EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Reivindicando las demandas sociales

Silvestre Pacheco León

Febrero 22, 2021

Quienes estuvieron atentos a los discursos con los que el día 14 de febrero se conmemoró el 190 aniversario de la muerte del general Vicente Guerrero en Cuilápam, Oaxaca, se habrán dado cuenta de la escasa referencia que el presidente de la República hizo al consumador de la Independencia. Y no fue porque los gobernadores de Guerrero y Oaxaca hubieran agotado el tema referente a la vida y aporte del héroe tixtleco a la nación, sino que el presidente quiso en esa ceremonia de tan importante fecha abordar uno de los temas que han sido siempre relegados del discurso oficial a pesar de que haya sido tan relevante para los iniciadores de la Guerra de Independencia y también para los de la Revolución Mexicana.
Me refiero al de las reivindicaciones sociales que para el peonaje, la servidumbre y los esclavos, así como para los peones acasillados fueron determinantes para acompañar masivamente al cura Hidalgo en 1810 atendiendo la consigna de “coged gachupines” y también para los ejércitos de Francisco Villa y Emiliano Zapata un siglo después.
La misma importancia que tenía la independencia de España para los curas Hidalgo y Morelos era poner fin a la esclavitud porque para ambos resultaba indignante que a pesar de su trabajo para sostener la vida y los privilegios de los peninsulares estuvieran impedidos de acceder a los bienes que producían.
Por eso el cura José María Morelos declaró en el discurso de instalación del Congreso de Chilpancingo en 1813, conocido como Sentimientos de la Nación, la abolición de la esclavitud y la igualdad de trato ante la ley, y que el gobierno tenía la obligación de moderar la opulencia y la indigencia para evitar la escandalosa desigualdad social que ya entonces merecía ese calificativo.
Tanto Alejandro Murat como Héctor Astudillo bordaron su discurso en torno al contenido político del aporte que hizo el héroe homenajeado como forjador de la nación, y solo marginalmente reiteraron el papel de los gobiernos para crear las condiciones donde los gobernados puedan acceder a la prosperidad, como si sus respectivos estados no siguieran siendo hasta hoy el mayor ejemplo de atraso frente al resto del país.
El gobernador de Oaxaca exaltó el lema por el que se conoce a Vicente Guerrero, “la Patria es Primero”, proponiéndola como consigna actual para alcanzar la unidad de los mexicanos en torno a los principales problemas actuales, como lo fue el abrazo de Acatempan entre el principal jefe de la fuerza militar de la Corona española, Agustín de Iturbide, con el máximo representante de la insurgencia para concretar el objetivo de lograr la independencia de la Nueva España.
El gobernador de Guerrero nunca ajeno a la costumbre de exaltar lo que mucho se ha dicho sobre el héroe homenajeado cuando sigue habiendo tantas lagunas en la información, repitió que se trataba de un afrodescendiente, pobre y con escasa instrucción escolar, lo cual está lejos de ser elogio cuando hay tanta evidencia de que ninguna diferencia racial tenía su familia con la mayoría de los habitantes que entonces vivían en Tixtla, donde los Guerrero se distinguían de un cómodo nivel económico (la familia poseía propiedades y siembras, un bonito huerto en su casa, taller de armería) y acceso a la enseñanza privada de la que no todos disponían.
No cualquiera poseía una recua de mulas en aquella época en la que la arriería era el principal medio de transporte cuyo quehacer habilitó a Guerrero en el conocimiento detallado del territorio que pisaba, desarrollando tantas habilidades que después serían la base para un brillante desempeño como parte del ejército de don José María Morelos, bajo cuyas órdenes realizó actos de valentía y audacia como la toma del fuerte de San Diego en Acapulco.
Los gobernadores participantes del acto en Cuilápam hicieron un repaso de los aportes que tuvo Vicente Guerrero como continuador de la lucha independiente después de la muerte del general Morelos, pero dejaron de ser consecuentes al dejar de lado en su discurso el problema de la pobreza y la desigualdad que privan en Guerrero y Oaxaca a pesar de que cinco de sus paisanos han llegado al alto cargo de la Presidencia de la República.
Afortunado discurso de Héctor Astudillo Flores sobre la importancia que tiene el método democrático para dirimir diferencias y avanzar en los objetivos superiores como lo hizo Vicente Guerrero frente a sus enemigos ante la posibilidad de alcanzar la independencia de México, por eso el tema de la pobreza cobra actualidad en vísperas de las elecciones para gobernador.
Por eso fue interesante que el presidente López Obrador no haya quitado el dedo del renglón para extenderse en el tema de las demandas sociales que los pobres estuvieron siempre dispuestos a postergarlas anteponiendo a sus intereses de clase los superiores de la nación.
Si bien es cierto que el alto clero perdió sus privilegios durante el gobierno juarista, los herederos de la guerra de independencia no fueron precisamente los esclavos quienes quedaron libres solo para convertirse en peones acasillados al servicio de los hacendados porfiristas.
Tuvo que pasar otro largo siglo después de la independencia para que se escuchara la voz de los desposeídos encabezando los ejércitos campesinos que en el sur engrosaron las filas del ejército zapatista y en el norte con Los Dorados de Francisco Villa, sin olvidar que en esa revolución dominó la estrategia que Juan Rulfo nos cuenta en su novela Pedro Páramo donde los hacendados financiaron a parte de su peonada como soldados de la revolución para preservar sus propios privilegios, deshaciéndose con la violencia de los líderes que los ponían en riesgo.
El presidente de la República nos recordó que fueron muchos años después de la Revolución Mexicana cuando los pobres recibieron parte de la recompensa merecida por su aporte de muertos para la causa.
Don Lázaro Cárdenas fue el único presidente que hizo justicia a los pobres con el reparto agrario de las grandes haciendas porfiristas. Creó y dotó de tierra a los ejidos, entregó aperos de labranza y armas a los campesinos para defenderse de las guardias blancas que eran los ejércitos privados de los viejos hacendados porfiristas.
Fue después de la época cardenista cuando el campo productivo jugó el papel de abaratar la vida en las ciudades y funcionó como palanca para el desarrollo de la industria. El propio petróleo expropiado se usó después para abaratar la energía que dio vida a la industria que creció bajo la tutela del Estado.
Pero en 1980 fue la década de la vuelta al pasado, cuando los tecnócratas se hicieron del poder y se manifestaron como los más rapaces y ambiciosos, traidores a la patria, quienes entregaron los bienes nacionales a los propietarios privados y extranjeros, generando millones de pobres que al paso de los años vieron perder sistemáticamente el poder adquisitivo de su salario y con ello la posibilidad de acceder a los bienes que son necesarios para alcanzar la felicidad.
Sobre ese tema insistió el presidente quien conociendo la pobreza en la que vive la mitad de la población se ha propuesto cumplir con el clamor de los de abajo que consiguieron independizarnos de España y después hicieron la primera revolución social del continente, los cuales esperan su recompensa.
El presidente de la República sabe de ese reclamo popular que tiene el compromiso de cumplir para responder al respaldo que le dan los más de 70 millones que lo apoyan.
Sabe que se trata de que el salario pueda recuperar pronto el 70 por ciento del poder adquisitivo que perdió durante el período neoliberal para que las familias puedan vivir con decoro y acercar la educación a los niños y jóvenes para que accedan al saber con los empleos requeridos para que las mujeres y hombres puedan realizarse como lo soñó el cura Morelos.