de la Nueva España.

El médico brujo

Las enfermedades venéreas estaban a la orden del día, necesariamente en un puerto cosmopolita. Despreocupados marineros y atribulados frailes acudían en tropel a la choza de Mandinga, en busca de una ya famosa pócima tan amarga como mentada de madre. Contenía zarzaparrilla, genciana, doradilla, pirul y un ingrediente secreto que el curandero se llevará a la tumba. Dos tomas bastaban.
La tripa de Judas era y sigue siendo muy efectiva para curar el reumatismo, aumentado su eficacia si se le añade mariguana con generosidad. Los enfermos del riñón, por su parte, se olvidaban de sus males luego de ingerir una infusión de semillas y flores de retama. El epazote, imprescindible desde entonces para darle sabor al caldo, era utilizado por el médico brujo para curar el mal de San Vito, mientras que el chicalote era muy efectivo para desterrar la sarna y la tiña muy comunes entre la marinería.
Para los tuberculosos –y estas eran palabras mayores–, Mandinga preparaba una pócima con maguey, mastuerzo, vástago de plátano morado, eucalipto y miel de palo.¡Y adiós tos!. Dos raíces, la mexicana jalapa y la asiática cañafístula, eran efectivos purgantes, en tanto que la raíz del polipodio o calaguala era un poderoso astringente.
Mandinga estaba consciente de que españoles y esclavos habían traído al Nuevo Mundo el sarampión, la viruela, la malaria, la fiebre amarilla y la lepra, entre otras epidemias exterminadoras. De ahí su empeño por encontrar las yerbas o raíces para curarlas.

El primer hospital

La numerosa clientela de Mandinga no estaba determinada por la carencia de un hospital sino por la eficacia de su medicina y el bajo costo de la misma. El primer nosocomio del puerto fue establecido por el fraile Bernardino de Álvarez, en 1582, como un anexo al convento de la orden de la Caridad de San Hipólito, por él fundada. Se localizaba en el Cerro del Padrastro, en cuya cima se levantará más tarde el Fuerte de San Diego. Lo rodeaba una huerta de cirianes cuyos frutos darán nombre al barrio: Tecomates.

La perdición de Mandinga

Entre la numerosa clientela de Tomás Mandinga estaban los “querendones” o “arrechos”, como los llamaban las beatas, siempre en busca de brebajes para aumentar la potencia sexual. Como ellos resultaban sus mejores clientes, el negro mantenía una dotación permanente de un licor a base de damiana y pastorcita, un brebaje que, por cierto, lo perderá.
Una dama cuarentona pide a Mandinga un filtro de amor para ligarse a un joven y guapo doncel hispano con el que tiene sueños eróticos. El brujo, seducido por la paga generosa, rompe su propio código de ética y la satisface. Prepara una pócima con varias yerbas y una dosis excesiva de toloache, misma que la calentona mujer hace beber con engaños a su amor imposible. El resultado será catastrófico pues el mancebo pierde la razón.
Los influyentes padres de la víctima van directo a la Santa Inquisición, cuyo fiscal, Juan de Alvear y Carrillo, presenta el caso como un acto criminal de hechicería. Pide para el autor la pena capital. El buenazo de Tomás Mandinga no tendrá tiempo siquiera de encomendarse a sus dioses africanos, la tuerca del garrote vil dará su vuelta letal para destrozarle las vértebras cervicales.
¡Te fuiste, negro!, un grito entre la multitud

Remedios porteños

Los siglos pasarán y la presencia de Mandinga en Acapulco se mantendrá vigente por medio de muchas de sus recetas, aplicadas por brujos modernos, siempre dispuestos a desterrar los males del cuerpo y del alma.

El latido

El latido aparece cuando la panza se llena de aire por las “mal pasadas”. Lo que hay que hacer, según el manual mandinguista, es abrir la boca del estómago para que salga el chiflón. ¿Cómo? Ingiriendo primero algo ligerito, un huevo tibio, quizás, y luego algo más formal, digamos un caldito de pollo con higaditos, y para terminar una copita de rompope. Curanderos más mundanos aconsejan el ajenjo.

Las limpias

Las limpias eran –lo son hoy mismo– cosa de todos los días. Cada curandero usa sus propios métodos escenográficos para dar seguridad al paciente. Unos lo acuestan en el piso y hacen a su alrededor un círculo de fuego con alcohol. La energía negativa del enfermo se elimina con invocaciones ininteligibles mientras el cuerpo es frotado con ramas de zapote blanco. Hay quienes utilizan un huevo de gallina con la seguridad de que la yema absorberá la materia del daño. Siempre habrá un ¡oooh! al romperse el blanquillo.

Aire tirado

Para el aire tirado también se utiliza un huevo de gallina. El curandero lo aplica suavemente sobre la parte del cuerpo por donde haya penetrado el soplo, identificado por dolores intensos. La cura completa requiere de varias sesiones y en la última el oficiante sacrifica una gallina negra con cuya sangre deberá apagar una hornilla o fogata previamente encendida

La tetlatía

Bañar con agua de coco es el remedio para quien se haya quemado con las hojas de la tetlatía, llamada comúnmente tetatia. Se trata de una planta altamente cáustica cuyo solo roces provoca efectos alérgicos muy dolorosos. El cuerpo se llena de ronchas y pronto alcanza altas temperaturas. Otra cura eficaz es cubrir el cuerpo desnudo con espuma de lejía.

El coraje

El coraje es una afección de los niños, como el mal de ojo, trasmitida por una mirada de odio o de envidia. Basta que un adulto colérico clave la mirada sobre un niño de brazos para trasmitirle su cólera. El enfermito se torna más inquieto que de costumbre, se le va el apetito y llora mucho. En la Costa Chica el coraje no es una afección inocua, abruman los testimonios de decesos infantiles por esa afección, casi siempre a causa de diagnósticos tardíos o terapias pospuestas.
Hay para el coraje, venturosamente, una medicina barata y eficaz. Dar al enfermito, en ayunas, dos o tres cucharadas de sus propios orines serenados con dos hojas de tabaco en remojo. Una variante drástica consiste en un cocimiento de hojas de la planta tropical namorado con “pajoso” (estiércol de mula prieta). El mal de ojo lo padecen también los adultos. El cuerpo se hincha y duelen mucho los ojos, por lo que se habla popularmente que al enfermo lo ojearon.
Para prevenir tanto el coraje como el mal de ojo, muchas madres atan un cordoncito en el cuello del niño, a manera de collarcito. O como pulserita en la mano derecha. También es muy efectiva una almendra entre las ropas del bebé, misma que se partirá en dos cuando éste reciba la descarga de una mirada llena de coraje.

Sombra perdida

La cura de espanto o pérdida de la sombra evoca hoy mismo a Mandinga. Son sus manifestaciones palidez, falta de apetito, calentura, vómito y diarrea. El curandero sienta a la persona sin sombra en el centro de un cuarto, sosteniendo un cirio encendido con la mano derecha y un ramo de flores con la izquierda. Se invoca con rezos a la sombra realenga y se le bendice con agua salada. Y ya. (Es lo que se llama “levantamiento de la sombra”).

Mal de amores

El mal de amores no es, como pudiera pensarse, exclusivo de los jóvenes. Lo padecen hombres y mujeres de todas las edades, incluida la tercera. Se pierde el apetito, el sueño y a veces la lucidez mental. El curandero rocía con agua salada el rostro del paciente, le pasa una vela apagada por todo el cuerpo, lo sahúma con copal y termina frotándolo con saliva de mujer preñada.

Demencia

Un remedio efectivo contra la demencia, en su fase inicial, es un caldo del pájaro llamado corcocho. Si no lo encuentra hay un remedio alternativo: piquetes de avispa amarilla.

Erisipela

La disipela o risipela (erisipela) es una infección de la piel que se presenta con heridas rojas y dolorosas principalmente en las piernas. Su tratamiento es complicado. Se atan con un trapo rojo las coyunturas inferiores del paciente para luego darle a beber una infusión de yerbas diversas. Se le descubre la parte afectada y sobre la tumefacción se le frota delicadamente con un sapo vivo de regular tamaño. La panza del animal cambiará de color cuando haya absorbido el mal.

Tiricia

La tiricia (ictericia) cede únicamente ante la ingestión de chichurro sancochado y en caso extremo con polvos de calavera disueltos en caldo de pollo.
¿Un consejo?, ¡mejor vaya al Seguro!.