EL-SUR

Jueves 26 de Mayo de 2022

Guerrero, México

Opinión

Río y Acapulco

Héctor Manuel Popoca Boone

Noviembre 25, 2017

Río y Acapulco

Héctor Manuel Popoca Boone

Noviembre 25, 2017

Río de Janeiro es uno de los tres principales Estados de fuerte economía en Brasil. Acapulco es el municipio más importante, económicamente hablando, del Estado de Guerrero. Río, tiene un gobernador que no gobierna. “La perla del pacífico” tiene un alcalde del mismo talante. En Río, la policía es controlada por los diputados provinciales que, a su vez, tienen vínculos con los malosos. Según dicen, en Acapulco, la policía municipal está parcialmente controlada por “los amigos organizados”.
En Río, la intensa violencia ha sido imparable. Creciente es la inseguridad pública, aun con la presencia de la Policía Civil, la Policía Federal y las Fuerzas Armadas. En Acapulco, pasa lo mismo. Ambos centros turísticos viven con zozobra y con acentuada desarticulación social. Hoy, sus gobiernos reconocen la gravedad del asunto. Pero estuvieron negándola o minimizándola durante mucho tiempo.
Buena parte de esa violencia es producto de la lucha de las bandas por los territorios urbanos y suburbanos que se disputan para sus negocios ilícitos; teniendo en ciertas colonias de pobreza sus bastiones: En Río de Janeiro, las llamadas “favelas” y en Acapulco, barrios en el anfiteatro o en los cinturones de miseria suburbanos.
Al tercer trimestre del 2017, el estado de Guerrero contabilizó más de mil 726 asesinatos de todo tipo; en el estado brasileño fueron alrededor de 5 mil. En Acapulco, un 76 por ciento de la población local encuestada, consideraba inseguro vivir ahí. En Río, 67 por ciento de habitantes encuestados, escucharon al menos un disparo de arma de fuego en los últimos tres meses.
Hoy los dos centros turísticos de renombre mundial están en declive y se caracterizan por tener gobernantes y políticos corruptos, ineptos y demagogos. Sus actividades económicas principales, el turismo y el comercio, presentan numerosos cierres de negocios por insolvencia. En ambos, la otrora dinámica vida nocturna de esparcimiento ha disminuido sensiblemente. Después de las diez de la noche la mayoría de los habitantes se recogen en sus casas. Como si hubiera toque de queda militar. Hay periodos en los cuales miles de alumnos no van a la escuela, por el peligro de vida que eso significa para docentes y escolares.
La policía de Acapulco no acude a ciertas áreas de Renacimiento, La Zapata o a partes altas del anfiteatro de la bahía. Lo mismo acontece en Río de Janeiro, donde las fuerzas policiacas no entran, por ejemplo, a la Rocinha (la más poblada y famosa favela) donde lo único que no languidece es la venta de estupefacientes y la trata de personas.
De esa famosa favela, el analista político Eric Nepomuceno dice sobre sus moradores: “dominados por un traficante autoritario y violento, que además de extorsionarlos… ordena penalizaciones que van de la amputación corporal al estupro, pasando por sesiones de tortura y homicidios dolosos”. Ese modelo de sojuzgamiento, en mayor o menor grado, se reproduce cotidianamente en Acapulco.
Años atrás, gobernadores corruptos de Río de Janeiro, hoy encarcelados, trataron de establecer, demagógicamente, programas integrales para la recuperación de las favelas. Se trataba de rescatar una amplia gama de espacios públicos y mejoras sociales: escuelas, clínicas de salud, centros deportivos y culturales, guarderías, construcción de calles y andadores, introducción de agua entubada y drenaje, etc. Todo eso, con una mayor permanencia de cuerpos policíacos de elite, semi militarizados; que luego fueron cooptados bien con la coima (soborno) o con la amenaza por parte de “los amigos organizados”.
PD1. En Río de Janeiro, la gente vive una violenta cotidianeidad de opresión y miedo. En Acapulco, se vive sin orden ni paz. Por lo tanto, ¿hermanamos a las ciudades?
PD2. Ahora que asesinaron a un alto directivo empresarial, ¿seguirán diciéndonos que no hay de qué preocuparse porque fue un homicidio entre bandoleros?
PD3. Ningún político que estuvo involucrado en la barbarie de Iguala del 2014, ya sea en forma directa o indirecta, debe aspirar a cargo alguno de representación popular en las próximas elecciones. Carecen totalmente de autoridad moral.