Anituy Rebolledo Ayerdi
Enero 02, 2025
El campanario del reloj del Palacio Municipal de Acapulco sonó por primera vez a las 11 de la mañana del 16 de septiembre de 1910. Ello en el marco de los festejos del centenario de la Independencia nacional. Al inaugurarlo, el alcalde Nicolás Uruñuela agradeció emocionado el donativo de los hermanos Nicola y Rómulo Allegretti Crushani, italianos radicados en el puerto.
Uno de ellos, Nicola, contraerá matrimonio con la acapulqueña Enriqueta Billing Diego, hija de doña Catalina Diego y un caballero inglés. Procrearán una gran familia: Rómulo, Remo, Roma, Enrique e Hipólita.
El alcalde Uruñuela no escatimará recursos para dar al obsequio un albergue digno y lo suficientemente elevado para ser consultado desde los cuatro puntos cardinales. Lo será una torre de 8 metros de alto instalada en medio del Palacio Municipal (un largo caserón de adobe con techumbre de teja), antiguo convento de la orden religiosa de los Franciscanos descalzos). La calificación popular será positiva.
Las cuatro carátulas del reloj eran de porcelana blanca con los número romanos en negro. El sonido de su carrillón se escuchaba claro y brillante hasta la última morada de la ciudad. Un tin-tan brillante equivalía a 15 minutos y cuatro a la hora exacta tocada por una campana de sonido muy grave. Alguien llegó a compararlo con el Big Ben de Londres, sin nunca haberlo escuchado, por supuesto. Cuando la maquinaria del reloj se paralice por algún desperfecto, cosa frecuente, la vida del puerto se trastocará y en particular la puntualidad en las escuelas Altamirano, Manuel M. Acosta y Jardín de niños Morelos.
El ciclón
El tiempo seguirá su marcha y el reloj de palacio la marcará puntualmente. Así, llegamos al 12 de octubre de 1912, una de tantas fechas negras para Acapulco. La ciudad es azotada por la furia de un huracán cuyos vientos lo derriban todo a su paso. La torre del reloj se desploma convirtiendo la maquinaria en añicos. Vuela la techumbre de la parroquia de La Soledad y se precipita la del mercado Zaragoza (hoy plazoleta Escudero). Ante el fuerte oleaje sucumbe el muelle de madera (malecón) y las embarcaciones vuelan tierra adentro. Y, por si fuera poco, el desbordamiento del río Grande (Aguas Blancas) lo inunda todo.
Frente a la terrible devastación del fenómeno natural, brillará una vez más la sabiduría acapulqueña al respecto: “Los ha habido piores y más piores los habrá”.
¿Y el reloj?
¿Y la maquinaria del reloj?, será la pregunta obligada al volver la calma.
Fue enviada a la Ciudad de México para su compostura en la joyería La Esmeralda, se informó y hubo quienes lo dudaron.
Vino el remolino y nos alevantó
La guerra no mata al tiempo, pero lo hace cruel e insoportable. Acapulco se convierte en encrucijada de todas las banderías revolucionarias. Los revolucionario de Acapulco y ambas costas contribuyen en gran medida al triunfo de la Revolución
Cuando vuelva a hablarse del reloj de palacio, las niñas nacidas durante su instalación estarán cumpliendo sus 15 primaveras, como dicen los cronistas de sociales.
Consejo municipal
Antes de ser derrocado por un golpe militar, el gobernador Héctor F. López había nombrado un nuevo Consejo Municipal de Acapulco, a cuyo frente estaba Manuel López López. Comuna en que Jorge Joseph Piedra, alcalde muy querido de Acapulco (1960) había figurado como “meritorio”. (persona que trabaja sin sueldo para ser méritos para obtener una plaza remunerada). El mismo recordaba como mecanógrafa del Cabildo a la señorita Edelmira de la O Téllez, más tarde casada con el mecenas deportivo Crescencio Medina Retana. Padres de Horacio, Alejandro y July. Tíos del ex alcalde Rogelio de la O Almazán.
La designación de síndico y regidores acapulqueños, honestos todos, hablaba de que no todo estaba perdido para la ciudad y puerto (así titulé una columna periodística durante varios años). Los ediles fueron José Tellechea, Pedro Mazzini Piedra, Juan H. Gómez, Francisco Farías y Benjamín H. Luz. Ocupa la sindicatur Rosendo Pintos Lacunza, hijo de don Antonio Pintos Sierra, alcalde bien recordado por los porteños.
Y será Pintos Lacunza, precisamente, quien recupere el reloj de palacio. Pronto caerá en sus manos el recibo expedido por la Esmeralda de México y con ello la recuperación de la joya helvética será fácil aunque no gratuita.
¡Fuera!
Al síndico Pintos, a propósito, le tocará, por órdenes telefónicas del presidente Álvaro Obregón, echar a la calle de su curato a los sacerdotes de la parroquia de La Soledad. Un inmueble que pertenecía a la Escuela Primaria M. Acosta (hoy, biblioteca Alfonso G. Alarcón). Dicha institución ocupa hoy el terreno donde nació en 1939 la gloriosa Secundaria Federal número 22 .
Vuelve el reloj
Incluso la niñez del puerto tuvo una importante participación en la recuperación del reloj de palacio, según refiere Luz de Guadalupe Joseph, En el viejo Acapulco. Un alegre carnaval infantil generó la suma de 500 pesos para la causa. La reina del festejo fue la niña Amparito Otero.
Un reloj renovado ocupó entonces una torre amplia y sólida en el mismo lugar del Palacio Municipal. Tocará las 12 campanadas para despedir el año 1927, en medio de un jolgorio por su recuperación. Unida, la celebración por la apertura de la carretera México-Acapulco, apenas el 11 de noviembre anterior. A partir de entonces, serán extremos los cuidados de la gente al transitar por las calles de la ciudad. Y es que circulaban por ellas ¡12 automóviles!, (hoy, ¿un millón?).
Mantenimiento
Después de tantas vicisitudes, el Cabildo se verá en la necesidad de crear el nuevo empleo de “encargado del reloj público”. Lo ocuparán, sucesivamente, Benjamín H. Luz Cárdenas, Eduardo H. Luz Castillo y don Julio Vélez, este último maestro de carpintería hasta su muerte de la Secundaria Federal 22.
El reloj sin palacio
Los sismos constantes determinarán la desocupación en los años 50 del Palacio Municipal. Se mudará al inmueble ocupado por un mercado en las calles Arteaga y Aireación, construido por el alcalde Ismael Valverde (hoy CAPAMA). Quedarán en el viejo edificio, ya muy afectado por los sismos, los juzgados, el MP, la Policía Judicial y la cárcel municipal. Y el reloj funcionando como nunca.
La lapidación
Será entonces cuando el reloj de palacio sufra los embates más severos, esta vez por parte de la población carcelaria cuyo patio de recreo veía la cara norte del reloj. La lapidación con piedras será casi cotidiana (sacos de piedra comparados a los carceleros), hasta lograr la desaparición de la carátula e incluso horadar la estructura de la torre.
El Hihueputa, por ejemplo, un sentenciado a 15 años de prisión por el asesinato de su suegra, por negarse a compartir el lecho nupcial, anunciaba su inminente suicidio. “Y es que, clamaba, no podré vivir 15 años sin volverme loco eescuchando día y noche el tin tan de ese pinche reloj de palacio. ¡Malhaya quien lo haya arreglado!
Un anticipado, sin duda, a Roberto Cantoral cuando demande: reloj no marques las horas porque voy a enloquecer.
Nuevo Palacio Municial
La interrogante sobre el reloj seguirá vigente cuando el viejo Palacio Municipal sea demolido para dar paso a un edifico moderno, circular y muy funcional, concebido por el joven arquitecto Emilio Pineda Gómezcaña.
Entonces, a la sola mención del reloj de palacio, se hablará de la concepción de una torre modernista dotada de un reloj suizo con carátulas modernista y como remembranza dos de las del reloj de palacio.
La oba palaciega iniciada el 30 de agosto de 1970, siendo presidente municipal Israel Nogueda Otero y director de Obras Públicas el ingeniero Alexis Iglesias Soto, con Chacho Ortiz Castellanos, su segundo, se concluirá 15 meses más tarde. Esta vez bajo la presidencia municipal de Antonio Trani Zapata.