Federico Vite
Agosto 12, 2025
La frase del título no es mía, forma parte de la campaña publicitaria del largometraje La mujer murciélago, dirigida por René Cardona, cuyo estreno fue en marzo de 1968 y tuvo una aceptación modesta del público. El guion es de Alfredo Salazar (también autor de Santo y Blue Demon contra El Doctor Frankenstein (1974), Santo contra los secuestradores (1973), Las Luchadoras contra el Robot Asesino (1969)), a quien yo consideraría un creador de historias satelitales en torno a la lucha libre; también lo definiría como un impulsor del cine de terror con sello mexa: La Bruja (1954), La momia azteca (1957), El monstruo y el hombre (1959), El ataúd del vampiro (1958), Muñecos infernales (1961), El charro de las calaveras (1965), y hablaría de él como pionero del crossover en el cine nacional: Frankenstein, el vampiro y compañía (1962).
La mujer murciélago no podría considerarse un dechado del buen cine, pero hay elementos vigentes y relevantes que me gustaría señalar; sobre todo, porque este largometraje se filmó en Acapulco, ciudad y puerto donde el matriarcado es una certeza indisoluble.
La mujer murciélago no sólo es la tropicalización de Batman, también pone en evidencia algunas fallas graves del sistema judicial, ya que tanto en el Acapulco de esta película, como en el de la vida real, la delincuencia manda. Pero más allá de esa certeza, esta producción tiene algunos giros interesantes; el primero, una mujer protagoniza un filme como superheroína (no es casual que en italiano esta película se titule L’Invincibile superdonna). Una campeona mundial de lucha libre recibe el encargo –a través de un agente del Servicio Secreto de apellido Robles–, de resolver el caso de un asesino serial que va tras los luchadores profesionales en el puerto. El homicidio de El Rayo es el que más llama la atención, porque su cadáver aparece flotando en playa La Angosta, muy cerca de La Quebrada. Se pide entonces que llegue al puerto nuestra salvadora (porque en ese Acapulco y en el actual no hay policía capaz de enfrentar a los malos).
La Mujer Murciélago es “inmensamente rica, vive en la capital, su fortuna le permite ponerse al servicio de la lucha contra el mal”. Se oculta tras una máscara para que el fuerte y largo brazo de la maldad no la hostigue. Una heroína, encarnada por Maura Monti, recorre las calles del puerto en un auto descapotable. Luce máscara, bikini y capa en un clima paradisiaco. Circula por avenidas que están mucho mejor pavimentadas que las de ahora y, en efecto, las calles son más limpias, más habitables, son más Acapulco. Investiga al sospechoso número 1. También invierte tiempo buceando. El mar, nunca sobra decirlo, es un espejismo del Edén: diáfano, habitado por corales y por cardúmenes luminosos de peces coloridos.
La Mujer Murciélago descubre que un científico loco, el doctor Erik Williams, experimenta con el líquido seminal de los luchadores porque intenta crear una raza de seres híbridos. El doctor Williams toma ventaja y crea al hombre pez llamado Piscis. Así que la siguiente víctima, de manera natural, es La Mujer Murciélago, pues ella será el molde perfecto para dar a luz a la mujer pez. Un experimento adánico, como puede notarse. Grosso modo, eso refiere la película, pero la lectura que subyace es mayor, porque posiciona al puerto como un sitio único en México, con otra identidad, lejana del sombrero de charro y el mariachi.
En Francia, La Mujer Murciélago es un largometraje de culto. Allá se tituló La femme chauve-Souris. La música, otro factor interesante de este proyecto, está a cargo del compositor Leo Acosta. La banda sonora empalma con la historia. Es una joya jazzeada.
Para mí no es casual que meses después del estreno de este filme se presentara en Acapulco la obra Hair, escrita por Gerome Ragni y James Rado, cuyas presentaciones pusieron los pelos de punta a Gustavo Díaz Ordaz, entonces presidente de la República, quien prohibió el espectáculo “que atenta contra la moral”. Hablo de un espectáculo en el que se ponía en escena la contracultura de los años 60; muchos actores bailaban y cantaban desnudos. Se representó una relación homosexual; de hecho, en una escena dos hombres se besaban sin pudor frente al público. Ese musical se presentó en enero de 1969 en el entonces Cine Acapulco, mucho más conocido como Cine Salón Rojo. El Jet Set tropical acogió a los actores y el público fue a las funciones como quien va a bailar en la discoteca. Sobre Hair cayó el dedo presidencial que oprimía todo lo que orbitaba en torno a México y expulsaron a los actores del país. Recordemos también que en 1968 ocurrió la matanza estudiantil del 2 de octubre. Ergo: México tenía miedo de todo, y temblaba por todo.
Entre ese Acapulco, de apertura y glamour, de ese Acapulco magnético y portentoso aún quedan algunas cosas, pero para desgracia de los que acá seguimos, Acapulco ya no se diferencia de otros puertos, ya no tiene la fuerza, ni el poder de convocatoria que tuvo, sólo se mira al pasado para lustrar las postales viejas del presente. Acapulco no ha encontrado cómo capitalizar lo que culturalmente ha significado para este país. Y no lo hará si sigue jugando a la burocracia artística y al turismo de playa.
El punto es que en esos años no había otra ciudad para que se contara esta historia: primero, porque Acapulco siempre ha sido una variante tropical de Ciudad Gótica. En segundo lugar, el papel de la mujer en este puerto tiene una densidad y un peso que no existe en otros lugares del país, e incluso del mundo. Se le cuida, se le toma en cuenta, se le rinde culto, se le obedece. Sería impensable no poner a La Mujer Murciélago en el mar de este puerto. Una heroína que en Acapulco puede vestirse como quiere y, aparte de todo, lucha con éxito en contra de los perversos. Algo de radical chic hay aquí, algo de rebeldía bien orquestada en un outfit a go-go. De todo aquello, sólo nos queda el remedo de Ciudad Gótica que somos, una orilla del progreso que se pudre e intenta ser una promesa del bienestar, un ejemplo de resiliencia, pero se pudre, insisto, y cada vez es más obvio: se pudre. Lo que de verdad hace falta es trabajo firme y disciplinado.
Traigo a cuento esta película de René Cardona porque me recuerda el porvenir, el anhelo de ser custodiado por héroes y por heroínas. Aunque, para nuestra desgracia, estamos en las garras de los políticos de medio pelo, los propagandistas profesionales y todos seguimos en el poder de los otros, los que llevan los cuernos de chivo en las manos.
Entre otras cosas, casi dos años después del impacto de Otis, es una infamia que Acapulco no tenga una librería. Eso nos dice muchas cosas que contradicen la inercia gubernamental, cuya verdadera labor es la aniquilación. No estamos mejor que antes de Otis, no lo estamos; pero lo peor es que tampoco hay rumbo y eso es más grave. Repetimos la versión más triste de nosotros. A final de cuentas, esto también es vivir en Acapulco.
@FederìVite