EL-SUR

Martes 09 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Sembrando vida en Chilpancingo

Silvestre Pacheco León

Marzo 09, 2026

Fue una sorpresa para mí descubrir el tianguis de los productores del programa federal, Sembrando Vida, ocupando la plaza central de Chilpancingo el sábado pasado. Muchos vendedores y pocos compradores por la evidente falta de coordinación de este programa con las autoridades municipales para difundir entre la población la ventaja que representa para la economía popular la presencia de los productos del campo con las mejores cualidades nutricionales para el consumo, frescos y alejados del uso discrecional de productos químicos cancerígenos, con precios competitivos porque se elimina a los intermediarios tradicionales.
La comercialización directa, que es la etapa en la que se inscriben los productores de Sembrando Vida que llegan a la ciudad en busca de los consumidores, es un fenómeno nuevo e interesante de esta transformación que vive México en la producción y comercialización de los alimentos básicos porque lo están aprendiendo costosamente pues no aprovechan las ventajas de hacerlo en común, con pocos vendedores llevando al mercado los productos a consignación en transporte contratado en común.
Claro que hay quienes aprovechan el viaje a la capital para hacer algún mandado, o simplemente para pasear y divertirse, como un derecho que también les asiste. Eso fue lo que sucedió el sábado con una señora de Apango que remataba su mercancía por su deseo de ir al zoológico.
Pero considero que el apoyo del gobierno municipal de la capital a estos productores debería ser total dado el beneficio que reportan a la economía familiar.
En mi recorrido por el tianguis instalado en la esquina de la plaza frente a la Casa de la Cultura, bajo carpas que lo resguardan del sol y el calor de la mañana, decenas de campesinos, hombres y mujeres hablaban de las bondades de sus productos, ofreciendo la prueba a los consumidores para mayor convencimiento de que era una ganga que nadie podía desaprovechar.
Todo un arsenal de semillas estuvo a la venta ese sábado: frijoles de todos colores, frescos para cocerse con poco gas, en un santiamén, guamúchiles en su temporada, dulces de ajonjolí, cacahuates, semillas de calabaza, crudas y tostadas con limón y sal; guajes secos tostados que les dicen “aigrito”. También tostadas de masa de maíz mezclada con ajonjolí, totopos dulces de canela y epazote; elotes para asar y desgranar para el elopozole, flor de jamaica para el té, la ensalada y el agua fresca.
Alimentos procesados como el mezcal envasado, los nopales endulzados y pulpa de tamarindos. Guayabas en dulce, flores astromelias, también llamadas “campanitas” de color lila que nacen en la sierra de Chilpancingo sin que nadie se ocupe de sembrarlas, igual que los blancos y sensuales alcatraces que tanto atraían a Diego Rivera para pintarlos.
Huevos orgánicos baratos, mangos, guanábanos, plátanos disecados, algunas hierbas exóticas como el toronjil que hecho en té se acostumbra consumir en las meriendas, acompañado con una cemita de requesón con dulce de piloncillo.
Vienen productores de los pueblos santos de San Vicente y Santa Bárbara, llegaron vecinos de Amojileca, Zumpango y Petaquillas y hasta de Colotlipa.
Y en medio de tanta diversidad no faltan las quejas como la de los productores de Apango quienes desconsolados echan la culpa a la falta de una asesoría capacitada de los técnicos que los apoyan, porque entre los cultivos para sus campos se programó el de los nopales como plantas resistentes a la sequía, sin saber que de todas maneras requieren de agua para la siembra y para su desarrollo, agua que no hay en sus campos resecos la mayor parte del año, y se consuelan porque los salvan sus magueyales que calculan empezarán a cosechar dentro de dos años para la producción de mezcal que les permitirá aprovechar la fama que ya tiene ese producto con el nombre de su pueblo.
Los campesinos de ese municipio dicen que están dispuestos a superar la falta de ríos y manantiales juntando y conservando el agua de lluvias, pero no han encontrado ninguna autoridad para apoyarlos en la compra del plástico o geomembrana que se requiere como base de las ollas de agua que serían la solución. Comentan que ya ha ido a visitarlos la gobernadora que conoce de su demanda y necesidad pero en los hechos no miran su interés.
Al medio día el tianguis estaba ya por terminarse cuando miré que la gente se amontona en torno a una camioneta que llegó hasta la plaza cargada con cajas de manzanas, aguacates y duraznos que bajo el calor y los rayos del sol los clientes no esperaron a que el chofer de la camioneta acomodara su báscula para pesar los kilos y mejor se puso a despachar al cálculo: cuatro aguacates de regular tamaño por 50 pesos y el producto voló gracias a que una compradora acomedida le ayudó a despachar.
Yo me acerqué con la intención de pagar con una moneda de a diez pesos un durazno tomado del montón y me sorprendo de que mi ofrecimiento le parezca espléndido al chofer porque me convida a que tome más duraznos por esa cantidad y me los pone en la mano calculando a peso cada uno. Me engolosino con ellos porque están jugosísimos y dulces.
Ya antes brindé con los productores de mezcal que me ofrecieron un litro a 600 pesos, lo cual me pareció bastante moderado y sabroso.
Para saborear los alimentos que he comprado en el tianguis sabatino busco una banca del jardín bajo la sombra de un ficus y mientras leo esperando escuchar las campanadas de la catedral que me deleitan porque me recuerdan las tardes del catecismo en mi pueblo, cuando comienzo a sentir algunas gotas de lluvia sin que vea ninguna nube en el cielo, hasta que aparece tras el follaje de los árboles una negra nube, muy alta, de la que veo inminente su descarga intempestiva, por eso busco y pienso en un lugar donde me pueda resguardar al tiempo que le digo a mi vecina que está en riesgo de mojarse si se queda donde está con la carreola donde duerme su pequeño, pero no me toma en serio porque el sol está espléndido y ella saborea su helado, pero cuando estoy entrando en la Casa de la Cultura veo que me alcanza corriendo para no mojarse.
La llovizna en ese día soleado sorprendió a todo mundo y fue hasta el domingo cuando se supo que en algunas partes de esta ciudad cayó una granizada.
Esas lluvias atípicas, dice uno de los boleros de la plaza, son mortales para los cultivos porque los destruye el granizo, y me cuenta que también por ese cambio brusco que ha sufrido el tiempo de lluvias, muchos campesinos han dejado el campo porque no se resignan a siempre perder y mejor buscan otra ocupación en las ciudades obligados por el hambre a dejar sus posesiones.
Ya en confianza el bolero que dejó la Montaña y ahora disfruta sentado en el jardín me platica su experiencia en los campos de Chihuahua a donde llegó como migrante a trabajar en el cultivo de chile jalapeño. Dice que allá llueve peor que aquí en Guerrero porque después de que aparece una nube negra, en cualquier día soleado, viene un ventarrón enérgico que asusta y da miedo, y que eso no es lo peor porque junto a las gotas frías de lluvia comienzan a caer pedazos de granizo tan grandes que causan destrozos y accidentes. Media hora de lluvia dejó puras varas en lugar de las matas de chile. Todo su producto se cayó al suelo mientras él y sus compañeros se pusieron tristes pensando en que se les había acabado su trabajo, pero se sorprendieron cuando al siguiente día el patrón les dijo que se pusieran a juntar todo el chile del suelo, y cuando le preguntaron para qué lo quería les respondió que lo enviaría a la Ciudad de México donde se lo comprarían para hacerlo en chipotle. Dice mi amigo el bolero que desde aquel año no come esos chiles porque se acuerda que muchos de sus chiles estaban podridos.