EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (XX y última)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 02, 2020

Hoy damos con profundo dolor el último adiós a dos grandes y queridos amigos: Armando de Anda Ruiz y Mario Bustos García. Descansen en paz. Para los suyos, nuestra solidaridad y afecto

El primer Bando

El primer Bando de Policía y Buen Gobierno de Acapulco en el siglo XX fue expedido por el alcalde Carlos E. Adame y el secretario municipal Isauro Polanco. Un ordenamiento legal destinado a armonizar la vida en sociedad de los acapulqueños, proclamado teatralmente por las calles de la ciudad al estilo de las ordenanzas reales de la Colonia. El alcalde, acompañado por el cuerpo edilicio, marchaba llevando embrazado el lábaro tricolor, solo antecedido por clarines y tambores anunciando el suceso. La primera lectura se daba en la a plaza Álvarez, para continuar con los barrios del puerto.
El Bando de 1933 disponía en su parte sustantiva la obligación ciudadana de barrer y regar diariamente los frentes de sus domicilios, lo mismo que patios y corrales. Se advertía que tales acciones debían ejecutarse antes del amanecer, pues la recolección de la basura se iniciaba a las 6 de la mañana. Estaba a cargo de don Beto, simplemente operando una carreta jalada por una mula famélica y tuerta Lo acompañaba solamente un ayudante, no siempre el mismo, por causa del mal genio del viejo. Recorría la ciudad en tiempo récord porque eran escasas las calles del puerto, además de que, una sordera absoluta, le impedía platicar con el vecindario y aún menos escuchar sus quejas. Una vez copeteada la carreta, don Beto tomaba el camino a Pie de la Cuesta hasta llegar al llamado corte de Mozimba, destino final a los desechos de la ciudad.
La circulación óptima por las angostas calles citadinas, sólo algunas empedradas, será tema del Bando prohibiendo terminantemente la obstrucción de las mismas. También se prohibía a los niños jugar en la vía pública, particularmente en horario de clases, encargándose la policía de llevar a los infractores a la comandancia policial. Hasta allí llegaban los padres a recogerlos mediante el pago de 10 pesos de multa. En este mismo apartado, eran elevadas las impuestas a los establecimientos que expendieran bebidas embriagantes a menores de edad.
Por lo que hace al funcionamiento de los llamados giros rojos, se obligaba el cierra de cantinas, bares y billares a las 9 de la noche de todos los días. Se exceptuaban, por atender al turismo, los establecimientos localizados en el primer cuadro de la ciudad. Para estos el término de sus actividades estaba fijado a las 11 de la noche, obligándoseles, en materia de salud pública, a ofrecer mingitorios con agua corriente. Bailes y fandangos públicos sin autorización municipal eran sancionados con multa de 10 pesos.

Sepelios y campanas
silenciosas

Una prohibición del Bando del presidente Adame Ríos contrariaba viejas tradiciones porteñas en materia de sepelios o entierros. Por causa de las altas temperaturas ambientales, se otorgaba un plazo improrrogable de 24 horas a las inhumaciones, a partir del deceso, en el panteón municipal. Otra ordenanza sobre el particular será muy cuestionada, la prohibición de acompañar con música los cortejos fúnebres. Se exceptuaban los de menores de edad o “angelitos”, cuyos acompañamientos musicales no debían ser estridentes, quizás violín y guitarra. Tampoco alterará la costumbre de tales entierros, acompañados por niños y niñas vestidos de blanco portando ramos florales, nardos o azucenas.
Otra prohibición municipal incomprendida fue el repique de las campanas parroquiales cuando no fuera para llamar a los oficios religiosos o bien para alertar a la población en casos desastres naturales. Por su parte, la campana del Resguardo Aduanal, en La Mira, de baja sonoridad, tañería únicamente para anunciar pasos y entradas de embarcaciones, no para la anunciar la hora de salida del personal. Y era que la población era sobresaltada a cada momento con campanadas, anunciando la entrada de forajidos de ambas costas.
Adame Ríos tuvo buen cuidado de no meterse con las “plañideras” y “gimoteras” porque ¿cómo comprobarles sus motivaciones pecuniarias? Eran ellas las mujeres que se alquilaban para llorar, gritar, gemir y plañir durante velorios y sepelios. Ello, cuando los deudos querían dar sonoridad al último adiós a sus parientes o simplemente porque no tenían lágrimas para hacerlo. Algunas de aquellas mujeres obtenían pagas extraordinarias cuando fingían desmayos con temblorinas y “oguidos” angustiosos. Trances en los que, por cierto, nunca faltó el auxilio oportuno de piadosas samaritanas armadas con un rosario y una botella de alcohol alcanforado.

Las playas

El primer Bando de Policía y Buen Gobierno prohibía, al despuntar el siglo XX, vestir, por razones estéticas y morales, trajes de baño en las calles del puerto, cuya multa para los infractores era de 10 pesos. Hombres, mujeres y niños debían usarlos únicamente en las playas de entonces Caleta, Caletilla y Hornos. Una prohibición sobre la que, a decir verdad, no hubo reacciones contrarias por la moralina imperante y también por el tipo de bañador usado entonces. Había quedado atrás el traje de baño a rayas del siglo anterior “tipo payaso”, como se le llamaba. El traje femenino de una sola pieza actual había surgido apenas una década atrás, confeccionado de lana con escote amplio, tirantes en lugar de mangas cortas y cubriendo únicamente la mitad de los muslos. Su peso, mojado, superaba los tres kilogramos. El varonil, por su parte, consistía en tarzanera con playera.
Muchas damas, tanto locales como turistas, no recurrirán a tales ridiculeces, como las llamaban. Ellas vestirán en la playa el fondo clásico de su vestimenta habitual, por más que revelara la pantaleta o calzón de manta con abotonadura de carey. Muy pocas de nailon o “nayla”, en pronunciación de algunas paisanas.
No faltarán, sin embargo, las atrevidas chilangas que acudan a la playa vistiendo el mismo fondo clásico pero “a ráis”, o sea, sin calzón o pantaleta. No pocos chiquillos presumirán que la tía “ había capturado un erizo entre las piernas”. Por su parte, ante “tanta inmoralidad”, las escandalizadas beatas auguraban la cercanía del Juicio Final. Pero será cuando lleguen el bikini y más tarde el “trikini,” ofrecido este último incluso transparente, pesando escasos gramos.

Salarios

El presupuesto anual del Ayuntamiento encabezado por don Carlos E. Adame ascendió a 50 mil pesos y su preocupación principal fue pagar puntualmente a la policía. Declaraba: “Si el poder político no es capaz de dar seguridad a su gente, no tardará mucho en llegar el imperio de la ley de la selva”. El sueldo del alcalde era de 5 pesos diarios, tres el del jefe de la policía mientras que cada elemento de la corporación recibía un peso con cincuenta centavos, también diariamente. .

Los juegos de azar

El presidente municipal don Carlos E. Adame rechazó siempre haber autorizado la instalación de un garito en la plaza Álvarez, durante la Semana Santa de 1934. Tampoco reveló, y ni falta hizo, que los permisos para la jugada en grande habían sido extendidos por el señor gobernador del estado, con el aval de los jefes militares de la entidad. ¡Y cómo no, si el jefe de la Nación, Abelardo L. Rodríguez, era dueño de los más grandes garitos operando hasta entonces en el país (hasta que llegue Lázaro Cadenas y se los cierre): Agua Caliente (Tijuana), Foreign Club (Naucalpan) y Casino de la Selva (Cuernavaca). Habituados sólo a la lotería de “buena con el Borracho” y a los albures de a mazote, se escandalizarán con las apuesta que se crucen en la ruleta o en el póker.

Accidentes

Finalmente, el Bando preveía los accidentes en la carretera México-Acapulco a causa de la invasión de animales. El alcalde pactará con campesinos y ganaderos de la región el cercado de sus potreros, dotándolos la Comuna de suficiente alambre de púas.

Tiburones en Caleta

Aunque hoy parezca increíble, la playa de Caleta fue a principios del siglo XX una pesquería de tiburones. La playa que adoptarán como consentida los primeros turistas que se atrevan por la ruta 95, México-Acapulco, iniciada por el presidente Álvaro Obregón, y que hoy mismo lo sigue siendo. Entonces Caleta era una región inexpugnable, sin comunicación terrestre con la ciudad y habitada inclusive por fauna salvaje
La pesquería de escualos pertenecía a don Ramón Córdova Campos, teniendo a su servicio a expertos pescadores locales. Sus actividades se iniciaban al anochecer, cada día preparando las carnadas y tendiendo las cimbras alrededor del islote que más tarde marcara la división entre Caleta y Caletilla. Todo a la luz de fogatas. Terminada la operación, aquellos hombres se tendían a descansar en petates con la idea de un sueño imposible. Antes, por si lo llegaban a conciliar, se ataban las cuerdas con las carnadas en las piernas. El sueño profundo nunca llegaba, antes sentían jalones tan severos que llegaban a lastimar la piel. “¡Cayeron pinches dientones”!, era una exclamación frecuente. Y en efecto, caían tintoreras, cornudas, toros, gatas y muchos cazones.

Don Ramón

Don Ramón, abuelo de Ramón Monche Córdova Pintos, quien fuera un excelente pintor y amigo entrañable del columnista, había creado una industria familiar basada en la captura de escualos. Una vez fileteados finamente, iban a parar a los mercados del puerto y de La Viga, de la Ciudad de México. La demanda se reportaba como creciente y extraordinaria en el popular mercado de pescado y mariscos de la capital. Y era que los mercaderes chilangos ofrecían, sin pudor, carne de tiburón del Pacífico como bacalao noruego. “¡Allá ellos!”, comentaba el señor Córdova.
De la Ciudad de México, el tiburonero acapulqueño viajaba a la ciudad de Puebla para entregar los hígados de escualo directamente a la empresa elaboradora de la famosísima Emulsión de Scott, ofertada, para variar, como “aceite de hígado de bacalao”. La etiqueta de su botella ilustraba a un hombre llevando a la espalda un bacalao de su mismo tamaño. Se recomendaba contra el raquitismo por ser generosa fuente de vitamina D, necesaria para el desarrollo de huesos, dientes y músculos”. ¡Guácatelas!, era la reacción de los niños al tomarla.
Cuando la carretera México-Acapulco se abre en 1927 aún sin terminar y, lo peor, sin puentes para cruzar los ríos, la ciudad se prepara “para recibir gente”. Nunca nadie imaginó entonces que Acapulco llegaría a competir, por ejemplo, con los mayores fenómenos de peregrinaje religioso del mundo. Para agradecer la obra al presidente Plutarco Elías Calles, quien la inaugura finalmente desde Palacio Nacional, se le invita al puerto y él acepta. Se unen entonces los esfuerzos oficiales y privados para dar al mandatario una recepción que le sea inolvidable. Sucederá, sin embargo, que Calles cancela su visita y entonces alguien del comité de recepción propone que el dinero recaudado se destine en la apertura un camino a Caleta. Y así sucede.
Adoptada Caleta por las primeras corrientes turísticas como “su” playa, obligarán don Ramón Córdova a suspender la pesca de tiburones optando entonces por el turismo. Para empezar utiliza el pozo de agua, abierto por él mismo, para crear un servicio que sorprenderá a los primeros atrevidos chilangos: un servicio público de regaderas. Con toalla, jabón y estropajo por si se atrevían. Más tarde, abrirá en la misma Caleta la Pensión Córdova, que consistía en chozas de palapa con catres de lona, dotadas con pabellones contra los moscos. Siempre fiel a su nueva vocación, nuestro personaje cerrará aventura turística, sucesivamente, con los hoteles Del Pacífico y Lindavista.
Fue don Ramón Córdova Campos un auténtico y fervoroso pionero del turismo acapulqueño, una industria no vislumbrada por los más ricos de la región que, ocupados en el cobro de réditos, negocios llamados “de viudas”, la entregaron a manos extrajeras. En su cerrazón absoluta y patológica, otros acapulqueños nunca aceptaron el turismo como fuente de progreso y bienestar general, negados absurdamente a compartir con otros “su” Acapulco , “de ellos y solo para ellos”, como Adanes en su Paraíso, pero sin Evas.