EL-SUR

Sábado 18 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

¿Qué hace que la gente se enamore?

Federico Vite

Mayo 31, 2016

Dice Mary Ann Clark Bremer (Traducción de Hugo Bachelli. Periférica, España, 2014, 61 páginas) que la única verdad indiscutible sobre el amor es que se trata de un misterio tremendo, y todo cuanto se ha escrito o dicho sobre el tema no ha proporcionado jamás una respuesta: lo único que se ha conseguido es reformular eternamente los mismos problemas, sin resolverlos.
En la novela Una pasión parecida al miedo, la autora neoyorkina aborda esta aparente simpleza, el motivo de amar, el ansia por devorar al otro física y emocionalmente, un tópico esencial de la literatura, pero que por la frivolidad del marketing termina casi siempre describiendo el hecho: nunca sondeando los motivos por los que un torpe corazón se dispone a cantarle al otro a ritmo de bolero.
Clark Bremer ofrece una curiosidad al lector; no se trata de un libro común, lleno de descripciones exhaustivas, pasajes eróticos, cambios verbales, confrontación entre dos fuerzas y resolución. Asistimos a una bitácora sentimental, casi un ensayo, que desnuda en pocas palabras el modus operandi de la magia por y para el otro.
Un hombre y una mujer, desconocidos entonces, coinciden en un hotel durante una semana. Cada día, cayendo la nieve, salen a pasear juntos por la ciudad. Ambos perdieron en el pasado a sus primeros esposos, víctimas del nazismo; de pronto, sin entender los pasos del proceso, se convierten en confidentes uno del otro, pero eso no los hace enamorarse. Hay una dosis mayor de humanidad que termina por acercarlos, probablemente con intenciones amorosas, pero esa pulsión los frena y al mismo tiempo los dota de intimidad. Se detienen al instante mismo de ingresar a la zona áurea del amor. Y ese asunto, bajo la mano de Clark Bremen, se vuelve portentoso. No habla del deseo ni de la confusión sentimental, sino de la madurez de reconocer todos y cada uno de los hilos del corazón.
No estamos frente a un libro que apuesta por la unidad temática, sino que abreva y se expande con el símil de una historia amorosa cuya génesis es bíblica. Es justo el asunto por el que entramos con asombro a las páginas de Una pasión parecida al miedo, la equivalencia de las historias que nunca son idénticas.
El lector fácilmente comprende la trama, disfruta la densidad del argumento y la autora, como en los grandes libros, muestra los pormenores del anhelo afectivo con un soberbio relato, una pasión enmarcada por las huellas profundas de una charla, improntas que propician el viaje interior y encapsulan las emociones recurriendo a las historias contadas por el otro, su irremplazable caminante.
Se trata de una serie de recuerdos que se encienden como velas e iluminan eso que fue y sintió la voz que cuenta: “Comprendí que si se quiere reflexionar sobre el amor, se debe tener un punto de partida más noble y significativo que la mera felicidad o la desdicha, que el pecado y la virtud, tal como habitualmente se entienden. De lo contrario, es mejor no reflexionar sobre ello en absoluto”. Esa voz exhibe las rutas siempre parecidas, nunca idénticas, de quienes terminan enamorándose, pero en este caso, esa voz femenina sólo trata de reconocer lo que siente ella en la orilla del otro.
El amor es una sustancia que trasmina el alma. Una broca. “Habitualmente se poetiza sobre el amor, se lo hermosea con flores y ruiseñores, pero nosotros, los rusos, nos empeñamos en condimentarlo con problemas eternos”, señala la narradora para inaugurar la pista de reflexiones que en cascada describen íntimamente el canto de la memoria. Agrega: “Creo que escribo estas palabras para convocar su recuerdo y convocar también el olvido, para que me aparte de él lo suficiente y para siempre: he aprendido a soportar mejor los malos recuerdos, las pérdidas ocasionadas por la muerte, los desmanes de mi corazón herido. La delicadeza me resulta mucho más insoportable”, sentencia con furia para presumirse llena de él, de las historias de él. Escribe para convocarlo y alejarse, al mismo tiempo, de esa invocación.
La premisa esencial del enamoramiento es la apropiación del amado, la necesidad de estar con el otro, porque simple y sencillamente hace más grande la pertinencia del orbe, ensancha el universo. Pero las formas de apropiación son interesantes, sobre todo, si se prescinde del ayuntamiento carnal. Sólo quedan las palabras, la hermandad que propician cuando uno deposita el mensaje exacto en el oído del otro.
En Berna, los días y las noches están hechos de paseos bajo la nieve. Caminan, ella apoyándose en el brazo de él, quien padece una cojera leve. Charlan en cafeterías, recurren al chocolate y el coñac, más que una plática, testimoniamos un concilio de almas, una reunión de espíritus, porque las historias que él cuenta agrandan un pasado que no remite a la bonanza, sino al duro aprendizaje de la derrota. Bajo la sombra del nazismo y de la guerra, ambos perdieron dramáticamente a la mujer y al hombre de sus vidas. Ella confiesa haber tenido otras relaciones; él, atado a un sentimiento, simplemente no puede un más allá. No logra llegar al otro, a ella: se aferra a las palabras que ella le propicia.
Clarke Bremen es pura delicadeza. Transcribo estas frases que forman parte de la filigrana: “Me decía a cada momento que debía ‘conformarme’ con aquella semana, con aquella suerte, con aquel encuentro que había desembocado, sin proponérmelo, sin proponérnoslo, en un amor que él, con sorna, llamó “maduro” en su última carta. El amor de los que nada esperan ya del amor”.
La autora se convierte en el centro del relato y describe la atracción que siente por D., una persona que, como ella, arrastra un trágico pasado; lo comparten, lo digieren y como en las grandes revelaciones: al dejar eso en paz, en pasado, entran discretamente al amor. Al pasear con él, dice la narradora, cerraba unos segundos los ojos y me sentía lejos del país de los banqueros y los relojes: parecía haber llegado al País de las Nieves que anhelaba de niña.
¿Se puede volver a tener el amor de una vida? Los protagonistas no comparten el mismo criterio para resolver esa respuesta. Caminan ampliando el horizonte del mundo. Pero como lector, descubro en el texto que la delicadeza también es un recurso para acercarse a lo bello. La intimidad, después de esta lectura, es algo que concibo como un resquicio por donde llegamos a la degradación, pero sin humillarnos.
Mary Ann Clark Bremer vivió tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, Francia, Alemania, Suiza o Israel, siempre escribiendo bajo seudónimos diferentes y alternando idiomas. Lo suyo es la delicadeza, ya lo he dicho, sirvan estas líneas para conocer un poco más de la obra de una narradora que convoca tanta humanidad con pocas palabras. Que tengan un sabroso martes.