EL-SUR

Sábado 15 de Diciembre de 2018

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Prima donna / 3

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 06, 2018

El legendario buzo Hilario Perrolargo Martínez era el anfitrión recurrente del príncipe Bernardo de Holanda, con quien se atracaba de ostiones y por la noche escalaban el cerrito de Marroquín .Foto: Tomada de internet
El legendario buzo Hilario Perrolargo Martínez era el anfitrión recurrente del príncipe Bernardo de Holanda, con quien se atracaba de ostiones y por la noche escalaban el cerrito de Marroquín .Foto: Tomada de internet

La reina Juliana de Holanda

En su visita oficial a la Ciudad de México, con prolongación a este puerto, la reina Juliana de Ho-landa se hizo acompañar por su esposo el príncipe Bernardo y la princesa heredera Beatriz Wilhelmina (soberana a partir de 1980). La princesa Irene no viajó por estar preparando su boda. Aquí, sus anfitriones fueron el presidente Adolfo López Mateos y doña Eva Sámano de López Mateos, el alcalde Ricardo Morlet Sutter y su esposa Conchita Macho, seguramente la más bella y sencilla de las primeras damas acapulqueñas.
Acapulco, digámoslo pronto, era un lujo del que México presumía orgulloso ante sus visitantes distinguidos. Hués-pedes como el legendario presidente de Yugoslavia, Josip Broz Tito y su esposa Osvan-ka; el primer ministro de Polonia, Josef Cirankiewiez; el príncipe de Edimburgo, consorte de la reina Isabel de Inglaterra. Igualmente, el príncipe Akihito de Japón, recién casado entonces con la princesa Michiko, misma que aquí será víctima risueña de albureros contumaces. El hijo de Hiroito lleva hoy 29 años al frente del gobierno del imperio del Sol Naciente; abdicará el 30 de abril de 2019.
Doña Eva Sámano de López Mateos, guerrerense nacida en San Nicolás del Oro, San Miguel Totolapan, acreedora a 34 reconocimientos internacionales por sus programas de asistencia social, no cambiará el título de maestra por el de prima donna. Ter-minada su función oficial se incorporará como directora de la escuela Héroes de la Patria, de la Ciudad de México, sirviendo en ella los siguientes 12 años.
Para la periodista e historiadora Sara Sefchovich fue ella, doña Eva, la más propositiva de las esposas de los presidentes de México. Hizo un trabajo impresionante en materia de desayunos escolares, repartiéndolos en tal cantidad que nunca se repitió la experiencia. A ella le interesaba mucho la cuestión escolar y se empeñó en inaugurar una escuela en cada rincón del país. (La suerte de la consorte. Las esposas de los gobernantes de México. Historia de un olvido y relato de un fracaso).

Carmen García de Portes

A propósito, la misma autora recuerda que fue la esposa del presidente Emilio Portes Gil, doña Carmen García, la creadora de una asociación denominada La Gota de Leche, que repartía el lácteo a los niños pobres y combatía el alcoholismo. Será el antecedente más cercano al INPI de doña Eva. Doña Carmen García fue con sus 24 años la más joven de todas las consortes presidenciales.
El matrimonio Portes-García disfrutaba los veranos en Acapulco. Habitaba su propia residencia frente a la playa de La Langosta, con asistencia rigurosa a los oficios religiosos vespertinos de la Catedral de la Soledad. El ex presidente de la República nunca entraba al templo, se quedaba armando la chorcha con los periodistas cafeteros de El Tirol. Era el mismo Portes Gil que, en 1942, siendo presidente de la Junta para el Saneamiento y Alumbrado de Acapulco, introdujo el agua al puerto a partir de los manantiales de El Chorro, en Coyuca de Benítez.

Agüita de coco

Las tiendas de ropa de playa se ubicaban entonces en pleno centro de la ciudad. Luego de recorrerlas todas, la reina Juliana y la princesa Beatriz buscan un descanso. Lo encuentran en la cafetería El Tirol, a un lado de la catedral de Nuestra Señora de la Soledad, donde demandan sedientas algo de beber.
–¡Cocos bien fríos! –sugiere alguien de la comitiva y las damas coronadas aceptan entusiasmadas.
–¡Cocos bien fríos para todos! –ordena un joven con la pestaña rizada, funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
–¡Híjole, doñitas, ora sí que les voy a quedar mal. El coco no lo trabajamos, sólo en la playa –se disculpa el mesero Prócoro Ramírez, quien les ofrece en cambio yolis, cocas, “perses” y agua de Taxco.
La monarca con nombre de sopa disimula un mohín de disgusto optando por agua mineral. Y lo mismo hace su comitiva.

Traición

Apenas la reina Juliana y su comitiva se han retirado de El Tirol, un par de fornidos agentes de seguridad toman a Prócoro por los brazos e intentan moverlo. El mesero se planta con sus 120 kilogramos de peso y denuncia con grandes voces la agresión de que es víctima.
–¡Ora, pos’ que se train, si no he hecho nada malo…
–¡Te parece poco, cabrón, haber hecho quedar mal a México negándole pinches cocos a la reina de Holanda –le recrimina uno del par de agentes que lo tienen apergollado. ¿Sabes lo que es una reina, cabrón?. ¡Que va a saber, carbón, naco, seguro que las única reinas que conoces son las de la baraja! ¿Sabes cabrón que la reina de los “países de hasta abajo” es invitada del señor presidente de la República y por ello nunca debiste negarle lo que pidiera? Debiste correr por los cocos hasta del fin del mundo, cabrón, nunca hacer quedar mal a la Patria. Ojalá que con la chinga que te vamos a poner aprendas a atender a los invitados presidenciales.
Lo único claro en todo esto será la existencia de una orden superior, verbal y absurda, para que el mesero Prócoro Ramírez cumpliera un arresto de 24 horas en una instalación castrense o policiaca. Como estar Dios…
Los halcones de la Gestapo mexicana desistirán finalmente del arresto del mesero. No en consideración a lo insólito de la orden sino en la irritación manifiesta de la concurrencia del restaurante. Por lo demás, llevárselo hubiera requerido el movimiento de una grúa o cuando menos un montacargas.
–Pinche reina pichicata, apenas dejó un tostón de propina –reprocha Prócoro rechazando el apodo de el mesero de la reina, que le endilgaron ese día algunos periodistas.

Juliana R.

Amsterdam, Holanda. Cuando apenas se ha instalado en su hotel, Margarita López Portillo recibe un hermoso ramo de tulipanes. Lo acompaña una tarjeta firmada simplemente como “Juliana R”, de-seándole feliz estancia en la ciudad.
–¿Juliana R?….¿ Juliana R?… descifra frente a su pequeña corte la hermana del presidente de México. No, no conozco a ninguna Juliana Rodríguez, Juliana Ramos o Juliana Ramírez…. Lo más seguro es de que se trate de alguna residente mexicana pretendiendo dar un sablazo o hacer un encargo. ¡Ay, estos paisanos, siempre tan nacos! Regresen el ramo a la administración y adviertan que no estoy para nadie, ordena la caprichosa dama.
–¡No Maggie , no! –ataja desesperada su asistente Lupita Dueñas. ¡Perdóname, Maggie, pero estás en un error: “Juliana R” es Juliana Regina, o sea, Maggie, ¡la reina Juliana de Holanda!

Las novias del príncipe

El príncipe Bernardo, esposo de la reina Juliana de Holanda, no desdeña la invitación diplomática de un tour por el Acapulco de noche –“nada parecido a las noches de Amsterdam”, le advierte un atildado ataché, pero se va a divertir en grande. Ga-ran-ti-za-do, subraya insinuante.
El sitio al que se llevará al noble visitante, decidido por los altos mandos de la diplomacia, será rastreado sanitaria y policialmente e incluso fumigado. Policías , hombres y mujeres, serán habilitados como servidores del lugar y hasta un mariachi con agentes de la Dirección Federal de Seguridad actuará con el recurso del play back
La policía local, siempre tan parecida a la corporación china, sembrará el camino de uniformados, en previsión de algún secuestro, atentado o cosas peores. Los vecinos del fraccionamiento Marroquín adjudicarán tal movimiento a la presencia del señor gobernador del estado y se harán cruces.
Cuando el príncipe Bernardo penetrado a la Quinta Rebeca disfrazado de turista gringo –camisa hawaiana, gorra beisbolera y lentes oscuros– el personal auténtico del establecimiento –“las viejas meretrices que yo amé”, dijera el poeta– se alborotan como gallinero con el mapache adentro. Una de ellas rompe atrevida los límites policiales impuestosa, lanzándose hacia el turista para acogotarlo con besos y arrumacos.
–¡Eres tú, mi papi chulo, mi güero de los helados (¿helados Holanda?), por fin regresaste, querubín. Ella es Sonia, una rubia de 1.80, de caderas formidables, vestida con lencería negra y cuyos labios rojo carmesí parecen dispuestos a chuparse el mundo. Sus compañeras le llaman cariñosamente Mamá Dora.
Corina, la más chaparrita del grupo y con cara de niña llama al príncipe “grandote”, seguramente por sus casi dos metros de estatura. Ella juguetea columpiándose desde su cinturón.
Una auténtica pantera negra es Estrella, venida de Azoyú, quien llama la atención del rubio europeo mostrándole un dije sobre su pecho. “Aquí te traigo colgando todavía, mi “Camaroncito”, le dice mostrándole sus pechos en plenitud.
Cuando un grupo de taxistas se acercan a Bernardo llamándole por su nombre. los jefes del Estado Mayor Presidencial, disfrazados del trío Los Presidentes, avientan sus guitarras lanzando mentadas en Do mayor.
–Pinche ridículo que estamos haciendo –se queja el soldado de más alto rango y requinto a la vez.
–Afirmativo, señor, afirmativo –responde la segunda voz. Se me hace, señor, con todo respeto, señor, que este cabrón no es príncipe extranjero sino padrote mexicano.

Y todo por no preguntar

El príncipe Bernardo de Holanda fue un enamorado ferviente de Acapulco. Lo visitaba en su yate o en su avión y nunca necesitó de guaruras. Buceaba todo el día con Hilario Perrolargo Martínez, se atracaban de ostiones y por la noche escalaban juntos el cerrito de Marroquín.