Aurelio Pelaez
Enero 29, 2025
La inmensidad de Taxco en la historia silencia su vida cotidiana.
El referente de la riqueza de este país llamado México desde hace más de cinco siglos, o por lo menos uno de sus referentes antes del petróleo, opaca la vida cotidiana de sus ciudadanos.
Taxco es la plata en el imaginario mexicano. En el mío, en el principio, es un pollo.
Antes que leer Las venas abiertas de América latina, de Eduardo Galeano, que me obligó a rever la ciudad que visité en 1976 en paso a las grutas de Cacahuamilpa como parte de la excursión por el cierre de sexto año de la primaria de Acapulco, vi Macario (1960) en la otrora televisión estatal, Canal 13: esa crónica particular de una ciudad que posteriormente me acercó a la literatura de B. Traven.
Antes de indignarme por el saqueo –narrado por Galeano– que la corona española hizo de la plata mexicana en las minas de la América –en nuestro caso cercano, Taxco– en ese paso a la politización que algunos ciudadanos llegamos a tener, tuve el apetito de comerme el pollo entero que López Tarso se despachó como Macario, en la película de Roberto Gavaldón, mi referencia lúdica de la ciudad.
En esa excursión de sexto año de primaria, la Iglesia no la visitamos, quizá porque nuestra escuela era propiedad de una iglesia protestante, con sede en Estados Unidos. Compré una pulsera de plata que me robaron en el camión escolar, en el camino de regreso a Acapulco. Y cierto, después me olvidé de Taxco por años, porque como bien dice Fulgencio Bustaman-te, Taxco parecía que no perte-necía a Guerrero.
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Dice un poema de Quevedo: “Peregrino, a Roma vas y a Roma no la hallas”. Poema que filosofó hace más de cuatro siglos. Sucede lo mismo al turista, al viajante, al visitador ocasional de esta antiquísima ciudad llamada Taxco: inasible, indescifrable como tal a simple vista.
Bajo el estruendo de sus minas, de su iglesia de Santa Prisca, de su Semana Santa, referencias inminentes para el buscador de Google, hay ciudadanos que la transitan y que la hacen posible. En mi caso, este libro, Por senderos turbulentos y apacibles, del profesor, activista, periodista y cronista Fulgencio Bustamante, me revela lo que no se halla: el Día del Jumil, las vicisitudes de quienes están detrás de la misteriosa procesión de los entrecruzados de la Semana Santa, y que el autor distingue de los flageladores, que uno pensaba eran el mismo show: ambos son grupo con acceso restringido. O sea, no cualquiera se agarra a cargar 40 kilos de zarzas a lomo o abrirse la espalda a fuetazos. El libro nos revela la labor y penuria de los artesanos de la plata, la bohemia de los hermanos Krayem y la leyenda tras Camioncito Flecha Roja; el carácter reservado, huidizo y conservador de sus habitantes, todo ese paisaje humano en donde paradójicamente los turistas son actores de reparto.
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Comienzo destacando el ensayo Radiografía del Taxqueño, y la trinchera desde donde lo hace: la crítica o la revisión a sus conciudadanos, desde mediados de los 70 y principios de los ochentas, lo que resume en un escrito finalmente en los 90.
Hay acá un tanto la decepción de quien abrazó tempranamente la bandera de la izquierda, las ideas progresistas –y la represión a su difusión– y de quien no se siente acompañado por sus vecinos.
Revela, quien en 1977 se asumió plenamente como ciudadano de esta ciudad, que el taxqueño es poco solidario con las causas sociales más elementales y no reacciona en general ante, narra, “el robo, los asaltos, el abuso de las autoridades, los cacicazgos, la explotación de las autoridades y los mayoristas de las artesanías de la plata”.
Y reprocha su falta de participación en actividades para el mejoramiento de su comunidad. Esas tareas y retos cívicos, concluye, “lo tienen sin cuidado creyendo que tal que nunca se va contra la autoridad, o que sin su intervención tal vez alguien las tendrá que hacer”.
Más adelante, acepta, el taxqueño se desquita a su manera. En esa época con ese voto oculto contra el PRI, o a favor del PAN, que quizá sea o no lo mismo. El ciudadano chingaquedito que decía Carlos Fuentes en La región más transparente, que comenzó a expresarse bajo el sufragio anónimo contra el régimen que era partido, que en 1988 en la elección presidencial y en 1989 en la de la alcaldía, dio un inédito pero no suficiente rechazo al partido de estado, y que en 1996 logra finalmente llevar a la alcalde a un candidato del PAN, siendo Taxco la primera de las grandes ciudades del estado que perdió el PRI.
Entonces la izquierda de don Fulgencio era meramente testimonial.
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La movilidad del taxqueño tampoco se da hacia el estado sino a Morelos o el Estado de México, entidad esta última a la que pertenecía hasta 1849. Su integración a Guerrero se da con el mejoramiento carretero a Iguala, más o menos tras el primer tercio del siglo pasado.
De manera que don Fulgencio, ya muy viajado por las necesidades propias del apostolado de la militancia de izquierda, confronta el carácter de sus vecinos con el resto de los guerrerenses.
Encuentra que el taxqueño es conservador y huidizo, y se diferencia del carácter extrovertido, franco, sincero, dicharachero, bromista, alburero, de sus geográficamente paisanos.
El taxqueño es muy apegado a sus tradiciones, a la Semana Santa y toda la preparación a lo largo del año, que implica cierta secrecía comunitaria.
Otra: “El taxqueño puede aplazar sus penurias y miserias pero jamás dejar de festejar el Día del Jumil”, ese día en que se desocupa media ciudad para acudir en procesión al cerro del Huixteco y en donde como en días de carnaval antes de Semana Santa, se explaya en los gozos y retozos, como diría Armando Jiménez, el autor del antropológico estudio Picardía Mexicana.
Eso sí, siendo paradójicamente la sociedad taxqueña “de las más conservadoras del país”, concluye: “más de la mitad peca con todas las fuerzas del alma y la pasión durante los once meses, pero se abstiene de hacerlo durante un mes que coincide con la Semana mayor”. Privata Peccata.
(“Hemos cambiado”, dicen asistentes a la conferencia).
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Sin embargo, la ciudad no es una Fuenteovejuna. La minería y ahora el turismo son su ventana, su nexo con el mundo. A diferencia de muchas otras ciudades donde se dio el saqueo de la plata, el oro o el estaño durante los primeros decenios del virreinato, donde la esclavitud de indios y negros son la parte vergonzosa de su historia, vemos una ciudad reconciliada con su pasado, aún con los excesos y excesivos personajes que se enriquecieron con la plata, según leo o más bien releí la historia referida por Rafael Ramírez Heredia en ese libro de viajes llamado Por los caminos del Sur: la de doña Elena de Añorga, dueña de la mina de Espíritu Santo, que mandaba a alfombrar las calles empedradas por donde pasaba con barras de plata. El menos excéntrico José Borda financió en tanto la iglesia de Santa Prisca.
Ramírez Heredia en el libro este publicado en 1990, con la venia y el patrocinio del entonces gobernador José Francisco Ruiz Massieu, refiere el punto de convivencia de los taxqueños con sus visitantes: las cantinas. Ramírez Heredia cuenta de su estancia en la ciudad, una de las tantas visitas, para la presentación de su libro Los Territorios de la tarde. No precisa pero quizá haya sido como parte de las Jornadas Alarconianas en las que Ruiz Massieu echó mano del erario estatal para financiar sus veleidades culturales, proceso minimizado por los gobiernos sucesores.
El tamaulipeco refiere sus escapadas a el Paco’s, hoy con otro nombre, a una consumición de cervezas y el muy local brebaje Bertha.
La investigación periodística con base en entrevistas a veteranos de la bohemia y la coctelería de Fulgencio Bustamante nos descubre un inmenso y vasto mundo cantinero y de bohemia. Basta decir que el recuento memorioso con el viejo cantinero Raymundo Quinto, y con Felipe Krayem, hermano del compositor y cantante Raful Krayem, provoca el vértigo por la cantidad de sitios enumerados de ese mundo o submundo ajeno al turismo o al visitante esporádico. Ya lo dicen los manuales de viajeros, quien quiera conocer una ciudad, empezando por su comida, que visite los sitios a los que van los locales; además, su vida cotidiana, el santo y seña de la identidad: las cantinas o sus mercados.
La picaresca del viejo y retirado cantinero, que se sincera y que dice que el de robar borrachos fue trabajo que más disfrutó, y los hábitos del consumo bohemio de la clase política de los setentas revelados por el músico, son capítulos imperdibles y de valor periodístico y de la propia historia de los taxqueños y quizá una veta de donde se puede seguir picando.
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Una de las imposturas que acepta el autor es la percepción que se tiene de la ciudad como una ciudad de cultura efervescente. La referencia son las Jornadas Alarconianas, que colocaron a Taxco en el mapa nacional de la actividad cultural a partir de 1987, en el gobierno de José Francisco Ruiz Massieu. No obstante, el autor nos revela a la ciudad como un páramo en la cultura, ausente de vida tras el mes de actividades promovidas y patrocinadas por el gobierno del estado. En contrapartida, cuenta de los heroicos esfuerzos por crear esa vida al margen de los presupuestos estatales, en la radio o en los periódicos muy de barrio, las casas de cultura que aparecen huidizas entre las calles empedradas, la ausencia de librerías, y en donde la acumulación parece ser el principio y fin del sentido de la vida. En descargo, don Fulgencio, el resto de las ciudades de Guerrero están así, aunque sin Alarconianas…
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La salida para los estudios en Morelos, la militancia de izquierda y la vida universitaria, aunque en episodios no lineales, son un testimonio de vida del maestro Fulgencio que pese a las decepciones sigue en el barco al que algunos ya no nos subimos o nos bajamos. Llega a esta etapa, donde el México ya es otro, más o menos con las costillas en su lugar, que no es poco, tras detenciones, encarcelamientos y calentadas durante el figueroísmo durante una campaña del Partido Comunista, y otra por el proselitismo universitario. Hace tres años el que esto escribe habría deseado que Fulgencio Bustamante hubiera ganado la alcaldía de esta ciudad como candidato que fue de Morena. Cuenta aquí, con decencia y sin resentimiento, los factores externos e internos que conspiraron en su contra. Sin duda, esta ciudad en estos días habría sido otra.
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Es Por Senderos turbulentos y apacibles una miscelánea que va de la autobiografía, la biografía política, donde el profesor de Literatura y fundador de la preparatoria de Taxco no resiste incluir su trabajo literario, que son una extensión de su vida taxqueña.
El plano de la autobiografía se entrecruza con la anécdota; el testimonio de la vida universitaria y la militancia con la crónica del ser taxqueño. Del niño que sale de su pueblo empujado por su madre al profesor que años después tiene la responsabilidad de educar dentro y fuera de las aulas.
La crónica, ese idioma que no habrá de morir en la mañana donde aparece el periódico, como sentencia Ricardo Garibay, recibe pincelazos en un armado donde se entrecruzan la entrevista y el testimonio.
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Ahora bien, este andar entre el ojo crítico y el ojo gozoso, entre el andar y el respingar, entre sobarse las revolcadas y sacudir el polvo, dan valor a la perseverancia de quien llega a Taxco a fundar una preparatoria y se queda nada más los últimos 47 años, ciudadano taxqueño por decisión y adopción. Me recuerda estos textos del poema de Jaime Sabines, Primeros pasos en la ciudad: Resucitado, para ti es la calle/ y los árboles y la neblina/ y el sol que pica…”, dice uno de ellos. Y remata:
Te saludo. Brindo por ti/ que te levantas de tu ruina./ El aire de la noche te adelgaza, / la canción te espera./ Abre sus calles esta ciudad de México/ como los brazos de una amante nueva./ Estás aquí y es tuya. Poséela.
* Texto leído en la presentación del libro Por senderos turbulen-tos y apacibles, de Fulgencio Bustamante Mendoza, en Taxco de Alarcón el 25 de enero.