EL-SUR

Lunes 08 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Sin contemplaciones

Florencio Salazar

Junio 02, 2025

Las palabras pueden guiar o desviar, informar o engañar, pueden mentir o revelar la verdad. Roger-Pol Droit.

Dice Perogrullo: todos los libros son útiles –unos para leerse y otros para la combustión– y no pocos imprescindibles. Todo lo que hablamos, escribimos y hacemos probablemente esté fundado en algunas lecturas, aún cuando no las recordemos. Incrementar nuestro pensamiento con las ideas y acciones con las que nos identificamos siempre enriquece.
En esta ocasión, quiero compartir con ustedes reflexiones del filósofo español Fernando Savater. Ha escrito una cantidad de libros y, seguramente, es recordado por los textos originalmente destinados a los bachilleres de la península: Política para Amador y Ética para Amador. El talento pedagógico de Savater hace de su lectura amenidad desparpajada, ausente de la cátedra de mármol.
De Sin contemplaciones (Ariel, México, 1994), extraigo lo enseguida compartido. Sólo un breve comentario. El título obedece a la insubordinación del autor a algunas ideas que han adquirido la calidad de preceptos inamovibles. Cita don Fernando a Bertrand Russell: “La filosofía es el afán desinteresado del conocimiento”; y también a Aristóteles: “Quien sostiene que el nivel más alto de la filosofía es la contemplación”. Para las pulgas de Savater, de ahí el título del citado libro. Dicho lo anterior, aclaro que –para precisar sus conceptos para el fin de estas notas– he eliminado algunas líneas de contexto. Procedo:
“De vez en cuando, sobre todo en momentos de crisis históricas graves, vuelve a plantearse la pregunta fundamental de toda filosofía política: ¿Cuál es el valor más importante que pretende instituir la comunidad bien organizada?”
“Las sociedades políticas modernas, por ideales que sean en su autolegitimación, siempre tratan de potenciar y resguardas más de un valor: en la vida humana tanto individual como colectiva lo imprescindible (lo máximamente preferible, por decirlo de modo positivo) presenta aspectos bastante diferenciados y con frecuencia no obviamente conciliables”.
“Desde Platón se nos ha dicho que el valor primordial que la sociedad política debe instituir no es otro que la justicia. La visión más moderna de la justicia se refiere siempre de un modo u otro a la igualdad, pero si nos atenemos a cualquiera de las concepciones clásicas de este valor nada hay menos igualitario que la justicia política”.
“La justicia ‘es mantener a cada uno en su lugar y darle lo que le corresponde’, algo muy distinto a poner a todos los ciudadanos en un mismo plano y establecer que merecen idénticos acceso a los bienes. ¿Cuál es y qué es lo que corresponde a cada uno de los socios? Volatizada esa convicción, la justicia política, en el sentido más fuerte del término, queda reducida a una regulación mutiladora de acuerdo a paradigmas arbitrarios”.
“La pretensión de justicia e igualdad en política son más bien mecanismos destinados a paliar excesos con un funcionamiento compensatorio y preventivo, salvo en lo referente al principio formal de las leyes y la participación no menos formal en la elección de representantes gubernativos”.
“Si hubiera que condensar en un solo término el más alto propósito de acuerdo con el cual se legitiman las comunidades políticas actuales tendríamos que referirlo como la institución de la libertad. Es a partir de la libertad como deben entonces ser organizados y garantizados institucionalmente los otros valores”.
“La primacía de la libertad distingue a las sociedades con vocación modernizadora de los sistemas reaccionarios que intentan fórmulas de imposible retorno hacia un pasado jerárquico donde la solidaridad comunal estuviese automatizada, y tanto las creencias como las costumbres se sometieran a la homogenización forzosa de la virtud impuesta por totalitarismos de izquierda o de derecha, teocracias fundamentalistas, etc.”
“Al hablar de la libertad me refiero a la autonomía de los individuos en la colectividad para establecer y revocar leyes, elegir y deponer a los gobernantes, disfrutar de garantías jurídicas y la posibilidad de explorar por cualquier medio no lesivo para otros la plenitud de su subjetividad”.
“Las instituciones políticas basadas en la libertad no pueden partir de la imposición de la virtud, sino que aspiran a favorecerla como resultado de los consensos obtenidos por la reflexión común sobre lo que a todos afecta y conviene. Los atajos más o menos bienintencionados para acelerar la llegada siempre renuente del bien —llámese populismo o paternalismo— no tiene por lo común otro resultado que obstaculizar el desarrollo de la voluntad responsable de los ciudadanos, adormeciéndoles con la supuesta eficacia de una autoridad expeditiva que ofrece lo mejor, aquí y ahora, pero exigiendo como contrapartida la unanimidad obediente”.
“En cuanto pasamos de la incertidumbre paciente de la educación democrática a la inmediatez clamorosa de los toques a rebato, salimos de la institución de la libertad para entrar en cualquier variedad de despotismo”.
En eso estamos. La elección de jueces, magistrado y ministros del nuevo Poder Judicial Federal hace añicos a la República.