EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Postales de la peregrinación salvaje

Federico Vite

Agosto 07, 2018

El 25 de marzo de 1923 el diario Excélsior anuncia, en su sección Viajeros, la llegada de David Herbert Lawrence y su esposa Frieda von Richthofen, quienes cruzaron la frontera en Ciudad Juárez y abordaron el tren con destino a la Ciudad de México. Pasaron su primera noche en el Hotel Regis; después se mudaron a un “hotelito italiano de la calle Uruguay”, el Montecarlo.
De acuerdo con Excélsior, el escritor norteamericano Witter Bynner y su secretario Willard Johnson se reunieron a los Lawrence una semana después y juntos fueron a Cuernavaca. La historia de Emiliano Zapata llegó a oídos de D. H. Lawrence y le entristeció un poco la estancia. Aquellos extranjeros contemplaron las nevadas cumbres del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. El itinerario incluyó Puebla, Cholula, Atlixco y Orizaba; después irían a Oaxaca.
Durante el peregrinaje, Lawrence vio iglesias, montañas, caballos, calles pedregosas, casas de adobe, un tranvía, molinos, árboles y mujeres envueltas en rebozos azules, descalzas y con faldas pesadas, mujeres lavando sobre piedras, arrodilladas; las vio cargando cántaros de barro al hombro, mujeres moliendo maíz y haciendo tortillas. Mujeres trabajadoras, serias y enojonas. También observó a los niños de ojos oscuros, cuyas miradas eran iguales que las de los hombres envueltos en zarapes.
Otro de los instantes importantes del peregrinaje ocurrió en las pirámides de Teotihuacán. A Lawrence le fascinó Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Sin duda ese fue el germen de su novela The Plumed Serpent. En su primer trabajo sobre México, Au revoir USA, ya había aludido a la serpiente de cascabel enroscada en el corazón de este país. Pero con todos esos impactos emocionales, el inglés escribió bastante sobre nosotros y con ello nos otorgó una identidad salvaje, mística, adánica. Sin duda, él buscaba el paraíso y lo encontró.
La mujer que se fue a caballo reúne, aparte del cuento que da título al volumen, Nada de eso y Princesa (Traducción de Leonor Acevedo Suárez. Fontamara, México, 2000, 157 páginas. Disculpen la extensión del paréntesis, pero la traductora es la madre de Jorge Luis Borges. Aparte de Lawrence, Leonor Acevedo Suárez también tradujo a Katherine Mansfield, En la bahía; de William Saroyan, La comedia humana; y Herbert Read, El significado del arte).
El cuento homónimo fue escrito en 1924 cuando D. H. Lawrence asimiló su visita a México. Al año siguiente, la revista The Dial publicó el texto en dos entregas. El autor fundamenta el relato en un viaje que hizo a Arroyo Seco. Convirtió este país en un sendero narrativo, para él, México es un antes y un después, un Edén dispuesto a ser narrado. Él creía que los dioses aún habitaban esta región. Probablemente eso sea cierto, pero lo que me interesa destacar es que Lawrence cambió su forma de entender el mundo estando aquí, sintiendo desde aquí.
En La mujer que se fue a caballo (debemos el título a Leonor Acevedo, el original es The Woman who Rode Away) el autor inglés aborda un asunto inusual para la época: la infelicidad en un matrimonio de blancos en México. Cuando una mujer de 30 años casada con un hombre mucho mayor que ella experimenta el tedio matrimonial, se da cuenta que sólo tiene una solución: atravesar el desierto a caballo y subir las montañas hasta encontrar las cavernas de los indios.
El texto deja claras las intenciones de su protagonista desde las primeras líneas: “Pensó que aquel matrimonio, de entre todos los matrimonios sería una aventura”. Como no era tedio lo que ella quería, comenzó la travesía hasta más allá de los cerros, donde la montaña y las nubes se tocan, ahí donde habitaban los indígenas. El hastío matrimonial desaparece en cuanto la mujer inicia su periplo. Deja su rancho, su familia, la naturaleza se apodera del relato; después, los indios.
La protagonista no tuvo tiempo de ver el mundo, ni antes de huir ni después, pero encontró la manera de imaginarlo desde las dos prisiones elegidas por ella misma: el hogar y la caverna de los indios. Pasó de la cárcel matrimonial a la crujía indígena, ambos fueron puntos neurálgicos del machismo, violentos y denigrantes. Entró y salió de esas zonas con la misma certeza: Hay que escucharse interiormente y salir de la zona de confort para cambiar.
Nada de eso, el otro relato del volumen, da cuenta de una aventura amorosa entre una rica americana y un famoso torero de apellido Cuesta, un mexicano inolvidable; de hecho, un producto nacional de exportación: seductor violento, aunque físicamente sea un regordete moreno con bigote, feo. El cuento está contado por un ex amigo de Cuesta que conoce muy bien la forma de operar del matador.
Lawrence describe con precisión y emotividad el enamoramiento entre una mujer de mundo y el torero; aunque más bien se trata del encontronazo entre esa mujer y México, ella se deja embestir por la bestialidad del torero: macho, bebedor, reservado y salvaje. He aquí algunas notas del buen Lawrence: “Pero en México los hombres no se interesan por las mujeres que quieren hacerlos bailar al son que tocan. En México, son las mujeres quienes deben limpiar el polvo, como las indias, agachadas. Las gringas no son muy populares. Nadie aprecia su energía y su capacidad de poner a los otros en su lugar. Los hombres prefieren irse al carajo a su manera, no les gusta que una mujer los mande con una bolsita para traer la compra”.
“Así que Ethel fue recibida con miradas por encima del hombro, cuando no con un muro de rollizos cuellos que le daban la espalda. No la querían. Los revolucionarios no le prestaban la más mínima atención. No querían que participaran mujeres. El general Isidor Garabay bailó con ella e inmediatamente esperó que se convirtiera en su amante. Pero ella respondió, como solía, que no y lo dijo vanidosamente. Tenía una manera terrible de decir que no, como si golpeara un espejo con un martillo. Y como nadie quería meterse en problemas con una mujer así, tampoco querían saber nada de ella”. Estas son las pinceladas de una presencia que va de lo reservado a lo salvaje, así entendió Lawrence a México.
Finalmente, el cuento Princesa. Es un texto dramático, contado desde un punto de vista neutral pero proclive a lo femenino, en el que se narra la atracción turbulenta entre un hombre y una mujer de orígenes muy distintos, hecho que agranda sus diferencias, a esa difícil relación le sumamos la naturaleza salvaje de este país. Piénselo así, si usted cuenta una historia, digamos, Adán y Eva, ponga de escenario un sitio como el Acapulco actual (basura por todos lados, protestas laborales, muertos, fugas de agua, abuso de autoridad, asesinatos, enriquecimiento ilícito, más protestas laborales, más cuotas por piso, más muertos e impunidad), ¿qué pasaría con ese experimento? Parece que esa es la lección del señor Lawrence. Un escritor que nos muestra con mucha mayor soltura los rasgos que nos caracterizan y que solemos negar a rajatabla.