EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Semana ¿santa?

Jesús Mendoza Zaragoza

Marzo 21, 2005

 

Desde luego que estamos en una semana como todas las semanas del año que, en el correr de la historia, ha recibido un significado especial y único para millones de seres humanos y ha penetrado a la cultura y el ritmo de muchos pueblos y naciones. El calendario occidental ha quedado marcado por la singularidad de esta semana que, ligada al ciclo lunar, conserva su carácter movible en relación a conmemoraciones y a aniversarios siempre fijos. La semana santa, como se le llama popularmente es una repercusión de un acontecimiento religioso bimilenario. Muy tempranamente, en la historia del cristianismo se tiene la fiesta de la Pascua como el eje central en cuyo alrededor gira toda la vida de las comunidades cristianas. Esta fiesta que conmemora la muerte y la resurrección de Jesucristo tiene en sus orígenes un talante hondamente religioso que no deja lugar a ambigüedades. Es un acontecimiento de fe el que está en las raíces, puesto que aunque hay pruebas históricas de la muerte de Jesús, no las hay de la resurrección y ésta sólo es aceptada y asumida desde un acto de fe.

Del origen religioso de la Pascua a la Semana Santa actual hay una enorme distancia. Aunque teóricamente se le reconoce a esta semana un significado religioso, en la práctica se ha diluido para recibir un significado secular. La Semana Santa ha quedado como un referente en el calendario escolar e incluso en el laboral como tiempo de vacaciones. Si el origen de estas vacaciones fue dejar disponible ese tiempo para que los fieles tuvieran la oportunidad de celebrar los misterios cristianos, ahora ese tiempo ha quedado disponible para otras actividades de carácter social como el descanso, la diversión, los viajes y, sobre todo, los negocios.

La Semana Santa como tiempo de descanso ha quedado atrapada en los esquemas del mercado que no deja espacio sin controlar para el lucro. Ha sido asimilada y convertida en oportunidad de ganancias y ha perdido su carácter de tiempo sagrado. Es el caso de la actividad turística que se ejerce en nuestro puerto y en muchas partes, que aprovecha la temporada alta para beneficiar las economías locales que dependen fundamentalmente del turismo. Es cierto que la actividad turística y comercial es legítima y necesaria pues de ella depende la supervivencia de muchos, pero también es cierto que se pone en riesgo una dimensión muy humana y fundamental como la religiosa.

El proceso de secularización ha logrado vaciar a la Semana Santa de su originalidad y nos deja con un vacío que se llena con actividades diversas. La dimensión contemplativa y trascendente se margina o, de plano, se excluye y se va reduciendo el espacio necesario del espíritu que necesita recurrir al Misterio para explicar y asumir tantas realidades que se quedan pendientes, tales como el sufrimiento, la muerte, el amor, el sacrificio, y otras más. Ganamos, ciertamente, dando un respiro al frenético ritmo laboral con un descanso merecido y fortaleciendo la economía de muchas familias y ciudades, pero dejamos descobijado el horizonte que da sentido y proyecta a la humanidad más allá de sí misma.

Para los cristianos, la Muerte y la Resurrección de Jesús son la clave de toda la existencia y de la historia misma. La Historia ha quedado marcada en toda su profundidad por este Misterio y recibe de él su significado más profundo. Sin este misterio, la Historia se convierte en un absurdo. Para los cristianos, esta semana es santa porque en ella se conmemora y se actualiza aquello que hace que la fe tenga sentido aún allí donde es ignorada o rechazada. Pablo de Tarso decía que si Jesucristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe puesto que de nada sirve creer en un muerto. Toda la actividad humana, incluidas las actividades económicas y políticas pueden ser vistas con nuevos ojos a partir de la fe en Aquél que resucitó de entre los muertos, porque es la esperanza lo que prevalece sobre los signos oscuros que comprometen el futuro de la humanidad como las guerras, el hambre y la corrupción. Estas realidades ominosas no tienen la última palabra, ya que el horizonte de la justicia, de la paz y de la fraternidad ha sido impuesto sobre la historia por quien venció a la muerte.

Si para unos esta semana ha perdido su sentido sagrado para convertirse en otra cosa, para otros, para los cristianos es mucho más productiva porque infunde las esperanzas que el mundo necesita para mantener el coraje de vivir y de trabajar por un mundo más justo y fraterno.