EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Quien pagará los platos rotos?

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 10, 2019

 

 

Aranceles, migrantes y negociaciones. Esos fueron los temas que se movieron la semana pasada a partir del tuit del presidente estadunidense Donald Trump amenazando a México por no colaborar de manera suficiente con su racista gobierno para detener la avalancha de migrantes que se encamina hacia el “paraíso” norteamericano. Esa mezcla de temas tan dispares, como los aranceles a los productos mexicanos y el hambre de millones de centroamericanos que arriesgan todo para realizar una odisea hacia el Norte, se convertía en una bomba arrojada sobre México para que estallara nuestra economía y nuestra dignidad.
Con las negociaciones que el gobierno mexicano gestionó, se logró desactivar la bomba que haría estallar nuestra economía, pero no así la que hiciera estallar nuestra dignidad. Es cierto que, históricamente, nuestra economía está tan subordinada al país del Norte, que no nos queda margen de maniobra para una digna y respetuosa negociación. Entiendo que el presidente de la República ha sido extremadamente prudente para manejar la relación con el imbécil de Trump, con el fin de no caer en confrontaciones que llevaran a mayores descalabros.
Pero… hay un pero. Se impuso el pragmatismo sobre el sentido humanitario. Estamos cuidando hasta el extremo la relación con el vecino del Norte y estamos sacrificando, también hasta el extremo, el trato con nuestros vecinos del Sur. Ahora, la Guardia Nacional se irá a blindar la frontera con Guatemala para cumplirle el capricho al demente estadunidense que despacha en la Casa Blanca. De tanto mirar hacia el Norte, se nos ha olvidado mirar hacia el Sur. La pregunta es ahora: ¿quién pagará los platos rotos por estas negociaciones? Es claro que Guatemala, Honduras, El Salvador y sus hambrientos pueblos.
Entiendo el dilema que está afrontando el gobierno mexicano, obligado a salvaguardar el bienestar del país sobre cualquier otro interés. Pero hemos caído en el juego tramposo de la insolidaridad con pueblos menos afortunados que nosotros y olvidamos lo que Trump mismo olvida: que tenemos un destino común y que si no les va bien a los pobres no le irá bien a nadie. Empresarios y políticos están festejando el resultado de la negociación. Lo entiendo, porque se evitó una catástrofe económica. Y hasta nos sentimos inteligentes por dicho logro. Y todo esto provoca en mí el sentimiento de que estamos vendiendo nuestra dignidad por un plato de lentejas. A lo mejor me estoy volviendo muy sentimental pensando que habría otra salida que no nos llevara a darle la espalda a quienes son más pobres que nosotros.
Mientras, el extorsionador del Norte ya estará planeando su próxima jugada para volver a golpearnos. Al fin, esa es la lógica de los extorsionadores que pululan por nuestras propias calles. No tienen vergüenza ni tienen llenadera. Hacen sentir su poder, real o imaginario, amedrentando y arrebatando hasta la misma dignidad.
No faltará la argumentación nacionalista en la opinión pública nacional, la misma del American first de Trump. México es primero, decimos nosotros. Cierto, pero el pragmatismo político nos ha obligado a abandonar el gran sueño de la América Latina, como la Patria Grande, para acomodarnos en nuestras estrechas fronteras. Y perder la capacidad de soñar como nación puede causarnos daños mayores en el futuro. Mientras tanto, a Centroamérica le toca pagar los platos rotos.
Y si no hubiéramos aceptado la extorsión de Trump, ¿acaso no se hubiera desencadenado una cadena de solidaridad interna y externa que pudiera mostrar la debilidad moral y, aun, política y económica del tramposo y prepotente vecino? Aunque con problemas económicos, ¿no teníamos la oportunidad de mostrar dignidad y de expresar solidaridad desde nuestra fragilidad económica? Creo que vale más la dignidad que el dinero. ¿O simplemente soy un soñador y un analfabeta en asuntos de política y de economía? Bueno, al menos deseo seguir soñando en un mundo diferente en el que nadie pague los platos rotos.