EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Si salimos con bien le llevamos flores

Silvestre Pacheco León

Noviembre 08, 2015

(Tercera y última parte)

Para mis amables lectores de la iglesia del Sagrado Corazón en Chilpancingo

Durante la noche mi congoja era que el mar no se picara y nos pusiera en riesgo de naufragar, porque en la oscuridad la pasaríamos mal.
Pero ni pensar que el mar se mantuviera tranquilo porque estábamos mero en el tiempo de lluvias y lo natural era que lloviera, más en el mar que en la tierra.
Los relámpagos iluminaban el cielo y los rayos y truenos a lo lejos indicaban que se había desatado tormenta, después comenzó a soplar un viento fresco y húmedo que venía del mar hacia la costa.
Fue la luz de los relámpagos lo que nos ayudó a ver que la corriente nos arrastraba mar adentro porque, de pronto, con la iluminación del cielo, nos dimos cuenta que la isla de Ixtapa desapareció de nuestra vista, mientras la lancha se movía contra las olas.
Cuando mi primo me preguntó lo que pasaba le dije que el mar nos estaba alejando de la costa.
–¿Eso cómo lo sabes, primo?, me respondió en un tono de duda, como queriendo escuchar que me había equivocado.
Le respondí que las olas del mar siempre se mueven rumbo a la playa y que nuestra lancha iba al contrario.
Le dije que a veces ése conocimiento que se aprende con la experiencia es más exacto que los instrumentos de navegación, por más modernos y caros que sean.
Le platiqué aquel caso que me pasó cuando fui a la pesca del atún, yo presumiendo de que llevaba una brújula y por atenerme a ella me andaba perdiendo.
Cuando vi que las lanchas de mis compañeros navegaban en sentido contrario al mío, me reí pensando en que todos habían perdido el rumbo, pero al mismo tiempo reaccioné.
Me detuve cuando miré que los cormoranes o pájaros buzos también volaban como las otras lanchas.
Algo raro pasa, me dije, porque yo seguía la brújula que me indicaba claramente el norte, y fue un pequeño detalle lo que me ayudó a ver el error, porque al mover la pierna tiré el cuchillo que estaba cerca de la brújula y entonces la aguja enloqueció. No me había dado cuenta que el cuchillo tenía imán y que era eso lo que cambiaba la orientación de la brújula.
Por eso digo que esos aparatos tan exactos pueden fallar si uno no pone cuidado.
Después me acordé que otra regla para no perder la orientación en el mar cuando los cerros ya no se ven, es guiarse por los rayos del sol.
Le dije a mi primo:
-Pon cuidado cuando sales temprano del muelle y verás que el sol te pega en el cachete izquierdo y cuando vienes de regreso por la tarde, el sol te da igual. Suena raro pero así es.
No supe ni por qué me puse a explicarle a mi primo con tanto detenimiento lo de la orientación en el mar, porque después fue él quien me echó en cara mi falta de previsión.
–Primo, ya no hay que salir al mar si no llevas un motor de repuesto, me aconsejó como si hubiera sabido que íbamos a tener otra oportunidad de navegar.
El caso es que esa noche se convirtió para mí en la más larga y rara de mi vida porque en la oscuridad sucedieron cosas que todavía no alcanzo a comprender.
Juro que tanto mi primo como yo vimos desaparecer de nuestra vista los cerros de la isla de Ixtapa, y que fue esa la señal de que una corriente del mar nos alejaba de la costa.

¿No es la chimenea de la termoeléctrica?

Hubo un momento en que nos venció el sueño mientras la lluvia seguía dentro mar. No supe la hora que era cuando me despertó el estruendo del cielo, tan fuerte como si el cerro se hubiera desbarrancado. Con el trueno vino un relámpago que dejó todo iluminado. Yo me sobresalté porque casi frente a nosotros alcancé a ver algo que parecía un barco, y me volví a llenar de congoja pensando en que nos iba a arrollar.
En ése rato no me puse a pensar si la visión que tuve del barco era real o falsa, pero recuerdo que me impresionó el tamaño que vi, y que en vez de pensar que podría ser nuestra salvación, lo primero que se me ocurrió fue que podía embestirnos, ni siquiera alcanzarían a vernos, pensaba yo en mi mente.
Entonces desperté rápido a mi primo y le dije que pusiera cuidado en lo que veía con los relámpagos porque parecía que estábamos en la ruta de los barcos.
–¿No es esa la chimenea de la termoeléctrica de Petacalco?, me dijo mi primo con la iluminación del primer relámpago.
Efectivamente, andábamos ya en la bahía de Petacalco, muy cerca de la frontera con Michoacán. El mar nos había arrastrado en pocas horas muy lejos de donde estábamos.
–Primo, ¿tan lejos andamos?
Ya no le contesté a mi primo su pregunta porque además de caer en la cuenta de haberme confundido con lo que vi, tampoco me consoló saber dónde estábamos, porque pensé que en ningún plan de búsqueda llegarían tan lejos.
Sabrá Dios dónde iremos a parar, le dije a mi primo invitándolo a rezar con el llanto de la desesperación que nos hermanó.
Después vino una calma tan rara del mar que hasta a nosotros nos tranquilizó, al grado de quedarnos otra vez dormidos.
No supe cuánto tiempo más pasó cuando me volví a despertar, pero la oscuridad seguía dominando todo. A propósito no quise despertar a mi primo esta vez porque roncaba como si no le enfadara nada.
Lo hice cuando al estar mirando el cielo descubrí que había salido el lucero del alba.
–¡Despiértate primo!, ya va a amanecer, le grité.
–Primo, mero estaba soñando que me invitabas a pescar, me dijo en broma.
–Hay que agradecer a Papa Chuy que no se haya volteado la lancha primo, le dije.
–Y pedirle que no andemos tan lejos de la costa, me contestó.
Cuando por fin amaneció y pudimos ver lo que estaba alrededor de nosotros, no lo podíamos creer: lo primero que vimos en frente de nuestra lancha eran los cerros de la isla de Ixtapa.
El mar nos había llevado millas y millas de distancia durante la noche y luego nos trajo casi al mismo lugar donde habíamos fracasado.
¡Es el milagro de Papa Chuy!, gritamos.
De todo eso me acuerdo hincado en la iglesia de Petatlán dando gracias por volver a nacer, mientras veo la imagen del santo (que mi abuela dice que no es santo, si no Dios) que tiene su mirada puesta en mí.
Desde que llegué a la puerta pregunté por mi primo, y se me hace raro que no viniera, él que se acordó de pedir el milagro.
Ahora recuerdo que no lo he visto desde que salimos del mar y desde entonces he tenido la curiosidad de preguntarle si realmente pasó lo que les he platicado, porque a veces me entra la duda y hasta pienso que a lo mejor nomás fue una pesadilla lo de aquella noche.
Por las dudas yo ya cumplí con mi manda.