EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Sincronía del plano vacacional

Federico Vite

Diciembre 30, 2025

La gente me cuenta cosas. No porque sepan que yo me dedico a escribir sino porque me ven cara de oído, supongo, me platican hechos que alimentan mi morbo y agrandan mi comprensión de la vida. Basta con que me acerque, ya sea en un sillón del transporte público, una mesa para tomar algún alimento o para darme un poco de reposo mientras sopeso ciertos pensamientos. Entonces escucho una serie de aventuras extraordinarias. Elementos de una realidad que se disuelve en ésta o viceversa.
Tomo sitio en la barra de una cafetería; dejo la mochila en mis piernas e inicia la magia. Me habla una mujer de aproximadamente cuarenta años de edad; tiene los labios partidos por el frío y su tez es morena clara. Está sentada frente a una taza humeante mientras yo pido un espresso. Fui al volcán, menciona, pero a mí lo que de verdad me gusta es la playa, aunque no sepa nadar. El sol, el olor de la sal, la gente. No sé. Es mucha claridad.
Al oírla pienso en todas esas lecciones que me daban hace años algunos maestros; se trataba de tips para buenos inicios de historia. A veces son muy buenos, cierto, y es lo único que tienen los libros actuales; en materia oral, las cosas cambian, los arranques suelen tener una dosis de intensidad menor al núcleo del relato. Así que le hago una pregunta para encender los motores de la historia: ¿de qué volcán habla? Es cierto, dice, por ahí hubiéramos comenzado. Del Pico de Orizaba. Yo iba seguido por allá, agrega, daba mis vueltas y hace unos años fuimos de nuevo con mis primos. Empezamos el ascenso y unas horas después oímos que alguien hablaba, pero no entendíamos qué decía. Eran voces con palabras mal organizadas. ¿Entiende? Recibo mi bebida. Sorbo un poco de la taza. He oído cosas así, respondo, hace algunos años fui al refugio del Popocatépetl y los guardias me contaron rarezas. ¿Usted supo de quién era esa voz? No, señala, pero supuse que era alguno de los que viven allá. ¿Quiénes? Inquiero con morbo. Bueno, responde, usted sabe que hay seres viviendo allá. No, apresuro la respuesta, no sé. Por primera vez me miró a los ojos. Yo no sé si me va a tomar como una loca, pero yo los he visto. Sostuve la mirada en espera de más información. Este es el tipo de conversaciones que mantengo con gente que nunca más vuelvo a ver, pero a final de cuentas me ponen en una situación similar a la del lector, yo decido si me mantengo en el relato o si lo abandono. Pongo en marcha los focos de la verosimilitud; a ella le creo. ¿Aquella vez que fue al volcán no le pasó nada más? Sí, responde mientras toca con el dedo índice el borde de la taza y agrega: ¿Entonces ha oído de los raptos?
Durante mucho tiempo he conversado sobre estos tópicos con tantísimos interlocutores a quienes ahora veo muy poco. Los visito sólo en recuerdos. He oído de eso y de otras cosas, respondo, pero a mí me han interesado lo que cuentan los rescatistas del volcán, ya sabe: luces, zumbidos, gruñidos, manifestaciones de otro tipo de vida. ¿A eso se refiere? Pregunto con un poco de celeridad. No, dice, yo habló de que uno de mis primos se perdió. No lo encontramos nunca más. Fue como si nos lo hubieran arrebatado. Ahora yo bajo la cabeza. Lo siento, susurro. Retoma la conversación: Lo buscamos por días. Pero nada. Pasó un mes, luego dos. Íbamos caminando y él se adelantó unos minutos. Nada más. Con eso bastó. El asunto es que yo lo he soñado y es como si estuviera vivo, como si de alguna manera me diera señales. A menudo me cuenta que salió ileso y tiene otra vida. ¿Y qué le dice de su desaparición? Pregunto. La verdad, comenta, nada. También sueño que alguien, como el de la imagen que tiene en su playera, está con mi primo. Y, siendo honesta, a usted le hice plática porque le vi esa figura en la playera, es idéntica a la de mi sueño. ¿Me entiende? Sin duda, asevero. Sólo me gustaría saber una cosa, comento en voz alta, ¿qué piensa usted de todo esto? Hace a un lado la taza, me ve con intensidad. Creo que a usted le interesan estas cosas, expone, por eso trae una playera así, pero a mi primo alguien se lo llevó. ¿Me entiende? Sin duda, respondo. Trato de encapsular todo lo que dice en un solo aspecto, el estampado de mi playera (extraterrestre pequeño, con los negros ojos grandes, gris) y eso deriva en una certeza: la abducción, cuyas pistas son obtenidas de los sueños. Pienso en un libro de Karla Turner: Into the fridge (1992). Recuerdo las intrusiones nocturnas de los “grises”. ¿Cree que algún día regrese su primo?, pregunto sin tener claro por qué, pero ella me revela algo intrigante: Por eso venimos a la playa, porque él me dijo en sueños que iba a aparecer en el mar. Alguien lo va dejar ahí. Venimos cada año hasta acá por él.
La potencia del aire acondicionado de la cafetería agranda la percepción de un escalofrío. Sostengo su mirada, pero yo ya no estoy ahí: acelero mis pensamientos. ¿Por qué elegí esa playera? Antes de llegar a la cafetería usaba una de color blanco, sin estampado. Un zanate la cagó cuando yo estaba cerrando la puerta de casa. Regresé a cambiarme y tomé ésta, que aunque un poco vieja, es muy fresca. Termino mi bebida. Acomodo la mochila sobre mis hombros. Antes de irme la miro, noto su cabello descuidado, los ojos oscuros y brillantes; pero sobre todo, se me graba en la memoria el tatuaje que tiene en el antebrazo derecho: es el rostro de un hombre joven; a un lado está el volcán. Espero que lo encuentren pronto, susurro. Sabe una cosa, agrega, si lo hallamos no sabría qué decirle, sólo quiero abrazarlo. ¿Usted qué haría? Dejar que las cosas transcurran como deben transcurrir, respondo. Doy media vuelta, empujo la puerta de cristal y entro al día como quien se enfunda unas gafas para sobrellevar la realidad estridente.
Todo lo que me cuentan anhela ser un texto; pero a menudo tengo la certeza de que se trata de fragmentos diminutos de la visión del mundo que poseo. Son una especie de confirmación sobre mi credo, sobre todo esto que entiendo como vida. Pero no puedo escribir todo, sólo un poco, un poquito. Nada más.

@FederìVite