EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Resistencia civil y no violencia activa

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 20, 2005

El PRD ha anunciado y puesto en marcha un movimiento de resistencia pacífica, al decir de sus dirigentes, como una forma de protesta y de lucha ante el desafuero consumado del jefe del Gobierno del Distrito Federal. Se proponen alcanzar un movimiento nacional que haga frente a la estrategia que busca eliminar a Andrés Manuel López Obrador de la próxima contienda electoral para elegir al presidente de la República.

Elegir medios pacíficos en las contiendas políticas es digno de encomio y de reconocimiento, puesto que habla de una decisión madura, responsable, razonable y de buen sentido. Pero hay que señalar que una lucha pacífica no se improvisa ni es fruto de un aislado acto de voluntad. Una lucha pacífica se prepara, se diseña, se planifica a partir de su propia naturaleza y requiere de importantes condiciones subjetivas. Tenemos los casos de Gandhi y de Luther King con sendos movimientos sociales que abrieron puertas y nuevos horizontes allí donde la resignación y la violencia habrían empeorado las cosas.

Después de tantas y amargas experiencias de guerras arrasadoras y de violencia social, la humanidad intuye y corrobora que la violencia, como método de cambio, jamás ha sido capaz de construir condiciones mejores de vida para los pueblos. En nuestro actual contexto nacional, quienes optan por la violencia se hacen acreedores a la desconfianza y al rechazo social. Hay que señalar que cuando hablamos de violencia nos referimos a las diversas formas que ésta toma: en primer lugar a la violencia institucionalizada que viene de los aparatos del poder económico y político, de quienes tuercen las leyes e imponen condiciones de vida ignominiosas, la violencia del sistema social que despoja, margina y excluye. El desafuero del jefe del Gobierno del Distrito Federal es percibido por muchos como un acto de violencia contra la democracia y contra la voluntad de muchos mexicanos.

La segunda forma de violencia es aquélla que responde a la violencia del poder. Es la violencia subversiva que brota de la impotencia, de la desesperanza y del resentimiento social que lleva en sí el germen de la destrucción y la intolerancia, que busca un cambio revolucionario que implica la destrucción de los enemigos y la revancha social. Esta violencia deviene a la frustración, cuando de percibe que las vías que se usan para lograr la justicia o para cambiar las cosas se agotan. Lo que sucede es que las vías que se usan, con frecuencia son insuficientes. Hay que decir que las vías del pliego petitorio o el reclamo no son nunca suficientes puesto que el sistema ya está vacunado para asimilarlas y es inmune. El simple pliego petitorio y la declaración pública no sirven tienen la capacidad de lograr los cambios requeridos. Se necesitan otros medios más fuertes y consistentes que tengan capacidad para golpear el sistema.

Hay que golpear al sistema donde le duele. Pero golpear no equivale a hacer violencia, pues la violencia es connatural al sistema y nos coloca de manera desventajosa en su terreno propio. Ceder a la violencia es ceder al sistema y significa ya una derrota pues nos arrinconan en sus propios dominios. Al poder no le duele la pedrada que le dan al policía o la mentada de madre que le hacen a la autoridad, mientras que al pueblo si le duele la bala que el policía le devuelve o la represión con que se responde. Al sistema no le duele unos automóviles incendiados en la calle pero al pueblo sí le duelen sus luchadores encarcelados.

Lo que a los poderosos les duele es perder dinero, perder poder, les duele ser desenmascarados y que la gente se desidiotice, le duele que la gente se organice y empiece a generar un movimiento social. El sistema está preparado para reprimir las acciones violentas pero no está preparado para responder a las acciones pacíficas. La violencia no sólo debe ser descartada por razones éticas, sino también por razones de eficacia histórica: tiene que descartarse por inútil. Además, la experiencia nos señala que las opciones violentas no suman sino que, más bien, restan las simpatías sociales hacia las causas y los movimientos que las emprenden.

Entonces, ¿qué decir de los movimientos violentos que en la historia han cerrado los caminos a las tiranías? En honor a la verdad hay que reconocer que una insurrección armada puede, eventualmente, conjugarse con una estrategia no violenta. La ética cristiana contempla la posibilidad de la lucha violenta sólo cuando se cumplen ciertas condiciones muy rigurosas, que son las siguientes: 1) que el daño causado por el agresor sea duradero, grave y cierto; 2) que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado ineficaces; 3) que haya condiciones serias de éxito; y 4) que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar (el poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición). Como puede verse, se trata sólo de casos extremos (Catecismo de la Iglesia Católica, 2309).

Ahora, un movimiento civil que quiera desarrollarse por las vías pacíficas requiere de una gran fuerza espiritual, de una disciplina que se consigue con un serio entrenamiento y una organización de la sociedad como sujeto privilegiado.

Cuando hablamos de la fuerza espiritual, nos referimos a una mística o espiritualidad capaz de sustentar una fortaleza y una gran resistencia para mantener una coherencia inclaudicable con los principios que la sustentan: el amor a la vida y a la verdad, que se traduce en el amor a todos, incluidos los enemigos y en la fe en la fuerza transformadora del amor. La no violencia activa se basa en una experiencia de amor madura que es capaz de superar la tentación de la violencia y de la venganza en las confrontaciones y en los conflictos. Hay que decir que la no violencia no equivale a la pasividad ni a la claudicación sino que es una resistencia activa y de gran fuerza moral. El agresor espera siempre una respuesta violenta y al no recibirla queda desarmado y confrontado. El evangelio nos presenta a Jesús que enseña: “Cuando te peguen en una mejilla presenta la otra”, lo que tiene que entenderse como una estrategia para confrontar al agresor apelando a su razón con una intención de persuasión. Jesús mismo interpreta su enseñanza cuando en la pasión recibe una bofetada en el rostro y reclama: “Si he hablado mal, demuéstramelo; y si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Él apela al sentido común y al buen juicio.

Los protagonistas de la no violencia están convencidos de su eficacia: “La no-violencia –dijo Mahatma Gandhi– es la fuerza más grande a disposición de la humanidad. Es más poderosa que el arma más poderosa de destrucción” (20 de Julio de 1925); y Martin Luther King Jr. añade: “La no-violencia es un arma poderosa y justa que corta sin herir y ennoblece el que la maneja. Es una espada que sana”(Why We Can’t Wait).

Un primer paso de esta actitud es renunciar a la violencia en todas sus formas: física, sexual, sicológica, económica y social, en particular hacia los más débiles y vulnerables. Buda afirmó: “La ira se conquista por medio del amor. El mal, por medio del bien… En este mundo el odio nunca se acaba con el odio; éste exclusivamente se acaba con el amor. Ésta es una ley esencial” (El Dhammapada). Para ello, hay que reconocer y comenzar a renunciar a la propia violencia, la cual se hace evidente cuando yo reexamino mis palabras, mis gestos y mis reacciones. Para que pueda darse este ámbito amoroso que alcance al enemigo es preciso comenzar por el amor a sí mismo, por la propia aceptación y autoafirmación: Aceptarse a sí mismo profundamente, con todos mis dones y riqueza, con todas mis limitaciones, mis errores, fallas o debilidades, y darme cuenta de que soy aceptado por Dios. Esto nos lleva a la humildad: vivir en la verdad de nosotros mismos, sin excesivo orgullo, con menos delirio de grandeza y protagonismos, sin falsas expectativas. De este modo podemos mirar al adversario de manera más objetiva, pues el reconocer que aquello por lo que siento resentimiento y quizás hasta lo detesto, en otro, viene de mi dificultad de admitir que esta misma realidad vive también en mí. Entonces se trata de mirar con otros ojos al adversario, sin perder de vista la necesidad de reconocer y respetar “lo sagrado” en cada persona, incluyéndonos a nosotros mismos.

Si la no violencia activa implica una verdadera actitud espiritual, hace necesario, también, un arduo aprendizaje que forje una disciplina y un proceso de organización social y un entrenamiento en las tácticas de lucha de desobediencia civil y de no cooperación. Los golpes fuertes al sistema se dan aquí: en desconocer su legitimidad negándose a colaborar y desobedeciendo leyes injustas.                         Este método de lucha no se improvisa con turbas dolidas y agraviadas. Se aprende en la medida en que la gente va asumiendo un proceso de toma de conciencia social con una fuerte dosis de sentido crítico y se va adquiriendo un compromiso social bien definido a partir del amor al prójimo y de la lucha por la justicia. La lucha no violenta requiere de un proceso educativo (espiritual, político y social), de un sujeto social cada día más amplio y de un proyecto bien definido capaz de convocar moralmente a las mayorías.

El caso de la resistencia civil convocada en términos de una lucha pacífica está condenada a fracasar si sigue los estereotipos ordinarios que, en muchos casos, la misma izquierda ha utilizado, con componentes más viscerales que racionales, más emotivos que inteligentes, más como desahogos sicosociales de frustraciones que como proyectos definidos de cambio social. La izquierda debe educarse a sí misma y tiene que contribuir a la educación política de la sociedad, de manera que pueda convocar, no a esfuerzos estériles y desgastantes, sino a procesos eficaces de transformación social.