Humberto Musacchio
Abril 02, 2026
En Semana Santa, la poblacion acudía masivamente a los templos católicos para tomar parte en las ceremonias de jueves y viernes santo, el sábado –fuera de la guerra a cubetazos– era día de recogimiento en casa y el domingo representaba una vuelta a la vida social. Hoy todo eso es cosa del pasado, ni los templos está repletos como antes y un altísimo porcentaje de mexicanos prefiere vacacionar y deja atrás los ritos propios de estos días.
En un interesante artículo publicado el pasado martes en Excélsior, Mario Luis Fuentes abordó el panorama de lo que llamó “La transformación religiosa en México”, basado en las cifras que aporta el Inegi, las que muestran un moderado descenso de la feligresía católica, aunque cabe decir que tales estadísticas resultan más que dudosas, si atendemos a la presencia de muy diversos credos o del ateísmo.
Para el Inegi, la población católica en 1990 representaba 89.7 por ciento del total de la población, porcentaje que en 2000 era de 88 por ciento y en 2020 de 77.7 por ciento, lo que de ser cierto implicaría una caída nada drástica del catolicismo, pues en números absolutos el mismo Inegi reporta un considerable aumento de creyentes.
Las cifras del Inegi seguramente alegran la vida de la jerarquía católica, pero todo indica que esos números no corresponden a la realidad, lo que seguramente se debe a que los cuestionarios censales no permiten entender la evolución religiosa del país, pues algunas órdenes, como los jesuitas, abandonan templos por baja asistencia y los ponen en manos del clero secular, sin que ese cambio atraiga a más feligreses.
Para el Inegi, estados como Sonora han tenido un descenso mínimo de la grey católica, pues en 1940 se dice que contaban con 97.7 por ciento de la población, treinta años después, en 1970, había disminuido a 96.6 y a 87.8 en 2000. Las cifras son poco creíbles porque en 1950, en Ciudad Obregón –por citar un caso– había siete templos protestantes por dos católicos.
Las cifras también son cuestionables porque, por razones sociales, como es bien sabido, existe una resistencia explicable para dejar de llamarse católico, e incluso hay poblaciones donde eso puede ser motivo de discriminación y hasta de agresiones.
Otro punto es que, como la misma Iglesia de Roma reconoce, ha disminuido drásticamente la vocación sacerdotal entre los jóvenes, y si no hay suficientes ministros, es lógico que cunda el desgano entre la feligresía, que inevitablemente se alejará del templo, lo que se comprueba en estos días de Semana Santa, en los que a diferencia de lo que ocurría hace 40 o 50 años, eran multitudes las que acudían a los servicios.
Desde hace tiempo se sabe que Chiapas, Quintana Roo, Campeche y Tabasco son las entidades con menor porcentaje de católicos, por lo cual es lógico que aparezcan con 53.9, 54.7, 60.3 y 62.2 por ciento. Pero Baja California ya se metió en ese furgón de cola de las estadísticas y cuenta con 62 por ciento de adeptos. Lo que resulta menos explicable es que en entidades con gran movimiento económico, una activa y diversa vida social y cierto aire cosmopolita aparezcan los católicos con cifras tan altas como 89.3 por ciento, como ocurre en Jalisco.
Hasta ahora, el auge de otros credos no se ha detenido. Ya no son únicamente las confesiones protestantes las que ganan más prosélitos, sino que vienen ocupando espacio las variantes de Islam o diversas creeencias de origen asiático, sobre todo procedentes de la India, China o Japón, y algunas provenientes de África.
Es difícil conocer con precisión el número de ateos, pues hay cierta reticencia a declararse como tales. Pero hay otras razones que explican la caída de la religiosidad, como son una educación laica, la presencia en todos los hogares de la televisión, los anticonceptivos que generaron una amplia liberalidad sexual, los avances hacia la igualdad de género, el contacto con otras culturas, el alejamiento cada vez mayor del cielo y sus divinidades debido a los viajes espaciales y la sustitucion de diversas creencias por la adopción de planteamentos científicos.
Por supuesto, gran parte de la humanidad no abandonará las religiones, pero tendrá que modificar sus relaciones sociales. Habrá que adaptarse a los nuevos tiempos.