EL-SUR

Sábado 06 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Semana Santa

Esthela Damián Peralta

Abril 07, 2026

 

 

Hay fechas que año con año nos remontan a algún momento lejano de nuestras vidas, se quedan guardadas en la memoria por aquellos ritos que las marcaron. Para muchas familias mexicanas, la Semana Santa es una de ellas: un tiempo que invita a hacer una pausa, a reflexionar y, sobre todo, a reencontrarnos con lo que realmente importa. En medio del ritmo acelerado de la vida pública y cotidiana, estos días nos devuelven a lo esencial: la familia, las raíces y esa posibilidad de mirarnos hacia adentro.
En mi caso, la Semana Santa tiene un recuerdo profundamente arraigado en Chilpancingo. Ahí, en la casa de mi abuela Chonita, se vivía algo que, con el paso del tiempo, he entendido como mucho más que una tradición: era una forma de construir comunidad desde lo íntimo. Cada año, sin excepción, la familia se reunía en lo que se le llaman los “días santos”. Llegaban mis tíos y tías, sus esposas y esposos, mis primos y primas; algunos incluso venían de otras ciudades porque sabían que esos días no eran negociables. Jueves, viernes y sábado eran sagrados, por supuesto que en un sentido religioso, pero también en lo familiar.
La casa de mi abuela se transformaba por completo. Desde temprano se sentía un ambiente distinto, como si todos entendiéramos que estábamos entrando en un tiempo especial. Como parte de la tradición, comíamos en petate todos juntos sin distinción de edad o género, era parte de la ofrenda durante estos días. En ese gesto sencillo había una enseñanza que a la fecha me resuena: la cercanía no necesita grandes montajes, necesita disposición.
La cocina era el corazón de todo. Se organizaban ollas y más ollas de comida que se preparaban entre todas y todos. Recuerdo perfectamente los guisos: habas, ejotes, nopales, huevo en salsa, huazontles –nunca carne, por supuesto– y las torrejas, que siempre eran esperadas. Cada platillo tenía detrás manos distintas, pero el mismo propósito de compartir. No era solo alimentar a la familia, era sostener un vínculo que nos llevara a la reflexión.
El ayuno también formaba parte de esos días, pero no se vivía como una imposición rígida, sino como resultado de una conciencia colectiva de que ese tiempo era para contenerse, para pensar, para ordenar, para ofrecer. Y aunque de niñas y niños quizá no lo entendíamos del todo, lo incorporábamos como algo natural.
Pero si hay un momento que permanece especialmente nítido en mi memoria, es el del sábado pasando el ayuno. Mi abuela nos llamaba a su altar. Ese espacio, sencillo pero cargado de significado, se convertía en el centro de un ritual muy particular. Nos pedía que nos hincáramos y con una cuerda empezaba la parte final de esa tradición. Uno por uno, nos decía tres cosas que debíamos mejorar si éramos nietos, las indicaciones eran tan claras como directas: no repruebes matemáticas, obedece a tus papás, no pelees con tus hermanos. Pero no era un listado genérico; era profundamente personalizado. Mi abuela tenía una memoria impresionante y una capacidad muy particular para identificar lo que cada quien necesitaba trabajar. A cada quien le tocaba lo suyo.
En ese momento, quizás no dimensionábamos la profundidad de ese ejercicio. Podía parecer una regañada estructurada, un llamado de atención más. Pero hoy lo entiendo distinto, era un acto de amor y cuidado. Una forma de decirnos que siempre hay algo que podemos hacer mejor, que el crecimiento personal no es opcional y que la familia también es un espacio donde se construyen responsabilidades.
Esa escena, repetida año con año en mi Chilpancingo, reunía a generaciones enteras de la misma familia, bajo una misma lógica: la de no conformarse, la de mirar hacia adentro con honestidad. Y lo más poderoso era que no se quedaba en palabras. El simple hecho de viajar desde distintos lugares, de organizarse, de cocinar juntos, de sentarse en el suelo, de escuchar y ser escuchados, implicaba ya un compromiso colectivo. También era un acto de fe católica, pues todo lo que se hacía era parte de una manda u ofrecimiento como sacrificio.
He pensado mucho en lo excepcional de esa experiencia. No era una tradición extendida, era algo muy propio de nuestra familia, de esa raíz que mi abuelita decidió sostener y transmitir. Hoy, desde la responsabilidad pública, esos recuerdos adquieren un nuevo significado. Porque si algo nos enseñaban esos días en familia, es lo relevante que es mantener la simbología, procurar que no se pierdan estas tradiciones, buscar tiempo a solas para estar en reflexión y tiempo para nuestros afectos. Nos hace mejores personas, nos ayuda a estrechar cariños, recomponer relaciones, jugar, divertirnos y sentirnos muy orgullosos de nuestro origen. Diría incluso que nos ayuda a reconocer en qué se puede mejorar, a escuchar, a corregir el rumbo cuando es necesario.
La Semana Santa, en ese sentido, no es solo un momento de pausa, es también una oportunidad para la autocrítica. Para preguntarnos, con la misma claridad con la que mi abuelita Chonita lo hacía, qué estamos haciendo bien y qué no. Qué debemos cambiar, qué podemos fortalecer, cómo podemos aportar a un entorno más justo y más solidario.
Con independencia de la religión, en un país que enfrenta retos complejos, hacernos estas preguntas de manera permanente resulta indispensable. No hay transformación posible sin un ejercicio honesto de revisión. No hay comunidad que se sostenga sin responsabilidad compartida. Y no hay proyecto colectivo que avance si no fomentamos la solidaridad entre nosotros.
En estos días, en medio de las exigencias del presente, vuelvo a esos recuerdos no solo con nostalgia, sino con una convicción más firme que nunca. Porque las grandes transformaciones no nacen únicamente de las decisiones públicas o de los momentos extraordinarios, sino de lo que hacemos todos los días. De esas prácticas que parecen pequeñas, pero que en realidad forman carácter, sostienen vínculos y construyen amor y solidaridad.
Ahí está la base de cualquier cambio profundo, donde se nos recuerda que la búsqueda y construcción de paz en un lugar, necesariamente inicia en el fuero interno, de conciencia y también en los cimientos que se construyen en cada familia.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian