EL-SUR

Sábado 13 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

¡Qué hermoso día!

Federico Vite

Enero 30, 2018

La vaga ambición (Páginas de Espuma, España, 2017, 118 páginas), de Antonio Ortuño, es una colección de seis relatos que aglutina anécdotas vitales de Arturo Murray, eventualmente refiere aspectos socioeconómicos, además del duelo por la madre, de este escritor, no el porqué de su obra literaria, como indica la contraportada: “El jurado valoró el gran dominio demostrado para desarrollar un tema común a todos los relatos, que es la naturaleza de la escritura, y la capacidad humorística que no va en detrimento de la emoción, logrando la hazaña de divertir y conmover al lector”. Aglutina, insisto, cuerpos de relato con muchísimos giros (a veces parecen desgarres) dramáticos. Al autor le gusta coleccionar conflictos en cada historia, pero no los retoma durante el relato sino que fungen como un fardo, buscan pues servir de contrapeso (motivos de reacción) para equilibrar las acciones de los personajes. Trabaja a la manera de un novelista la tensión de la narrativa breve. Es decir: imagine que coloca muchas esferas a un pino pequeño, obviamente el árbol perderá la vertical por el sobrepeso de abalorios; así pues, cada texto sucumbe a la sobrecarga, al abuso de conflictos y, por tanto, transforma la burla en una resolución literaria (defectos físicos, ignorancia, torpeza, autoengaño) relativamente convincente, sobre todo, porque no exige destreza narrativa sino empatía, complicidad. Por ejemplo, El príncipe con mil enemigos, texto en el que Ortuño relata las diatribas mundanas en contra de Murray: piquetes de alacrán, lecturas de obra en salas semivacías, en alamedas, donde los autores ceden la palabra para que las manifestantes protesten por la invasión de Irak. Además de todo ello, el lector presencia el modus operandi de los ignorantes y los desalmados reporteros, y conductores televisivos, mientras el cáncer extingue a la madre de Murray. Parece un interesantísimo texto, el problema es la resolución.
Ortuño no oculta las costuras de los relatos (cómicos párrafos de más, frases explicativas simpáticas, pero de más, escenas de más, pero agradables), se aleja de la convención de la narrativa breve, un género popular que exige aristocracia en los oficiantes: decir mucho con poco, nunca al revés. Nunca.
El gran estilete de este volumen es la creación de la voz narrativa, mayoritariamente en primera persona del singular: salvo Provocación repugnante, texto en el que la voz narrativa es omnisciente y a ratos se camufla hasta parecer una distante voz en tercera persona que culmina como voz en off hablando en primera persona del plural. Esta historia pudo tener un final perfecto, ser un dechado de la poética del cuento, pero la saturación de elementos evitó el regocijo de encontrar una narración breve bien contada.
Es curioso, pero en este libro los chistes sepultan la hondura de un alma adecuada para la comidilla literaria; Murray posee todo para que el autor profundice en la ironía, pero el autor eligió la superficie de un mundillo ideado para el regocijo del ego, se quedó en el costumbrismo cómico que nos aleja de lo abonado con creces por Enrique Serna (Amores de segunda mano, El orgasmógrafo, La ternura caníbal), por Sergio Pitol (Domar a la divina garza, El desfile del amor y La vida conyugal), por Álvaro Enrigue (La muerte del instalador) y obviamente por Jorge Ibargüengoitia: Estas ruinas que ves. ¿O será que soy injusto y me niego a deslumbrarme por la ligereza jocosa con la que Ortuño describe lo inmediato?
La vaga ambición me remite a This is how you lose her, de Junot Díaz. El estadunidense-dominicano cuenta varios episodios vitales de Junior, quien protagoniza el 90 por ciento de las historias de ese libro, con diversos tonos y registros escriturales, no sólo desbocándose por el humor, como es el caso de Ortuño. Elección jocosa y respetable. Temo que las anécdotas narradas en La vaga ambición son esbozos, maquetas del verdadero tour de force que el escritor iba a emprender.
Al ingresar a este volumen que tuvo la fortuna de recibir el Premio Ribera del Duero el año pasado, el lector descubre que no hay estructuras de cuento, más bien, hay relatos que funcionan como capítulos de una serie televisiva. A ratos parece que estamos ante una variante del humor (negro) del programa Papá soltero, o ante la saga literaria de ¡¡Cachún Cachún Ra-Ra!!; a ratos también parece que el autor se propone dar cuenta de una historia en cada relato, pero no concentra su arsenal en un conflicto y llena de obstáculos la meta del protagonista. Este libro se revela entonces como una tragicomedia; recordemos que el género referido describe la trayectoria del héroe en busca de su objetivo —el amor, la justicia, la ambición, un trono, un lector, talleristas, un mejor salario— y la manera en la que se obtiene lo anhelado, o no; lo importante es superar los obstáculos.
Ortuño enfatiza el tono jocoso para mostrar la rezumante inhumanidad, la inconsciencia e ignorancia de quienes animan el continente literario, pero falla en la profundidad; parece que a él le interesan textos con escasa curva dramática y los que tienen esa posibilidad, esa hondura (Un trago de aceite, El príncipe con mil enemigos y Provocación repugnante) terminan diluyéndose porque el autor elige ser chistoso. Usa le humor como un cromo que uniforma y reduce las posibilidades expresivas. Los personajes dan vueltas y vueltas sobre un tabique, bailan una cumbia interminable, pero en ello (giros, cumbia y humor) varios reseñistas descubren genialidad, vocación iconoclasta y hallazgo narrativo. A mí me parece que Ortuño postula un idiolecto literario con énfasis cómico. Nada más. Aparte, claro, de que su prosa es buena y la novela La fila india su mejor trabajo.
El autor se regodea con las claves tradicionales de la comedia (subraya los vicios, los excesos) y con la forma más usual de la ironía. Por ejemplo (tomo las palabras de Lauro Zavala en Para nombrar las formas de la ironía), una persona que llega a su casa completamente empapada por la lluvia torrencial y dice: ¡Qué hermoso día!. Así pues, La vaga ambición ilustra lo usual de la ironía.
Las reseñas de La vaga ambición describen los relatos y destacan la hazaña de que un libro entusiasme y divierta al mismo tiempo. Parece que los textos fueron escritos por la misma persona. ¿Los reseñistas habrán leído este libro o temerán ser vistos como resentidos si piensan un poco y con seriedad la propuesta literaria de Ortuño? También creo que la literatura se ha empalmado con el arte contemporáneo en un hecho: todos quieren hacerse los chistositos, ser iconoclastas.
Este libro de Ortuño está blindado con un párrafo de Provocación repugnante. Menciona que hay muchos factores para que un reseñista entorpezca su labor a la hora de transmitir lo apreciado en una obra. Habla de los malos días, de los factores que empañan la razón: “Vuelca en el aborrecimiento a la obra de <<blancos>> y <<rojos>> de Mijaíl la rabia concentrada en su vientre, su garganta y su boca. Cómo censurarlo. Quién no ha sido un Walter ciego, que, desesperado por su desgracia particular, hace girar su espada por los aires y termina por atravesar a quien no debe”. Aplaudo el hecho de escribir para el regocijo personal y eso se nota con creces en Ortuño. Que tengan un tremendo martes.