EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

¿Qué hacer con tanto dolor amontonado?

Jesús Mendoza Zaragoza

Noviembre 25, 2024

Hace años, conversando con una mujer argentina, ella me hacía el siguiente comentario: “Nunca había visto tanto sufrimiento en un solo lugar”. Me quedé pensando en el significado de esas palabras hasta enterarme que esa era una realidad en el estado de Guerrero. Así es, hay tanto dolor amontonado por donde quiera. Ese dolor tiene los más diversos orígenes y tiene diferentes características según los contextos en los que se dan. Los huracanes Otis y John han causado tanto dolor con las pérdidas que nos han dejado. Lo mismo podemos señalar de las condiciones de extrema pobreza que hay por todas partes, en el campo y en las ciudades. Hay dolor generado desde el poder público que abandona las necesidades de la población mediante abusos, discriminaciones y exclusiones. Hay tanto dolor insoportable en muchas mujeres y en las infancias postergadas. Hay dolor en el campo originado por el abandono que sufre.
Pero hay un dolor omnipresente por todo el estado de Guerrero: el dolor generado por contextos de violencia y de inseguridad. El dolor suele estar acompañado por el miedo, la impotencia y la desesperación. Hay víctimas de las violencias que, además del hecho en el que perdieron a un familiar o a un amigo, también perdieron su patrimonio, su seguridad, su vivienda y demás. Hay dolor guardado en las familias en las que hay violencias ocultas o invisibles, en las colonias y en las comunidades controladas por organizaciones criminales.
¿Qué sucede cuando el dolor se guarda, se acumula y no encuentra una salida adecuada para ser sanado y transformado? Ese dolor comienza a deteriorar la salud de quien lo guarda. Deteriora la salud física, la salud mental y se vuelve un motor que destruye a quien lo vive, destruye su entorno y destruye sus relaciones familiares y comunitarias. Al final, destruye las relaciones sociales. También puede deteriorar las relaciones económicas y políticas.
¿Qué hacemos en la sociedad con el dolor acumulado en familias y en comunidades? ¿En mujeres y en niños violentados? Tal parece que no acostumbramos a reconocer el dolor ajeno, mejor le damos la vuelta para no involucrarnos y lo miramos con indiferencia porque no nos interesa el dolor de otros, ya que nos incomoda. La indiferencia se ha convertido en la cómoda forma de hacer frente al dolor del prójimo. No nos damos cuenta que el dolor que no se atiende se puede transformar en un foco destructivo que genera daños insospechados.
Y, ¿qué hace el Estado? Tal parece que el dolor de la gente no les interesa a las instituciones públicas. No se hacen responsables de ese dolor puesto que siempre prevalece la visión política –o, más bien, politiquera–. Ni las instituciones de salud ni las instituciones que tienen que ver con la justicia ni las relacionadas con la seguridad atienden ese dolor. La empatía está ausente, no digamos la compasión. En política no interesa ni el dolor ni hay lugar para los sentimientos. Así es, fría e inhumana. Lo que importa son los votos para conservar o conquistar el poder. La política o la economía sin empatía acumula más dolor.
Pero la pregunta continúa. Sigue ahí. Si el dolor no se atiende se convierte en un grave obstáculo para vivir en comunidad, para las relaciones humanas y sociales, desangrando el tejido social y llega a convertirse en otro factor de violencia.
En días pasados hemos lamentado tantos bloqueos de calles, avenidas y carreteras, a lo largo y ancho del estado, relacionados con las promesas de apoyos de la Secretaría del Bienestar que se hicieron después del huracán John. Quienes recurrieron a los bloqueos, expresaron su malestar porque no fueron atendidas con los apoyos prometidos. El dolor ha sido uno de los factores de estos bloqueos, como medidas desesperadas que, en muchos casos, han impactado las actividades económicas de terceros.
Los bloqueos de calles y carreteras son una medida desesperada, cuando las autoridades no atienden las necesidades que generan el dolor de la gente. Son medidas irracionales porque afectan derechos de terceros. A la gente no le queda otro recurso más que bloquear porque es el recurso más fácil y de uso común. Cierto es que en los bloqueos se han movido otros intereses de carácter social o político, pero el motor de los bloqueos ha sido el dolor.
A la población le falta aprender otras formas de protesta social que no afecten los derechos de terceros, como es el caso de las protestas pacíficas o no violentas. Necesitamos buscar otras opciones para protestar de manera pacífica evitando afectar los derechos de otros. Mientras, los gobiernos que no atienden las necesidades de la población que carece de organización y de capacidad de movilización, llegan a convertirse en factores de protestas desesperadas e irracionales.
Cuando se desarrolla el dolor de la población y no es atendido ni por la sociedad ni por el Estado, entonces es acompañado por la rabia, una emoción altamente explosiva que con facilidad puede convertirse en violenta. De esta forma, la pregunta sigue en pie. ¿Qué se puede hacer con el dolor de la población cuando es violentada en sus derechos básicos? No hay respuestas fáciles ni a corto plazo, pero necesitamos encontrar respuestas que desencadenen procesos de reconciliación social, en los que importe el dolor de la población y sea atendido para dar lugar a caminos de construcción de paz en los que quienes han vivido situaciones de dolor se conviertan en agentes de cambio social y, hasta político.
El hecho es que cuando el dolor no se atiende o previene de manera adecuada puede convertirse en factor de otras violencias. Las víctimas de las violencias, de la pobreza extrema, de las injusticias y de los abusos tienen la gran necesidad de solidaridad, con el fin de transformar ese dolor en solidaridad para convertirse en agentes de cambio. Eso es posible si lo intentamos desde la sociedad y desde las instituciones gubernamentales, que debieran ocuparse de cumplir sus responsabilidades establecidas por la ley.