EL-SUR

Jueves 18 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Sara Bertrand y las ramas de la familia

Adán Ramírez Serret

Mayo 06, 2022

Sara Bertrand (Santiago de Chile, 1970) se describe a sí misma en la semblanza de su hermosa novela Álbum familiar: “Nací pensando en infinito, entre cerros, montañas y ríos, un mundo por descubrir. Bastaba subir al monte, sentarme sobre una roca y mirar la inmensidad”.
Celebro que la editorial El Naranjo haga así la descripción en la edición de esta novela juvenil, porque los jóvenes que lean esta descripción sabrán no qué premios ha ganado y cuál es la reputación de la autora, sino quién es ella, qué le gusta y cómo se piensa a sí misma. También la ilustradora, Amanda Mijangos, (Ciudad de México, 1986), se describe así: “Nací en un mundo tan grande que está hecho de muchos países. En un país tan grande que está hecho de muchas ciudades y en una ciudad tan grande que está hecha de muchos mundos”. Esto crea un contacto mucho más directo que cualquier biografía.
Álbum familiar comienza cuando la narradora encuentra a su madre destrozando el álbum de familia. Es una especie de demencia senil, pero también es una forma de acabar con el pasado, de triturarlo para que se vaya de una vez. La imagen es fuerte, pensar en las fotos hechas pedazos, perdidas para siempre.
Me gusta el comienzo porque es una novela juvenil y pienso en los jóvenes de ahora y que su relación con las fotografías es completamente diferente a la que teníamos antes de los teléfonos inteligentes, pues ahora, en cualquier momento, podemos tomar una foto, verla al instante y guardar miles y miles de ellas. Pero antes –con la excepción de las Polaroid– era un proceso completamente diferente: había que tomar la foto, revelar el rollo, escoger las fotos buenas y luego ponerlas en un álbum para recordar cumpleaños, graduaciones, vacaciones y viajes. Eran libros guardados a los que se iba en momentos de soledad, cuando queríamos mostrar a alguien quienes éramos y a donde recurrir cuando alguien se iba y ya sólo estaba en aquellas fotografías, y en nuestra memoria, por supuesto.
Así, la narradora de la novela, para sustituir aquellas fotografías perdidas para siempre, comienza a recordar –la etimología de recordar es ir al corazón y me gusta pensar que escribir es una forma de hacerlo–, a partir de la nostalgia reconstruye cada fragmento de su pasado mantenido y luego destrozado en aquellas fotografías.
Así que se lanza a ese mundo en donde creció en el campo y en el mar con un grupo de primos que eran denominados “los niños”. Las experiencias en esa infancia en donde los adultos vivían bajo la sombra y el miedo de la dictadura de un hombre de bigote que salía en la televisión. El abuelo amargado por haber perdido la pensión de toda una vida. El tío perseguido y la narradora que comienza a crecer, el cuerpo comienza a desarrollarse y deja de ser parte de “los niños” para ya ser ella y atisbar el adulto que será en el futuro. Dice: “Uno crece tal como envejece: todos los días en movimientos imperceptibles”.
La novela no sólo es un álbum familiar, es también un árbol en donde se van precisando las ramas, irse por ellas es descubrir a cada uno de los individuos que forman ese conjunto extraño llamado familia. Dice en alguna ocasión el abuelo: “Hay que enderezar lo que crece torcido –y apuntalaba las plantas que tenía en su jardín. Ponía estacas para asegurarse de que los brotes no crecieran libremente. Rosales, jazmines, laureles y diamelos sufrían su mano implacable”.
Así la familia va siendo formada y deformada, mientras los niños crecen y descubren lo que son el amor, el dolor y la soledad.
Álbum familiar es un salto al pasado no siempre placentero, no siempre bello, pero reconstruye una infancia y una juventud recordando-escribiendo y la transforma al reinterpretarla al observar desde una rama alta el tronco hecho de abuelos, tíos y padres que la formaron.
Sara Bertrand, Álbum familiar, ilustrado por Amanda Mijangos. El Naranjo, Ciudad de México, 2021. 115 páginas.