Arturo García Jiménez
Septiembre 17, 2025
El 9 de septiembre, fecha de creación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), se reconoce como el Día Internacional de la Agricultura, la actividad que ha hecho posible la evolución de la humanidad. Ese día, no obstante, su trascendencia, casi pasó desapercibido.
Mediante la agricultura, hace más de 12 mil años, la humanidad dejó de ser nómada y recolectora de alimentos; empezando así la producción de su propia comida, condición esencial para su evolución como sociedad humana.
Desde tiempos inmemoriales, filósofos y pensadores han hecho alusión a la importancia de la agricultura. En el imperio romano, Cicerón creó la frase que ahora se ha hecho famosa en redes sociales: “La agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre”. Hay frases contemporáneas como la de Octavio Paz que resalta la esencia de la agricultura mexicana: “El invento del maíz, solo es comparable con el invento del fuego por el hombre”.
Pero en los tiempos neoliberales que hoy vivimos, esos testimonios filosóficos están muy lejos del pensamiento de los actores políticos que deciden el desarrollo de nuestra sociedades. A pesar de que el Día de la Agricultura debiera ser una oportunidad para visibilizar los problemas y los retos del sector agrícola, los gobernantes no le dan la importancia debida. Esto es así porque la agricultura de hoy, como lo dijera Bill Mollison, padre de la permacultura, “es un sistema que está orientado a la producción de dinero, no de comida”.
La agricultura en México
No obstante, la tradición agrícola de nuestro país, que fue intervenida por la conquista española, durante las últimas ocho décadas ha persistido en diversas modalidades con expresiones específicas que han marcado cuatro etapas evolutivas:
Primera. La agricultura campesina, la más antigua y extendida en el país, es aquella que con sencillez, filosofía y ciencia propia, ha logrado mantener el autoconsumo, combinado con la preservación del medio ambiente. Su objetivo: garantizar comida fresca y nutritiva para el autoconsumo local. Las familias que preservan esta modalidad son capaces de trabajar sus milpas de manera familiar y mantener pequeños hatos de animales. Esta forma de agricultura se encuentra en la subsistencia y en el traspatio de las políticas públicas.
Segunda. La agricultura tecnificada que impulsó la mal llamada “revolución verde”; se inició una vez culminada la Segunda Guerra Mundial, y “coincidió” con la creación de la FAO. El capitalismo de entonces, estaba preocupado por resarcir la falta de alimentos y materias primas provocadas por la guerra. Por ello los tanques de guerra y sus refacciones se reconvirtieron en tractores, los bombarderos en equipos de fumigación y siembras al voleo, los insumos para explosivos (como la urea y el salitre) en fertilizantes químicos, el líquido naranja defoliante (precursor del glifosato) en herbicida. Aunado a ello, se desarrollaron multinacionales como la Nestlé que transfiguraron la leche de vacas vivas en leche de latas muertas. Y para seguir desarrollando la “tecnificación” de los campos crearon el INIFAP y luego el CIMMYT.
Tercera. La fase superior de la agricultura tecnificada es la agricultura comercial, la que mientras hace negocio intoxicando los suelos y el medio ambiente, también coloca en anaqueles y refrigeradores los alimentos transfigurados en envases plásticos y de aluminio y conservadores químicos. El objetivo principal de esta agricultura es invertir dinero y cosechar dinero incrementado, tal como lo describe Carlos Marx en El Capital. Su paquete tecnológico es tan simple como “sofisticado”: semillas transgénicas o hibridas de alto rendimiento, herbicidas cancerígenos y fertilizantes que esterilizan los suelos; maquinaria pesada y “asistencia” técnica son otras “bondades” complementarias.
Cuarta. La cuarta forma de agricultura, que casualmente coincide con la era de la Cuarta Transformación (4T), es la que desde hace tres décadas han venido impulsando organizaciones de campesinos innovadores. Esta modalidad, rescata la agricultura campesina tradicional incorporando principios de la agricultura natural originada en japón, la permacultura en Australia, la agricultura orgánica de muchos países latinoamericanos, la labranza de conservación promovida en Estados Unidos, la agricultura regenerativa de los países europeos, etc. En nuestro país esta modalidad se resume en el concepto agroecología. Afortunadamente, el gobierno de la 4T ha incorporado este enfoque –aunque marginalmente– en algunos de sus programas emblemáticos (Sembrando Vida y Producción para el Bienestar). Sin embargo, aún mantiene fuertemente el enfoque de la agricultura comercial; a contracorriente de las iniciativas agroecológicas, año con año, entrega gratuitamente alrededor de un millón de toneladas de fertilizantes sintéticos que constituyen un paquete “tecnológico” formado solo por urea y fosfato diamónico para todo tipo de suelos del país y para todos los cultivos que se reconocen en el denominado programa Fertilizantes para el Bienestar.
Estas formas de agricultura están en pugna, aunque a veces coexisten. Por ello, el Día de la Agricultura debió ser una oportunidad para reflexionar sobre la importancia que cada una desempeña en el déficit alimentario, en la disminución de la pobreza, en el desarrollo sostenible de nuestro país y en la mitigación del cambio climático.
La agricultura en las políticas públicas
El 10 de abril del 2024, en el 105 aniversario del asesinato del General Emiliano Zapata, la Coordinadora Nacional de Ejidos y Comunidades, fue actor importante del Acuerdo Nacional para una República Rural Justa y Soberana, suscrito en Chinameca, Morelos, con Claudia Sheinbaum, hoy presidenta de la República. Este acto simbolizó un compromiso para continuar honrando el legado zapatista en favor de los derechos de los campesinos, los pueblos indígenas y afromexicanos de nuestro país.
En este acuerdo de once puntos, se reconoce que la Soberanía Alimentaria de la Nación ha sido y seguirá siendo el eje rector de la política para el campo. “Para ello es necesario impulsar la producción nacional para avanzar a mayores niveles de autosuficiencia en los principales alimentos de la población, empleando tecnologías que aseguren la salud y la nutrición”. Se respalda con fuerza y convicción el compromiso de que México seguirá siendo autosuficiente en maíz blanco, que se mantendrá la prohibición de siembra de maíz transgénico en el territorio nacional, y que se prohibirá gradualmente el uso del glifosato.
Se ratifica, además, una estrategia de “apoyo a la agricultura, ganadería, pesca y acuacultura de pequeña y mediana escala, basada en la articulación con enfoque regional y territorial de las políticas y programas referidos al agua, a la ampliación del financiamiento y el acceso a los mercados con precios justos para los productores, infraestructura, y producción nacional de fertilizantes y semillas”. De manera especial, se valora el impulso a la transición agroecológica, la sostenibilidad ambiental y la mitigación y adaptación al cambio climático.
Desde el inicio de la segunda etapa de la 4T, estos acuerdos debían de ser impulsados por el titular de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), y reflejarse en el presupuesto federal. Pero, en el Presupuesto de Egresos del año que transcurre no se reflejaron cambios sustanciales respecto al sexenio anterior. En el mismo sentido, en la propuesta presupuestal del 2026 el rubro de Agricultura y Desarrollo Rural, se presenta prácticamente igual que en años anteriores, lo que vaticina que se hará lo mismo que se ha venido haciendo o menos; globalmente el presupuesto de Sader se incrementó 0.91%; y los programas emblemáticos, elevados a rango constitucional, se incrementan de esta manera: Fertilizantes 4%, Sembrando Vida el 4%, Precios de garantía el 4% y producción para el Bienestar el 7%. Prácticamente solo se incrementó lo equivalente a la inflación estimada.
En tanto, en sus boletines de prensa, el secretario de Sader difunde “otros datos”. Exclama que el presupuesto al campo 2026 es “adecuado”. El punto no es cuánto menos o cuanto más, sino cómo se aplicará y qué metas se proponen, tanto a corto, mediano y largo plazo.
Del presupuesto asignado a la Secretaría de Agricultura del gobierno de Guerrero no hay mucho que decir. Si de por sí es poco lo que se le asigna (en 2025 alrededor de 400 mdp) la mitad se aplica para cubrir “gastos de operación” (el salario de la burocracia del sector, pues), y la otra mitad, además de que se ejerce en la opacidad y discrecionalidad, generalmente se aplica en los últimos meses del año y con un subejercicio de más del 50%.
A propósito del Día Internacional de la Agricultura, comparto para la reflexión el siguiente hecho: “El plan quinquenal de China para la autosuficiencia alimentaria”, garantiza la alimentación de más de mil 400 millones de habitantes. Además, ha logrado sacar de la pobreza absoluta a 700 millones de pobladores, lo cual es considerado como un éxito de la humanidad. Para el gobierno chino la agricultura es un pilar clave del desarrollo del país.
¿A poco no podremos los guerrerenses empezar a colocar a la agricultura en el primer plano de las políticas públicas? Claro que sí, pero solo cambiando a la actual clase política que es ajena a la agricultura. ¡En la era de la 4T, el campo debe ser primero!