Gaspard Estrada
Junio 18, 2025
El mundo vive su peor oleada de conflictos en décadas. En un estudio publicado antes de la reciente escalada de violencia entre Israel y Hamás, el Instituto de Investigación para la Paz de Oslo (PRIO) había indicado que había 55 conflictos en los que estaban implicados 38 Estados y calculaba su duración media en once años. Una década antes, el mismo instituto identificaba 33 conflictos con una duración media de siete años. En 2022, más de 200 mil personas murieron en batallas relacionadas con enfrentamientos entre Estados, más que en ningún otro año desde 1984.
Estas cifras no incluyen los combates entre grupos no estatales, como rebeldes o cárteles de la droga, que matan a decenas de miles de personas al año –como en México, donde numerosas facciones criminales participan en conflictos armados.
Merece la pena destacar algunos ejemplos. Más de 600 mil civiles murieron durante la reciente guerra en Etiopía, en parte debido al bloqueo gubernamental, que impidió la entrada de ayuda humanitaria en el país. En la invasión rusa de Ucrania, cientos de miles de personas han muerto desde el año pasado, produciendo la peor crisis de refugiados en Europa en años. Más de diez mil personas murieron en las cuatro primeras semanas del conflicto entre Israel y Hamás. Actualmente hay una campaña de limpieza étnica en Sudán, donde la guerra civil en curso entre dos facciones de las fuerzas armadas ha causado 9 mil muertos y 5.6 millones de desplazados. La República Democrática del Congo (RDC) tiene 6.9 millones de desplazados internos en medio de la actual guerra civil.
Por no hablar de las sangrientas guerras civiles en Somalia, Yemen y Libia; el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán; la guerra civil en Myanmar; la reciente decisión de Pakistán de expulsar a 1,7 millones de refugiados afganos, que producirá una nueva catástrofe humanitaria; o la crisis generalizada en el Sahel, donde el avance de la violencia yihadista ha matado a más de 20 mil personas en los últimos 12 meses.
No hay consenso sobre la razón del reciente aumento de los conflictos, pero es posible señalar varios factores relevantes. En África y Oriente Medio, la desertificación y la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos amenazan a las poblaciones rurales e intensifican las disputas por los pastos. Cabe recordar que fue una sequía histórica en Siria entre 2006 y 2010 la que llevó a los jóvenes de ese país a emigrar a las ciudades, aumentando el desempleo urbano y el descontento general. Este fenómeno contribuyó a las manifestaciones a gran escala contra el gobierno, cuya brutal represión desembocó en una guerra civil que ha matado a más de 300 mil personas.
Otro factor es el efecto desestabilizador de los conflictos existentes en un sistema económico y político mucho más interconectado y vulnerable que antes. Por ejemplo, como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania el año pasado, el precio del trigo y los fertilizantes se disparó, aumentando la inflación y la pobreza en muchos países africanos y haciéndolos más vulnerables a grupos extremistas como el Estado Islámico.
Con una parte considerable de su atención y tropas involucradas en la guerra de Ucrania, Rusia ha perdido la capacidad de controlar los acontecimientos en el conflicto entre Armenia, su aliado tradicional en el Cáucaso, y Azerbaiyán, lo que permitió a las fuerzas azerbaiyanas expulsar a otros 100 mil armenios del territorio de Nagorno Karabaj en septiembre.
Hace cuarenta años, un conflicto armado entre la República Popular China y Taiwán difícilmente habría producido una conmoción económica mundial. Hoy, debido a la interconectividad económica del mundo, una guerra entre Pekín y Taipei tendría el potencial de producir una grave recesión y escasez de productos en todo el mundo, además de provocar una carrera armamentística nuclear en Asia entre naciones como Japón y Corea del Sur, que quieren protegerse de China.
En tercer lugar, aunque la multipolaridad per se no aumenta necesariamente el riesgo de guerras, la aparición de nuevas potencias hace que el mundo sea más complejo y puede “descongela” viejos conflictos y crear oportunidades para el revisionismo. La invasión rusa de Ucrania es un ejemplo de ello: el gobierno de Moscú nunca ha ocultado su deseo de interrumpir la estrategia de acercamiento de Kiev a Occidente, pero Putin no habría tenido los medios, hace 20 años, para resistir económicamente a las sanciones occidentales en respuesta a una invasión del país vecino. Sólo el ascenso de China, India y otras potencias dispuestas a mantener relaciones comerciales con Moscú, incluso en caso de guerra contra Ucrania, permitió a Putin iniciar el conflicto. Por último, con el notable empeoramiento de las relaciones entre las principales potencias y la parálisis de importantes organismos multilaterales, como el Consejo de Seguridad de la ONU, se reduce la capacidad de reacción de la comunidad internacional ante la escalada de los conflictos. No podemos descartar, por lo tanto, que el elevado número de guerras actual no sea una aberración, sino una nueva normalidad.
* Miembro de la unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE)
X: @Gaspard_Estrada