EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Quechultenango, reducto de yopes (VI)

Silvestre Pacheco León

Abril 23, 2017

En mi entrega anterior escribí sobre las quejas y el pedido de socorro que los españoles habitantes de San Luis Acatlán en la Costa Chica, manifiestan ante la Real Audiencia de la ciudad de México, y lo que narran sobre la inestabilidad que se ha creado en la zona, provocada por los constantes levantamientos de los yopes contra los bienes y posesiones de los peninsulares.
También sobre la decisión tomada por Hernán Cortés para pacificar la zona mediante una guerra de aniquilamiento capitaneada por Vasco Porcallo de Mendoza, que termina con la derrota y dispersión de los yopes, y de la intervención del misionero Vasco de Quiroga para liberar a los yopes esclavizados.

Reaparición después de la derrota

Durante muchos años, derrotados, enfermos, empobrecidos y dispersos, los yopes dejaron de ser noticia.
Casi 200 años después se volvió a saber de ellos, en 1716 cuando en el oriente del estado se conoció la noticia de que diversos pueblos tlapanecas demandaban la intervención de la Real Audiencia de México para detener los abusos de los que eran víctimas por parte de la familia Moctezuma, gobernante cacique de la villa de Chilapa.
Así lo narra la historiadora Leticia Reina en su libro Las rebeliones campesinas en México, y Renato Ravelo, en La revolución zapatista de Guerrero, refiriéndose al despojo y vejaciones de que eran sujetos los pueblos indígenas hasta sublevarse.
En 1738 los yopes reaparecen en la villa de Chilapa como pueblos tlapanecos de Jocutla y Nanzintla, pertenecientes a Quechultenango, demandando la intervención de la Real Audiencia para la devolución de sus tierras, la cual envió una comisión investigadora, encabezada por el juez menor de Quechultenango que les dio la razón en sus reclamos, reconociendo los abusos cometidos por el cacique, pero el informe de la investigación quedó sin efecto.
La lucha de los yopes demandando la devolución de sus tierras no cesó, sólo se interrumpió con la guerra de independencia en 1810 cuando aparecen nuevamente del lado de los insurgentes, luchando contra sus antiguos enemigos españoles, y aunque su situación y demandas no cambiaron sustancialmente con el nuevo gobierno independiente, su espíritu rebelde los mantuvo unidos en protesta contra el abuso de los hacendados que les arrebataban sus tierras, sus cosechas y otros derechos.

Su lucha contra las haciendas

Con la independencia de México estuvieron lejos de resolverse las demandas indígenas contra la voracidad de las haciendas porque tratando de desaparecer toda clase de instituciones erigidas en la Colonia, el gobierno independiente dejó más desprotegidos a los indios quienes debían acogerse a la autoridad municipal que desde entonces estuvo controlada por los hacendados.
En 1842 los levantamientos indígenas en Guerrero se generalizaron como efecto de la expansión de las haciendas, la nueva modalidad en el acaparamiento de tierras.
Las haciendas sustituyeron a las encomiendas como efecto de la emancipación de los esclavos, pero al desaparecer la mano de obra forzada los hacendados rápidamente encontraron la manera de aprovecharse de los indígenas, haciéndolos rentista de sus propias tierras que trabajaban para pagar a sus nuevos dueños.
Si como esclavos de las encomiendas tenían asegurado el sustento, como hombres libres estaban obligados a trabajar en las tierras del patrón a cambio de una renta que normalmente era en especie, entregando una parte de la cosecha.
Los problemas en los pueblos se agudizaban cuando por la escasez de lluvias o por las plagas se perdía la cosecha y los dueños de la hacienda demandaban el pago del adeudo sin importarles el hambre de los pueblos.
Por eso la consecuencia natural de esa situación fueron los levantamientos o sublevaciones que comenzaron a proliferar por todo el territorio guerrerense encabezados por los yopes quienes en todo el oriente del estado fueron ejemplo de coraje y valentía.

La hacienda de Quechultenango

En el siglo XVII el militar español F. Olaez fundó la hacienda cañera de San Sebastián Buenavista en Quechultenango, aprovechándose de la congregación de indios promovida por los misioneros agustinos, que los obligó a dejar en el abandono parte de sus tierras de cultivo para concentrarse en torno al convento levantado en los terrenos planos de la cañada.
Los terrenos abandonados por los indios fueron ocupados por la hacienda cañera de San Sebastián Buena Vista, la cual se aprovechó también del manantial que abastecía la zona para ocuparlo en la irrigación de sus amplias propiedades.
El casco de la hacienda de San Sebastián Buena Vista se construyó muy cerca del pueblo, en la margen derecha del río Huacapa que discurre en medio del llano que forma la cañada del río Azul.
Además de tomar para provecho de la hacienda el principal manantial que abastecía a la población, el agua se convirtió en un medio de control del hacendado quien, además, cobraba como impuesto una parte de los productos que los lugareños transportaban cruzando terrenos de la hacienda que eran acceso obligado para entrar o salir del pueblo a una parte de los sembradíos.
La hacienda que en 1842 pasó a ser propiedad del también español, Rafael Gutiérrez Martínez, había crecido en propiedad hasta las orillas del pueblo que en ése año tenía una población de 4 mil 761 habitantes según el libro de Manuel Miño Grijalva y Mario Téllez González, Estadísticas para la historia económica del Estado de México, 1824-1911, publicado por el Colegio Mexiquense en 1999.
Las principales construcciones de la hacienda, las acequias, acueductos, la casa principal, la zona del trapiche y las calderas edificadas con cal y canto, tabique y ladrillos pueden todavía recorrerse, igual que sus campos cercados por tecorrales de piedra, ahora propiedad del ejido.
Conforme los terrenos de la hacienda crecían y el despojo era mayor, la presión se encaminaba al desalojo de los pobladores quienes eran víctimas también de una serie de vejaciones de las que participaban los administradores.