EL-SUR

Lunes 29 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Si el voto del pueblo me favorece…

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 13, 2021

 

(Segunda de tres partes)

Anituy Rebolledo Ayerdi

El aireoducto

Candidato independiente a la alcaldía de San Marcos, Guerrero, el “licenciado” Arbea, de oficio voceador de periódicos, nunca ofreció –si el voto del pueblo le favorecía– vestir como el Cid Campeador para combatir con su adarga a dragones imaginarios apoderados de su pueblo. Esto es, “rescatar a San Marcos”. Sus ofertas electorales estuvieron siempre encaminadas al bienestar de la gente y entre ellas la de librarlos, de una vez y para siempre, de los tórridos veranos, los sofocantes meridianos y los sopores vespertinos.
¿Ofrecía acaso el aire acondicionado entonces un exótico privilegio de los muy ricos? Exactamente, pero ajeno por completo del concepto moderno del ahora imprescindible servicio. Nada que ver con compresoras, ventiladores y demás chafaldranas. El sistema ofrecido por Arbea obedecía a una concepción propia y muy singular.
La solución para proporcionar aire fresco a San Marcos no fue hurtada por el licenciado Arbea de la ficción cinematográfica. No proponía una gran campana de cristal cubriendo al pueblo con una temperatura agradable y tampoco dotaría a cada habitante de una escafandra tipo Flash Gordon. Mantenía su confianza en las tuberías.
Como el atoleducto, el nuevo sistema propuesto por el candidato, si el voto del pueblo le favorecía, consistiría una red de tuberías exactamente como la hidráulica pero enorme, espectacular. Arbea la tenía en mente pero necesitaba asesoría de expertos que diseñaran el proyecto, recurriendo por ello a la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de Acapulco que reúne a los mejores profesionales del ramo.
El aire fresco para San Marcos, en la imaginación del candidato, vendría directamente de Tixtla cuyas temperaturas anuales oscilaban entre los 18 y 25 grados centígrados. Grandes bocas captarían aquella atmósfera agradable para conducirla a través de ductos enormes y serpenteantes hasta la cálida población costanera. También bocas espectaculares arrojarían el aire fresco hasta bajar drásticamente los 38 o más grados sufridos por los sanmarqueños. Ahora que, cuando en Tixtla arreciara el frío, habría la posibilidad de invertir el procedimiento para enviar a los tixtlecos el aire calientito de San Marcos. El aspirante no descartaba la posibilidad de un ramal Tixtla-Acapulco, ello a cambio del permiso para instalar su puesto de periódicos en el Zócalo porteño, entonces prohibidos.

El reloj de Arbea

Hombre sensible y visionario, sin duda, el licenciado Arbea vislumbraba desde aquél entonces la posibilidad de un acercamiento respetuoso entre el Estado y la Iglesia. Un reloj por él concebido para la parroquia del señor San Marcos Evangelista, ilustraban mejor que cualquier propuesta sus intenciones aggiornamentales. No se trataba de un reloj cualquiera. De esos que nomás campanean las horas como el Big Ben de Londres o como lo fue el del Palacio Municipal de Acapulco, agandallado por quien sabe quién.
El reloj de Arbea no haría pareja con ningún otro en el mundo. Sus caras iluminadas harían obsoleto el alumbrado público de San Marcos y sus números se verían desde la lejanía de los sembradíos. Los sonidos musicales del instrumento marcarían la vida cotidiana del pueblo con fama de mujeres bonitas. La sanmarqueña, por ejemplo, anunciaría las 6 de la mañana y con ella el inicio de un nuevo día para el “trabajo y fecundo y creador” (presidente Ruiz Cortines, dixit). Vendrían enseguida Las Mañanitas dedicadas a quienes festejaran santos y cumpleaños, seguidas de Felicidades culminando con Mi regalo del coyuqueño Ethel Diego. También dedicadas a recién casados, arrejuntados o divorciados, según comentario del inolvidable Ché Marino. maestro de ceremonias del cabaret El Zorro.
Las siguientes siete campanadas del reloj de Arbea estarían acompañadas por las notas de nuestro Himno Nacional. Cuyos aires marciales y vibrantes, en opinión del candidato, tendrían los efectos de un café de olla bien cargado exaltando el espíritu y el ánimo de los oyentes. El Ave María marcaría el mediodía y de ahí hasta la hora de la comida. Las 15 horas serían acompañadas con las notas de vals Río Azul, de Antonio I. Delgado, para una buena digestión, mientras que el Toro Rabón, de José Agustín Ramírez, acabaría a las 17 horas con las siestas soporíferas. El regreso de los hombres del campo sería acompañado, a las 18 horas, por las notas de La casita (poema de José Manuel Othón ya con acentos sinfónicos). Y para cerrar el día y convocar al descanso el vals clásico Dios nunca muere del oaxaqueño Macedonio Alcalá.
El licenciado Arbea había participado en una sucesión municipal anterior y lo hará en dos más incluida la aquí narrada. La última que se le vio en Acapulco fue atareado en pos de fondos para pintar una leyenda en una barda de la avenida Costera: “El gobernante que se rodea de serviles o es un déspota o un imbécil”.
Luego desaparecerá sin dejar rastro.

El amigo Víctor

Víctor Muñoz Vergara, popular peluquero acapulqueño conocido simplemente como El Amigo Victor, fue antes que el licenciado Arbea un celebrado émulo de don Nicolás Zúñiga y Miranda. El personaje, decíamos, que entre siglos disputó en las urnas la presidencia de México al propio Porfirio Díaz. Más tarde será desterrado del país cuando acuse de fraude electoral a tres caudillos revolucionarios.
Puntualmente, llegado el cambio de administración municipal, primero con período de dos años y más tarde de tres, El Amigo Víctor lanzaba su candidatura independiente al cargo. Eran tiempos en los que greñudos y barbones acudían a su peluquería, en la calle Madero, junto a la catedral de La Soledad, seguros de obtener un servicio de primera y gratuito. Todo era cuestión de abrir la conversación en torno a la política local y por supuesto declararse partidario de sus propuestas.
Personajes prestigiados del puerto –bromistas, cultivadores y guaqueros– se integrarán al comité de campaña del señor Muñoz Vergara. Ellos redactaban planes de gobierno, discursos y ofertas ciudadanas –si el voto del pueblo le favorecía–. Una de las que más calaron en la población fue la denominada Ley Otorgatal que prometía el otorgamiento gratuito de terrenos a las familias sin casa e incluso a los recién llegados.
Por lo que hacía a la seguridad pública, con los malos siempre chingando a los buenos, El Amigo Víctor ofrecía la aplicación rigurosa de un bautizado por él mismo como “Código Mortífero”. Un ordenamiento que imponía una pena máxima para homicidas. “El culpable será llevado vendado por la noche a los acantilados conocidos como La Frente del Diablo, camino a Pie de la Cuesta, desde donde, mediante un empujoncito, será lanzado a los riscos dejando su suerte en manos de Dios”.
Misma pena que, por cierto, sí será aplicada por el general Miguel Z. Martínez cuando fue comandante militar de Acapulco. Lo imitarán algunos comandantes de la Policía Judicial del puerto descubiertos en muchos casos cuando los cadáveres sean arrastrados por las corrientes marinas y arrojados en Pie de la Cuesta e incluso en las playas del puerto. A propósito, son varios los cadáveres arribados recientemente a la bahía, declarados bañistas, no obstante que vistan como para fiesta.
Más promesas

El “Paseo de las Américas” forma parte del grueso catálogo de promesas electorales –sí el voto del pueblo me favorece–, jamás cumplidas por los ofertantes, candidatos a la alcaldía porteña. Un proyecto vial que uniría la calzada Pie de la Cuesta, a través de La Mira, con la avenida Adolfo López Mateos, con el propósito de expeditar la ruta a Caleta lo mismo que a La Quebrada. La avenida tendría el atractivo adicional de glorietas con estatuas de los libertadores latinoamericanos encabezada, por supuesto, por el cura Hidalgo.

Puentes colgantes

Un puente para Acapulco no ha faltado en ninguna agenda política llegado el momento de aspirar al gobierno municipal –si el voto del pueblo me favorece–. Un puente en calidad de símbolo arquitectónico como lo tienen varias ciudades del mundo: San Francisco, Estados Unidos; Londres, Inglaterra, y Kobe, Japón. Este cuya longitud es de 3 mil 991 metros.
El ofrecido al calor de la sucesión municipal sería un puente sobre la Bocana uniendo las puntas Grifo y Bruja, levadizo para permitir la entrada de grandes trasatlánticos y cargueros. Se crearía de esa manera un circuito vial capaz de devolver a la avenida Costera su mansa fluidez y con ello su calidad de paseo turístico. La sola operación del alzado de las dos partes del puente constituiría un espectáculo adicional para el turista. “Lo cabrón va a estar cuando el operador ande pedo y alce el puente lleno de carros”, comentaban en La Banca del Zócalo, así llamada la reunión diaria y nocturna de los hombres más viejos del puerto.

El coloso de Ixcateopan

Otra fantasía surgida al calor del pintoresquismo característico de la fiebre electoral, nunca ajena al engaño, la mentira cínica e incluso a la chacotería, fue el proyecto para edificar una estatua precisamente sobre la puerta de Acapulco, su bahía. Enorme, colosal, tanto que sus pies se asentarían en las puntas Bruja y Grifo, vigilante permanente de la ciudad. Inspirado precisamente en el Coloso de Rodas, un bronce de proporciones colosales levantado en el puerto griego de Rodas (280 a.C.), para celebrar una victoria bélica. Una de las siete maravillas del mundo antiguo.
El Coloso de Acapulco sería Cuauhtémoc, por supuesto, símbolo heroico de nuestra identidad, cuyo bronce estaría en actitud desafiante, el rostro fiero pero sereno y la lanza lista para volar. Nada específico que conmemorar en tanto que el tatloani nunca estuvo en el puerto. Se buscaba simplemente el impacto nacionalista, un recordatorio simple pero permanente de que Acapulco seguía estando en suelo mexicano y por tanto seguía siendo de los mexicanos. Un Cuauhtémoc mucho más alto que la neoyorquina Estatua de la libertad e incluso que el venerado Cristo del Cubilete.

Cuauhtemolandia

Lanzada por un candidato no oficial a la presidencia municipal –si el voto del pueblo me favorece–, la propuesta del Coloso de Acapulco será muy pronto desacreditada hasta llegar, incluso, a la burla, a la chacota. Bien porque calaba anticipadamente la vigilancia día y noche de un personaje de moral sin tacha; bien porque un indio emplumado no le iba bien al paisaje chic acapulqueño incluso por el temor de algunas beatas de que la lanza del tenochca apuntara a la Cruz de Trouyet.

Las entrañas del Coloso

Las entrañas del Coloso lo harían el más interesante y divertido de todos los monumento heroicos del mundo. Para empezar, los elevadores, ubicados en los talones del bronce, tendrían un tráfico intenso hasta a la última pluma del penacho. Cada parada ofrecería una diversión sana y estimulante.
¿Qué decir? Un barcito íntimo en el bajo vientre atendido por hermosas morenas vestidas como La Malinche. Una salita cinematográfica en la cintura, un cabaret en la pelvis y en el esternón un casino de juego. La testa imperial albergaría un restaurante giratorio y el penacho sería un faro giratorio que alumbraría la bahía. Y más.

Habrá desde el principio serias resistencias al proyecto original que amenazaban con hacerlo inviable hasta lograrlo, finalmente. Estará el primer lugar la objeción al añadido de un tobogán para los niños a partir del ombligo del Emperador y hasta las aguas de la bahía. No por los riegos que pudieran correr los muchachillos al deslizarse por aquella ondulante prolongación hasta el mar.
¡Que va! Un rechazo nacido de la cochambrosa idea de que tal tobogán tomaría la forma de la masculinidad del tlatoani, escandalosamente cuando tuviera que alzarse para la entrada de barcos. Escandalosa para la moral pública y peligrosa para la diplomacia. Cuando nacionalistas majaderos festejaran la entrada de barcos extranjeros de guerra proclamando, por ejemplo, “que el mexicano se los pasaba por debajo de las talegas”.
¡Cosa más glande, caballero!, exclamará don Pascual Capote o sea Chimmy Monterrey, cuando sea consultado al respecto en su Jazz Bar.