Silvestre Pacheco León
Enero 05, 2026
No se conoce el origen del nombre de río Limpio en Quechultenango pero me imagino que no se requirió mucha ciencia para bautizarlo comparándolo con el Huacapa, el río que comparte el mismo lecho al arribar a nuestra cabecera municipal Quechultenango.
La diferencia es evidente porque aparte de que nuestro río nace muy cerca del pueblo, sin ningún otro asentamiento intermedio que lo ensucie, su agua es limpia, ligera y dulce, permanente todo el año y de mucha mejor calidad para el uso doméstico que la del río Azul que aunque cristalina, es salobre y no apta para el riego de los cultivos.
Pero del río Limpio, del que poco se habla y menos se conoce, que nace de los pliegues del cerro de Naranjitas, tiene un valor y calidad inapreciables porque es el que da vida a la comarca regando el territorio del ejido donde se producen los alimentos básicos para los poco más de 5 mil habitantes de la cabecera.
Apenas con la construcción de una pequeña represa en la década de los años cincuenta del siglo pasado, se amplió el distrito de riego que los españoles dueños de la hacienda cañera de San Sebastián construyeron durante el virreinato.
Esa parte del ejido conocida como el “Casco” de la hacienda fue el granero que alimentó a los habitantes en tiempos de sequía por la bendición del riego que les permitía sacar dos cosechas al año. Por eso cuando se construyó la represa, el cultivo de temporal pasó a segundo plano, y el riego cubrió gran parte del llano convirtiéndose en el granero de la región.
Sin embargo, como el agua era abundante nadie se preocupó por administrarla pensando en el futuro, hasta que este nos alcanzó.
La gente quedaba satisfecha cumpliendo con la costumbre ancestral de la petición de lluvia para que nunca falta ni a los cultivos ni a las personas, plantas y animales.
Ante la ausencia de una política de largo plazo para garantizar el abasto de agua, las autoridades siempre reaccionaron ante los hechos y cuando el manantial dio muestras de adelgazamiento la autoridad municipal promovió la reforestación de una pequeña área aledaña al manantial, sin ninguna influencia en la cuenca.
Cuando se conoció la escasez del agua y la población creció surgieron iniciativas de asociación de vecinos para abastecerse al margen del sistema municipal, igual como sucede en muchas partes del país, los que tenían recursos propios compraban y conectaban sus mangueras al manantial y otros se organizaban y cooperaban para el mismo fin.
Hace 40 años, por ejemplo, los habitantes de Coxcamila decidieron entubar el agua desde los linderos de Quechultenango con Mochitlán tomando el agua de un manantial conocido como el Carrizal. Así resolvieron su problema y conflictos con Quechultenango que los proveía de agua para el uso doméstico y les permitía el uso del río para llevarle mediante acequias para el riego de su cultivo, hasta que el agua dejó de escurrir porque toda la del manantial fue requerida por los habitantes de la cabecera municipal.
Claro que del impacto provocado en la vida de las plantas y animales que se alimentaban de los manantiales nadie se ocupó, aún cuando el daño por el consumo del agua del Huacapa era evidente.
Por la baja en el aforo del manantial del río Limpio fue que se prohibió el uso de las llamadas “cámaras” de pólvora usadas para amenizar las fiestas con su estruendo al detonar, porque su explosión eran tan fuerte que hacía retumbar los cerros y se creía que eso afectaba las corrientes subterráneas al provocar derrumbes en perjuicio de los manantiales.
Otro momento de preocupación por el destino del manantial del río Limpio fue el continuo de los explosivos de dinamita que se uso cuando se construyó la carretera a Santa Cruz y Pueblo Viejo. El estruendo de los explosivos era tan fuerte y constante que mis paisanos se empezaron a preocupar, sobre todo porque la construcción del camino no avanzaba. Se invirtieron años en el mismo tramo frente al manantial y hasta se corrió la versión de que se debía a que los constructores del camino no habían pedido permiso al espíritu encargado de velar por el manantial. Reforzó esa versión la ocurrencia de varios accidentes humanos y hasta la pérdida de maquinaria pesada que se rodó. Dicen que lo más desesperante para los trabajadores era que los tramos construidos en meses desaparecían por completo ante las lluvias tormentosas. El caso es que hicieron una ceremonia para pedir permiso al espíritu del agua comprometiéndose a ya no usar explosivos. Sólo entonces pudieron llegar a la cima y remontar el cerro.
Lo cierto es que la escasez del agua para el consumo humano obligó a las autoridades a tandear su distribución y ya hace muchos años que solamente en determinados días de la semana se tiene agua en las tomas domiciliarias, más bien se tenía porque con el temblor del día primero de enero el manantial del río Limpio quedó exhausto, el agua dejó de manar y las llaves en las casas comenzaron a expulsar lodo.
En mi pueblo fuimos pocas las familias que tuvimos la fortuna de vivir en la abundancia del agua que nos surtía el río Limpio, y menos los que participamos en la petición anual de la lluvia para que nunca faltara.
Todos disfrutamos del agua diáfana del río que pasaba bordeando el pueblo y se aprovechaba para regar los árboles de los patios en las casas.
Eran los tiempos en que se acostumbraba que todo mundo tomara su baño en el río, con pozas de uso exclusivo para las mujeres y su ritual de hacer cantar el agua.
Todo mundo sabía nadar y nadie era ajeno a la pesca. Los jóvenes y adolescentes éramos los que infundíamos la alegría con risas y gritos jugando el lagarto. Fue en ese río donde muchos aprendimos a nadar y a echar clavados.
Para fortuna de nuestra familia teníamos el río literalmente a nuestros pies. Uno de nuestros árboles de guamúchil extendía sus ramas literalmente sobre la corriente del río, y en el campo del ejido, la parcela de mi padre en el punto conocido como el “Recodo”, que fue como nuestra segunda casa, colindaba con el canal de riego al oriente y el río Limpio al poniente.
Por eso en los remansos del trabajo nos podíamos bañar en el canal o en la poza del amate o bajo la sombra de los coxcahuates, si queríamos enfrentar la fuerza de la corriente.
Cuando el agua del río era turbia, después de una creciente, eran tiempos de pescar con anzuelo las “charras” , “blanquillos” y hasta los bagres que nosotros conocíamos como “choguiles”.
Mi padre me enseñó a fabricar mi propia caña de pescar habilitando una vara o un otate, y me encargaba de juntar los pescados en una sarta.
Por todo eso que ha significado el río en nuestra vida tenemos gran consternación por la noticia de que con el temblor del primero de enero el manantial que alimenta a nuestro pueblo se secó.
Sabemos que de ese acontecimiento ya se enteró al gobierno del estado y que personal de la CAPASEG se ha trasladado hasta el manantial para averiguar lo que pasó y hacer un diagnóstico del caso pero ya la gente está sufriendo las consecuencias.
A estas alturas supongo que ya están monitoreando lo que sucede con otras fuente de abastecimiento en la cañada como el manantial del Carrizal, localizado entre los limites de Quechultenango y Mochitlán que puede ser una opción inmediata para calmar la sed de mis paisanos.
Mientras tanto el suceso nos duele igual que lo ocurrido ese mismo día en Caracas Venezuela, donde el enloquecido Donald Trump con su ejército secuestró y tomó preso al presidente Nicolás Maduro en un intento de robar su petróleo.
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