Alan Valdez
Junio 14, 2025
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
I
Los pescadores son vietnamitas. Aprendo de su país y de la razón de su paciencia un día que camino a lo largo del río Iowa. Uno de ellos le quita la cola a una lobina. Lanza la cola y coincide que yo voy en la misma dirección. La cola cae cerca de mis pies. Me detengo a tomarle una foto. Es una cola gris que, con la luz del mediodía, brilla igual que el agua del río.
El pescador me pide disculpas en un inglés con acento lejano. Yo, con la cola de pez entre los dedos, le pregunto con mi acento mexicano para qué les corta la cola. Con una mano sostiene la caña. Con la otra, el cuchillo.
Son dos hermanos. Anh, el mayor, va ganando. Su cubeta está visiblemente más llena, el lugar donde está parado más humedecido de tanto maniobrar, y alrededor de él varias colas de bagre y lobina forman un semicírculo que delimita su área de pesca de la de Minh.
Minh, el menor, quien habla conmigo, me comienza a platicar de los diferentes tipos de señuelos. Se queja de los métodos estadunidenses de pesca. Me describe el uso de arroz cocido y masa fermentada como carnada. La conversación se interrumpe cuando Anh saca un nuevo pez. Un bagre bastante gordo. El hermano se mira satisfecho. Y el procedimiento comienza una vez más. Una cola vuela por los aires. Yo me despido de los dos hombres.
La represa de Coralville deja caer el agua con velocidad. Me detengo a escuchar el sonido de las gaviotas. Sus clavados. Después, sus ascensos, con el pico lleno de alga y criatura. A veces, gente en bicicleta pasa detrás de mí. Suenan sus campanas o gritan amablemente On your left para avisarme de su prisa.
Sobre la represa hay un puente. En uno de sus extremos hay un kiosco. Protegido por vidrio, muestra paneles con información sobre la represa. Explica que la construcción empezó en 1949, como parte de un plan federal para controlar las crecidas del río Iowa. En 1950, con el inicio de la Guerra de Corea, el proyecto se detiene. Muchos recursos, maquinaria y trabajadores son destinados a tareas militares. La obra queda en pausa durante varios años. Se reanuda después y termina en 1958.
Detengo mi lectura sobre el nada azaroso itinerario de la construcción a la guerra. Cruzo. Su diseño se permite balcones que dejan a los caminantes observar desde arriba la caída del río, casi como si uno estuviera revisándole la nuca al agua.
El río Iowa nace cerca de Belmond, un pueblo agrícola en el norte del estado, donde se unen dos afluentes menores: el East Branch y el West Branch. Desde ahí cruza tierras de cultivo, silos y caminos rectos. Pasa por Iowa Falls, una ciudad pequeña con viejas represas industriales. Sigue hacia Marshalltown y Grinnell, zonas de paso y colegios rurales. Luego, hacia el sur, recorre campos bajos, hasta desembocar en el Mississippi, cerca de Toolesboro, un asentamiento junto a los restos de antiguos montículos indígenas.
Hace unas semanas, buscando sitios de interés histórico para visitar en vacaciones, me topé con fotos de los siete montículos. Gente del río que habitaba el valle del Mississippi hace más de 2 mil años los levantó. Pertenecieron a la tradición Hopewell. Se asentaban por temporadas, cerca del agua. Pescaban, recolectaban frutos, cultivaban algo de maíz. Viajaban en canoas y comerciaban a larga distancia: cobre, obsidiana, conchas, piedras talladas.
Los montículos que dejaron fueron tumbas y espacios ceremoniales. Los construían por capas, con tierra traída de distintos sitios. Sirvieron para enterrar, pero también para marcar el vínculo entre los vivos y los muertos. Los colonos europeos que llegaron después, ciegos a ese propósito, los confundieron con elevaciones naturales o los removieron sin saber qué eran. Su valor arqueológico no se reconoció sino hasta bien entrado el siglo XX. Desde los pocos que aún permanecen, todavía se alcanza a ver el ancho del Mississippi.
Al llegar al otro lado del puente, decido bajar a la orilla y estar lo más cerca que pueda del agua. Distingo a los hermanos Anh y Minh.
Desde aquí, a pesar de mi deficiente visión, podría afirmar que ninguno de los dos ha cambiado de postura desde que hablé hace rato con ellos. Me inquietan las razones de la pesca. Todo el seseo del cauce está lleno de personas entregadas a su signo.
Gente sigilosa mira el trayecto de un hilo que se va volviendo invisible entre más se acerca al agua. Pareciera que en realidad lo que acaba de sacar a los peces de su vida de pez no es el anzuelo ni su tirón, sino otra voluntad desconocida.
II
Para este momento de mi vida, debo admitir que no sé los apellidos de mi tío político Sotero, que también era nuestro vecino en Acapulco. Ni siquiera estaba seguro de cómo se escribía. Tuve la tentación de escribirlo con zeta. Luego, al corroborar, descubrí que Sotero va con ese. Igual que un papa del siglo II, griego de origen, que llevó ese nombre cuando la persecución a los cristianos aún era parte del paisaje romano. Sotero viene del griego s?t?r, que significa salvador.
Este pontífice fue elegido mientras gobernaba Marco Aurelio, quien, cuando perseguían a papas bajo su gobierno, cultivaba el arte de la escritura en sus Meditaciones.
De mi tío, por otro lado, lo que recuerdo es su religiosa entrega a la Corona, los 10 pesos que siempre me daba de propina cuando le traía las cervezas en una morralilla que también usaba para la masa y el mercado, su destreza para la pesca y la caza de iguana, y su enorme cariño por cualquier tipo de árbol o planta. Don que supo ser su fuente de trabajo, al menos por los años que conviví con él, en el Club de Golf al lado del Centro de Convenciones.
Las tardes de los sábados mi tío pasaba las horas a la orilla de la playa de Icacos. No usaba caña. El sedal lo tenía amarrado a una botella vacía de plástico, a veces de refresco, otras de agua, o a una lata vieja que encontraba. Enrollaba el hilo con cuidado, lo sujetaba entre los dedos y, tras balancearlo un par de veces, lo lanzaba al mar con un solo movimiento de brazo. El anzuelo iba cargado con carnada simple: camarón, masa, a veces un pedazo de tortilla.
Como a las 8 de la noche, ya cuando el sol por completo se había retirado, se regresaba caminando desde ahí hasta el cerro de la Hermenegildo Galeana, con una cubeta en la mano, cargada con tres o cuatro mojarras, un par de lisas plateadas y, si había suerte, algún ronco o un pargo pequeño. Sin falta, antes de entrar a su casa, le gritaba por una ventana a mi abuela, doña Pieda, doña Pieda, mire mi jefecita chula, ya le traje su encarguito pa’ mañana. Mi abuela ya sabía la encomienda, entre hacerlos fritos y pa’ caldo. El tío, gustoso, se quedaba el resto de la noche del sábado bebiendo, a sabiendas de que al siguiente día habría un remedio infalible para la cruda.
Además del pez que le regalaba a mi abuela, cuidaba de sus plantas, trayendo abono y tierra negra de la que usaban en el Club de Golf. De vez en cuando, también traía brotecitos de anturios, crocosmias, clivias, heliconias, palmas triángulo, bromelias de flor rosada. Mi abuela, rápido, les hacía huequito o desocupaba una maceta para ver si lograban pegar y crecer.
Sotero también era bueno para cazar iguana. Sabía en qué parte del cerro se escondían, a qué hora salían al sol, qué ruido hacían al moverse entre la hojarasca. Arrancaba tomatitos de sus matas, los partía a la mitad y los dejaba como cebo entre piedras calientes. Volvía al rato, como si supiera con exactitud cuándo aparecerían. Las atrapaba sin apuro, con un palo largo o con la mano. Después se las daba a alguien para que se la preparara en caldo rojo.
Ahora, mientras recuerdo a alguien en quien no pensaba desde hace tantos años, me doy cuenta de que Sotero era un entregado a los placeres de la naturaleza. Donde quiera que estés, tío, ojalá estés alivianado.
III
El último pescador del que me acordaré hoy es mi tío Licho. Aunque hace no tanto mi madre me dijo que el nombre verdadero de mi tío es más bien Felícitos. Mi madre culpa al calendario.
Felícitos viene del latín felicitas, que significa alegría, buena suerte, bienestar. Es un diminutivo antiguo, poco usado, que suena más a santo que a persona viva. Licho es un entregado del bosque. Cuestionado también por la familia, hombre dado a los placeres rápidos y lentos, bebe y camina, a veces al mismo tiempo. Se dedica a cortar pinos en la sierra de Chihuahua y, cuando no, sobre todo cuando no hace frío, se va al presón o a cualquier cuerpo de agua con la mínima capacidad para alojar el nado de unos peces, y se pasa horas fumando hasta que algo pica y ya está lista la merienda.
Mi madre cuestiona la vida sin estrés de mi tío. Yo entiendo su queja, pero no por desaprobarla, sino porque envidio que su vida sea una vida volcada al ocio en su forma más pura, un ocio que desarticula por completo la idea más moderna de la prisa. Mi tío nunca ha estado yendo a ningún lado. Y con esto no quiero decir que no se mueve de lugar. Es un caminante, un merodeador, alguien que ha sabido reconocer que la sombra es el lugar más cómodo del árbol.
Las conversaciones con mi tío siempre han apuntado hacia lo mismo, Oiga, pero Alan, ¿qué tan grande es el mar?, ¿y los barcos, de dónde vienen y a dónde van?, y en las noches, ¿qué se siente meterse al agua? Solo una de esas preguntas he podido contestarle.
IV
Yo, claro está, no pertenezco a la estirpe de los pescadores. No tengo la paciencia para aguardar el jaloneo que viene desde adentro del agua. Ese no es el tipo de seña que me interesa. Sin embargo, cada vez que intento explicarle a alguien lo que significó para mí haber crecido mirando el Pacífico, inevitablemente pienso en esa línea de Hemingway, ¿Por qué hicieron pájaros tan delicados y finos como esas golondrinas de mar cuando el océano puede ser tan cruel?
Termina el día. Los pescadores recogen sus sillas y sus cañas. Desde las jardineras empiezan a salir animales que vienen a lamer la sangre de pez que ha quedado humedecida.