EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Qué es lo prioritario, la salud o la economía?

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 08, 2020

Hay un dilema muy generalizado que necesita ser resuelto de manera adecuada porque de ello depende la posibilidad de vivir o de morir. ¿De qué hay que cuidarse más, del virus o del hambre? Están quienes viven al día o con deudas y tienen que salir de sus casas para trabajar o buscar opciones que les ayuden a sobrevivir; y están quienes cuentan con ingresos estables o ahorros y reclaman a quienes salen a la calle y no se quedan en casa. Y en el ámbito de las cúpulas económicas y políticas está viva la tensión entre la apertura de la economía y la atención a la crisis sanitaria. En toda esta trama se ponen en juego intereses y derechos legítimos que no logran equilibrarse. Aparece, pues, el dilema sobre la prioridad de la economía o de la salud. Pareciera que si priorizamos la salud la economía se irá a pique y si priorizamos la economía la crisis sanitaria tendrá un mayor deterioro.
A primera vista, este dilema entre el cuidado de la salud y el cuidado de la economía, no tiene sentido porque ambos factores son necesarios para vivir. Pero en la práctica, el dilema está ahí. Y está ahí debido a las condiciones que tienen la economía y la salud en nuestro contexto mexicano y, aun, en el contexto global. El modelo de economía que tenemos está enfermo y tiene el efecto de enfermar. Es más, tenemos una economía que mata. Y, por otra parte, el sistema de salud que tenemos también está enfermo y ha mostrado su inoperancia. Vamos por partes.
Comencemos por el tema de la salud. El beneficio –por así llamarle– que el virus nos ha traído es algo así como una prueba de fuego. Nos han dicho que quienes carecen de condiciones saludables son más vulnerables. Y nos han dado una larga lista de patologías físicas y mentales que disminuyen las defensas que el cuerpo humano necesita. Si no tenemos hábitos saludables nos volvemos frágiles pues no hemos atendido nuestra salud ni la de la familia para que esté en buenas condiciones. En ese sentido, la mejor defensa contra el virus no sería el cubreboca sino un cuerpo sano y una mente sana. Nuestros hábitos alimenticios son deficientes, nuestras relaciones interpersonales y comunitarias suelen estar maltrechas y el clima de inseguridad y de violencia deterioran la salud mental de manera muy significativa.
Por otra parte, el sistema de salud pública que tenemos hoy en nuestro país, tampoco ha pasado la prueba. Nos duele mirarlo colapsado. No tiene las capacidades necesarias para atender esta crisis ya que ha sido heredero de decisiones políticas corruptas e indolentes. El sistema de salud ha estado secuestrado por la política. Los recursos, siempre insuficientes, que se han destinado al sector salud, se han quedado en bolsillos de particulares pues la salud pública ha sido uno de los grandes negocios de las élites políticas y empresariales.
A esto hay que añadir que el sistema de salud se ha enfocado más a atender las enfermedades que a prevenirlas y a fortalecer la salud con prácticas saludables entre la población. Hablar de salud en México, es hablar de hospitales, de medicinas, de médicos y de enfermeras, en lugar de hablar de educación, de alimentos, de buenas condiciones laborales y de seguridad social. En términos de administración, ha salido más caro curar a un enfermo que prevenir una enfermedad. En este sentido, nunca habrá recursos que alcancen.
Ahora pasemos al tema de la economía. El virus nos ha mostrado lo que tenemos: una economía excluyente y generadora de desigualdades. Hay, afortunadamente, quienes sí tienen reservas económicas o un empleo más o menos seguro que les ha permitido permanecer en casa sin mayores dificultades. Pero no es el caso de una gran parte de la población. Es cierto que todos tendremos pérdidas económicas, pero no en el mismo grado. Quienes viven en la informalidad, los desempleados y subempleados han quedado en condiciones de desprotección. Volver a la “nueva normalidad” significará volver a lo mismo, a las condiciones desiguales de la economía, y en condiciones más penosas aún.
También hay que considerar el impacto que la economía ha tenido en la calidad de la salud. El modelo económico que se nos ha impuesto, en su forma neoliberal, con su principio motor del lucro, ha hecho un negocio de todo. Y la salud es un gran negocio capitalista. Por eso, los mercaderes de la salud, y todos lo demás, están ansiosos por la reactivación económica y ejercen sus presiones para lograrla. ¿Acaso no es el gran negocio la industrialización de los alimentos procesados por unas cuantas firmas a nivel global? ¿No son estos supuestos alimentos los grandes factores de tantas enfermedades que se han desarrollado en la actualidad? Pareciera que las industrias de los alimentos se han propuesto enfermar a la población con la producción y comercialización de comida chatarra y de bebidas que no nutren, pero sí deterioran la salud.
Y para continuar con la carrera del lucro, interviene la industria farmacéutica con su ya conocida lógica dañina: es cara, trata las enfermedades con efectos colaterales, pero no cura. A esta industria no le importa la salud sino la ganancia, por eso no le importa sanar sino mantener las condiciones precarias de la salud.
En estos términos, ¿a qué hay que darle prioridad? ¿A una economía que mata o a una manera reduccionista de tratar la salud? El dilema, en términos concretos, no nos deja salidas. Reactivar el mismo modelo de economía perjudica a la salud y seguir promoviendo un sistema de salud excluyente e insuficiente, tampoco es buena opción. Volver a la misma economía y volver al mismo modo de abordar la salud se pueden convertir en verdaderas trampas. Y así, nunca más estaremos en condiciones para afrontar las pandemias o epidemias que vendrán.
Es evidente que el modelo económico vigente y el sistema de salud que tenemos no se modifican con un decreto ni a corto plazo. Pero urge una transformación de la economía y del sistema de salud para lograr condiciones de salud óptimas para todos. Y urge contar con una visión estratégica de esta transformación y poner en marcha el proceso que sea necesario. Mientras tanto, las familias y las comunidades no pueden esperar a que sucedan estas transformaciones que son de carácter sistémico. Pueden generar sus propios procesos, desde abajo, para generar y fortalecer dichas transformaciones. Es más, éstas necesitan hacerse desde abajo y desde arriba para que sean verdaderas y eficaces. Veamos algunos caminos posibles, que están a la mano.
Un camino básico consiste en contar con una visión integral de la salud, conectando las diversas dimensiones de la misma: corporal, emocional, mental y espiritual, y conectando, a su vez, la salud de la familia, de la comunidad y de la sociedad como tal.
Otro camino es el de la alimentación. Ya se nos ha dicho que la mejor medicina es la alimentación que se encarga de proveer los nutrientes que necesitamos, como los mejores preventivos ante las enfermedades. Una alimentación sana, que vaya descartando los productos superindustrializados nos irá asegurando las condiciones de salud capaces de protegernos de las amenazas que puedan venir.
Otro camino más lo encontramos en las abundantes formas de medicinas alternativas, muchas de las cuales han ido probando su eficacia tanto en la prevención como en la curación. La naturaleza y sus elementos –agua, tierra, plantas, sol, etc.– nos pueden proporcionar los remedios necesarios cuando perdemos el equilibrio del organismo humano. Una buena relación con la naturaleza nos hace tanto bien y puede mejorar las condiciones de salud.
Ligado a lo anterior, va adquiriendo fuerza la iniciativa de cultivar nuestros propios alimentos. Esa práctica que ya teníamos en el México agrario, y que hemos ido perdiendo en la medida en que la producción de alimentos ha seguido más la lógica de la mercantilización que la satisfacción de necesidades. Los alimentos, antes que ser mercancías son satisfactores de necesidades. Su cultivo y su producción, de manera colectiva o individual, podría ser una práctica común que contribuya a la seguridad alimentaria. Y ya sabemos que los cultivos saludables son aquéllos que son amigables con el medio ambiente, desechando siempre los agroquímicos en la producción de alimentos.
Va abriéndose paso en el mundo –y afortunadamente, en México– la opción por la economía social y solidaria como una manera colectiva de abordar los procesos económicos desde abajo, desde las comunidades. Experiencias de ahorro y crédito, de producción, de comercialización, de consumo y de servicios con el carácter explícito de la solidaridad, que están enfocadas a la satisfacción de necesidades y no al lucro capitalista, podrían ser la contribución desde abajo para ir desmontando la economía neoliberal que nos han impuesto. Sin esta actuación social desde abajo, los esfuerzos que se puedan hacer desde arriba no tendrán el impacto suficiente.
En fin, ¿qué es lo que hay que priorizar ahora: la salud o la economía? Se trata de una decisión política que requiere ser tomada a partir del principio del bien común, que se enfoca a establecer las condiciones de la vida social para que faciliten el desarrollo de todos, sin exclusión alguna. Este principio no permite ni la corrupción, ni la desigualdad ni la mercantilización de la salud como ha sucedido hasta ahora. Se necesitan decisiones económicas y políticas que permitan condiciones de salud para todos. Decisiones desde abajo y decisiones desde arriba.