EL-SUR

Sábado 18 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Quiero darle rosas a los cerdos 

Federico Vite

Agosto 01, 2017

Todo aquello que relumbra cautiva nuestra atención. La sutileza del oropel nos aniquila. Tal vez por eso no logramos discernir la literatura de la publicidad. Quizá por eso, por lo brillante picándonos los ojos, incurrimos en un error más grave, aceptar lo grandote como grandioso, lo monótono como formal y lo enormemente publicitado como arte. Creo que obviamos libros que valen la pena. Americanah (Traducción de Carlos Milla Soler. Random House, México, 2017, 605 páginas), de Chimamanda Ngozi Adichie, por ejemplo. Se trata de una novela que nos recuerda la pertinencia de observar el mundo, de ordenarlo con la filosa y potente mirada de quien siente y contagia esa emoción. La novela explora, tomando como pretexto el discurso amoroso, el racismo, pero no recurre a la bondad como eminente bálsamo para las almas necias. La autora disecciona las repercusiones de ser negro en los ámbitos laboral, social y sexual. “Cuando sólo estamos él y yo, de verdad no importa nada; cuando salimos, cuando se rompe la intimidad, el mundo entero hace patente la diferencia de raza entre él y yo”, destaca Ifemelu, quien se prepara para volver a Nigeria. No tiene claro el motivo del retorno, pero sabe que es pertinente regresar. Está cansada de sentirse negra. Eso sólo le pasa en Estados Unidos; no en Nigeria, no en África.
Lejos de una militancia a favor de la negritud y en contra de todos los blancos, lejos de las manidas críticas contra el racismo, Americanah detalla con mucha fortuna los senderos que cruza la protagonista de la historia, pero sobre todo, nos cuenta cómo capitaliza esa rutas vitales. Es decir, nos muestra aquello que le cambió la vida y cómo aprendió a usar la experiencia, cómo aprendió a capitalizarla. La novela no se pierde en el enramaje de lo pasional ni en el melodrama. Otro rasgo importante del libro, una cuota de piso, digamos, es la convivencia de Ifemelu con las tribus urbanas que presumen su compromiso con la negritud; las descubre con azoro y con hastío. No se identifica con ellas, pero intenta entenderlas. Hay rasgos de banalidad en esos egregios intelectuales, una creciente necesidad de ser vistos y reconocidos. Nada más.
Ifemelu se prepara para volver a casa pues. Lleva un poco más de cinco años viviendo en Estados Unidos; superó humillaciones raciales, laborales y sexuales. Se hizo negra en un país que le permitió estudiar lo que deseaba e incluso la becó para que continuara con sus indagaciones culturales. Creó un blog y eso le permitió vivir, con cierta holgura económica, como líder de opinión. Algo impensable en Nigeria. Lo asombroso, reflexiona la protagonista, es que me paguen por criticarlos. Se dio cuenta que a mucha gente le interesaba escucharla, así que estudió con morbo ese hecho (la vida de conferencista) y descubrió que las charlas con estudiantes apáticos sólo legitimaban su condición de negra. También criticó eso.
La novela arranca con el ingreso de Ifemelu a una peluquería. Necesita trenzarse el cabello antes de ir a Nigeria. La novela tiene esa estructura. La autora amarra presente y pasado para ofrecer un panorama completo del cambio vital en esa chica nigeriana. Detalla perspectiva amorosa y conflicto racial; perspectiva laboral y conflicto racial, perspectiva estudiantil y conflicto racial. Incluso la protagonista se fastidia de estar en constante autoafirmación. Nadie, concluye, puede vivir así. Ifemelu es una mujer fuerte, batalladora, busca su lugar en el mundo y lo elige. Chimamanda no justifica ni defiende, señala y sondea, critica y concluye. No queda bien con el lector.
En cuanto a los recursos técnicos de Americanah, subrayo el constante juego entre pasado y presente; la analepsis consuma el ritmo de la narración: presente, pasado, presente. Destaco la construcción de los personajes, el gran trabajo en la progresión dramática de los hechos y el trazo de las escenas, sin abusos emocionales ni desproporciones informativas. El libro funciona como un extracto de la vida; parece poca cosa, pero es muchísimo trabajo escribir y corregir una novela como ésta. Es muchísimo el trabajo para encapsular la noción de vida y sus derivas políticas, sentimentales y profesionales. La sobriedad de la historia condensa experiencias absolutamente verosímiles, así, sin más. Chimamanda crea un contexto y sobre él yergue la ficción hasta convertirla en un modelo de existencia, justamente el de un  porcentaje mínimo de africanos que migra a Estados Unidos. Lamento que la novela no tenga los lectores que se merece, pero no podemos darle rosas a los cerdos.
El único pero que le pongo a este libro es la forma en la que cierra la historia Chimamanda. Ahí trastabilla un poco, pero fuera de ese detalle, el convenio entre vida y literatura, mediado por la actitud crítica de alguien que se interesa por el espíritu humano, es envidiablemente bueno.
Chimamanda abunda en el paisaje interno de los personajes. Conocemos lo que sienten, cómo usan esas emociones; pero sobre todo, cuál es la resolución de cada conflicto. Lo asombroso es el acabado, insisto, no tiene estridencias ni desproporciones. Se lee como un contínuum vital, como algo que está siendo y confronta al lector. La técnica, digamos, está puesta afortunadamente al servicio de la historia. Hay libros, como ciertas personas, que propician cambios en uno. Americanah abre afortunadamente la puerta a una estancia de la humanidad. De eso trata la literatura y escasamente a eso se aspira. Que tengan un buen martes.