EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Quechultenango, reducto de los yopes

Silvestre Pacheco León

Marzo 19, 2017

I

El sincretismo religioso

Las preguntas que me llevaron a la conclusión de que mi pueblo fue un reducto de la cultura yope comenzaron a surgir en mi cabeza conforme fui adentrándome en la tradición de la fiesta patronal que se repite cada año y de la que fui partícipe durante mi niñez y adolescencia.
La danza de Las Cueras y el baile del Ocoxúchitl son los grandes acontecimientos que cada año, a partir del 25 de julio y hasta el primer fin de semana de agosto, atraen a miles de fieles que buscan consuelo y milagros en esta fiesta centenaria, sin reparar en que constituyen la manifestación viva de una de las expresiones más profunda de la cosmogonía indígena que aprendió a sobrevivir al dominio imperial tanto de los aztecas como de los españoles, a través de la incorporación subrepticia de sus deidades a los ritos vigentes.
Si a los aztecas los yopes les hicieron adoptar a Xipe Tótec, el dios de los dominios de la mar del sur, como Tezcatlipocatl, a los españoles les obligaron a conciliar la figura milagrosa de Santiago Apóstol con el teponaztle, el pagano instrumento prehispánico que se usa en Quechultenango para musicalizar el masivo, popular y apoteótico baile del Ocoxúchitl como el acontecimiento de más profundo sincretismo.

La danza de Las Cueras

Bailar de macehual en la danza de Las Cueras es la primera aspiración que los niños tienen para sentirse partícipes de la fiesta, y como el único requisito que se impone para formar parte de ella es vestir el traje rojo, el mameluco, la capa y el sombrero, con sólo tener la iniciativa hasta la familia más pobre puede hacerlo, aunque debe señalarse que ahí hay niveles, porque no es lo mismo bailar con huaraches o descalzo, que hacerlo con zapatos, pues con estos el requisito es ponerse calcetas que también debían de ser rojas, y si se puede, hasta cascabeles en derredor de los tobillos para hacerlos sonar con el movimiento de los pies.
Otra diferencia la marcaba el machete que debía ser de madera, si se trataba de niños pequeños, porque así se prevenían los accidentes como las cortadas, aunque resultaba menos cansado que cargar un machete de verdad, aunque parte del lucimiento del danzante era el chocar del metal al contacto de los machetes.
Después todo era diversión porque los danzantes tienen que caminar por el pueblo recogiendo de las casas los regalos del santo, velas y veladoras, vestidos y capas, aunque lo más atractivo que daban al santo eran los toritos hechos de carrizo, llenos de cuetes y pólvora, adornados con papel crepé de colores, para quemarlos toreándolos en las noches que dura la fiesta.
Eso sí, había que danzar tantas veces como fuera necesario, lloviera o hubiera sol, pero como macehual, cuando uno se cansaba, podía irse a su casa sin el temor de que el santo nos iba a castigar, porque los niños no bailamos por promesa, bueno, la mayoría, porque algunos sí tenían ese compromiso.
Como danzantes para los niños había ciertos privilegios, uno era que en la casa de los mayordomos nos servían primero la comida o el almuerzo o la cena, la otra era que en nuestras casas nos dispensaban de las tareas cotidianas.
Lo de menos era saber bailar la danza, los sones marcados por la flauta y el tambor solo al pasar del tiempo se aprenden, y como nadie nos corregía, cada quien hacía lo mejor que podía.
Lo más importante era tener un compañero de pareja con quien chocar el machete o para cambiarse de lugar, y también para echar relajo cuando el sueño o el cansancio o el aburrimiento querían hacernos presa.
Lo raro era ver niñas vestidas de Macehuales, porque ellas solo bailaban si tenían una manda que cumplir, por eso tenían que aguantarse la burla de ponerse la capa de hombre, aunque nosotros también llevábamos puestos vestidos como de mujer.

Los macehuales

En las sociedades mesoamericanas los macehuales eran el pueblo llano, los que sólo estaban arriba de los esclavos, muy debajo de los nobles, pero eran eran mayoría.
En la danza de Las Cueras todos los macehuales poníamos cuidado del macehualzintli, que era un adolescente entrenado para danzar como la gente grande, porque le correspondía desempeñar el muy activo papel de embajador entre moros y cristianos en esa obra de teatro ideada por los misioneros españoles para la evangelización indígena.
El macehualzintli debe aprender a bailar algunos de los sones más complicados de la danza, de hecho en una escena debe bailar sólo, cuando encabeza la embajada que lleva de Santiago para advertir a los moros que si no deciden convertirse al cristianismo, renunciando a su posesión de los lugares santos y de las reliquias sagradas, sus ejércitos serán liquidados por su mano milagrosa.
Después el macehualzintli va tomado de la mano, unas veces de Santiago, otras de un jefe militar y luego del rey Pilatos, pues en el intercambio de embajadas entre los grupos enfrentados, éste personaje resulta secuestrado.
Va en esas condiciones de la mano de Pilatos, luego del jefe del ejército pagano, hasta que es rescatado por el santo milagroso que lo lleva ileso con él.
Para el papel de macehualzíntli se requiere una buena condición física porque además de bailar intensamente como lo hacen los adultos, tiene la obligación de velar y ayunar toda la noche y a otro día bailar desde la madrugada hasta la noche.
Pero, ¿qué hace un indígena en el papel de embajador en aquel tiempo y en esos lugares lejanos cuando los que están enfrentados son los musulmanes parapetados en la ciudad de Jerusalem frente al amenazador ataque de los españoles? Esa era una de las preguntas que me hacía, imposible de contestar.
Aunque era entendible forzar un poco la historia para que en la obra apareciera el rey Pilatos, quien en su tiempo emitió la sentencia de muerte contra Jesucristo, y también Santiago Apóstol, el mártir, que con su fama de violencia justiciera le da coherencia al papel de tomar venganza contra quien condenó al sacrificio de Jesús, no me parecía explicable el papel del indígena.

La aculturación o cultura de conquista

Fue hasta que leí La danza de moros y cristianos, el libro del antropólogo Arturo Warman Gryj, editado a principios de los setentas, cuando entendí el activo papel del macehualzintli en esa obra de teatro que tuvo su origen en España como producto de la lucha por la expulsión de los musulmanes.
Terminada la conquista de México los españoles trajeron aquella danza como parte del acervo que ayudaría para afianzar su poder, pero como al contacto de las dos culturas asimétricas el resultado no podía ser lineal, en su efecto diverso los indígenas adoptaron la danza española como parte del proceso de reelaboración de su cultura de conquista, incorporando en ella parte de su propia tradición, que es la que se manifiesta con tal fuerza y vitalidad en la fiesta patronal de Quechultenango.