EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Quemar la ciudad, pero nunca las naves

Federico Vite

Diciembre 16, 2025

Desde la aparición de Gomorra (2006), de Roberto Saviano, la cocaína fue vista de otra manera en los libros. Tomó un sitio “corporativo”, pero no se soslayó el uso de esta sustancia como lubricante social o bálsamo para ahítos espíritus confundidos. De hecho, en el libro Zero, zero zero (2013), el mismo Saviano analiza el impacto económico del tráfico de drogas y asevera que el negocio de la coca debe ser entendido como el big bang de un quehacer multimillonario. Así que desde el 2006 hasta ahora, la literatura en la que se aborda el consumo de cocaína adquiere matices muy serios, aunque hay pícaras y honrosas excepciones, por ejemplo, Brucia la città (Italia, Mondadori, 2009, 396 páginas), del turinés Giuseppe Culicchia.
Iaio es el protagonista de esta historia en la que la vida metropolitana tiene un sesgo determinante en los personajes; no porque la ciudad sea un tótem sino porque de alguna u otra manera, el autor deseaba entender en qué se ha convertido Turín. “No es Roma, no es Milán, no es Nápoles, ¿qué es?”, piensa Iaio mientras busca a Allegra, la amiga-novia, que desapareció. Él es DJ, no le va mal, tiene un grupo de colegas con hambre de fama y de fiesta; sobre todo, de fiesta. Visita con frecuencia el My Space porque le gusta sentir el apoyo de sus fans, nunca suelta el iPhone y es adicto al sexo casual, al alcohol y, por supuesto, a la cocaína, pero no sabe para qué la consume, no sabe por qué la gente se aleja de él; ni mucho menos piensa que la soledad sea una opción de vida.
Tiene la virtud de que las mujeres le rondan como insectos, pero no entiende por qué hay tantas “muchachas que visten jeans a la cintura con playeras cortas y muestran un tatuaje tribal arriba del culo, además, usan tangas para que uno pueda verlo, ¿por qué hay tantas así? Desde que una participante del Big Brother mostró un atuendo parecido hay montones de chicas imitándola, ¿por qué?”.
Iaio va de antro en antro, tiene una camioneta Hummer, ropa de marca; buenos lentes oscuros, buenos tenis y, en especial, buen gusto musical y montones de discos. Él y sus amigos (DJ Zombi y Boh) se convierten en los portavoces de una campaña de nombre risible: “Las drogas te hacen estúpido”. Abogan por darle juego a ese eslogan en cada tocada, aunque él y sus compinches consuman droga y sean, por tanto, tan estúpidos como pueden ser.
A ratos se nota con mucha claridad la referencia a la obra de Bret Easton Ellis; en especial, a Less than zero (1985), pero para fortuna del lector el relato también abreva de otras fuentes, se hermana con Trainspotting (1993), en especial, con la falta de sentido de los protagonistas de esa historia escrita por Irvine Welsh. Pero éstas no son las únicas referencias, pues hay una más que ajusta como anillo al dedo: Eden: Lost in music (2014), película de Mia Hansen-Løve, en la que se cuenta la vida del DJ Paul, un entusiasta de la música electrónica de los años 90 en Francia; la única diferencia entre Iaio y Paul es que el francés naufraga en el alcohol y termina, por obvias razones, en la ruina. El caso de Iaio es distinto porque el Turín de los personajes famosos (músicos, escritores, actores, deportistas) ya no existe. O mejor dicho, ha cambiado tanto que apenas se reconoce. Iaio es habitante de un mundo fatuo y se conecta con el de Serenella, una diseñadora de bolsas de marca –cuya familia burguesa es de abolengo en Turín– que le rechaza, le ignora y él, acostumbrado a que muchas mujeres lo idolatren, se siente atraído por esa mujer guapa pero rara. Inicia el cortejo y sufre muchísimo. Debe lidiar con la mascota de Serenella, un cerdo de raza; debe tolerar los cambios de humor de una artista del diseño, debe también sobrellevar la aburrida vida de esa mujer que no le cuenta cosas sustanciales: fuma, cuida a su mascota y disfruta de salir a cenar o tomar algún trago en un restaurante de moda. Practica lo que antes hacía la gente en Turín. No quiere tener sexo con él. Lo deja plantado, lo evita. Iaio toca en bares, discotecas, sale a Roma, a Nápoles, a Milán. Se mueve mucho, eso agrava la adicción a la cocaína y le conduce a la soledad radical. Sobre todo, después de una revelación interesante durante una tocada temática de Halloween:
“Esta tarde parece un cortejo fúnebre compuesto por borrachos. Ahora vuelvo al camino. Me dirijo a donde están los otros. Les enseñaré a estos monos cómo se debe jugar. Abro la puerta de golpe.
Y ahí.
Frente a mí.
Son dos.
Están cogiendo.
De pie.
Sobre el lavabo.
Drácula.
Una bruja.
Me miran.
Los observo.
Él en realidad no es Drácula.
Ella no es una bruja.
Carleto.
Serenella”.
Así descubre otro tipo de maldad que le hiere. Rasga las vestiduras del mundo fatuo en el que los habitantes de antaño parecen haber sido reemplazados por una tribu ávida de experiencias genuinas. Así que al no encontrarlas se meten líneas de cocaína a todas horas.
Iaio recorre las calles de Turín por las noches, pero sus elecciones afectivas lo conducen a una experiencia radical: la incapacidad para conectar emocionalmente con otra persona. Es una pena tener tanto y sentir tan poco.
Culicchia relata el mundo metropolitano contemporáneo con una prosa concisa, sin adornos; organiza el libro en breves capítulos cuya esencia está en la creación de escenas con matices diversos, pues pone en perspectiva micro momentos en los que logra hacerle ver al lector la transformación de una ciudad en una especie de campo traviesa en el que todos compiten contra todos, porque hay una necesidad de mostrarse como alguien superior, alguien muy competitivo, fuerte y “fighi” (es decir, cool).
En palabras del autor, Iaio entiende a Turín como una pintura de El Bosco reflejada en un CD espolvoreado con cocaína. No desecho esa idea, pero la experiencia de lectura ofrece algo más: la sensación de que el mundo, aunque avanza muy rápido hacia ninguna parte, sigue siendo un bosque oscuro en el que estar solo da miedo.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@Federì Vite