EL-SUR

Viernes 27 de Mayo de 2022

Guerrero, México

Opinión

Sismos, lluvias y corrupción

Silber Meza

Septiembre 21, 2019

DE NORTE A SUR

El 19 de septiembre de 2017, me hallaba en la calle Londres, número 63, interior 201, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc, Ciudad de México. Tenía unos siete años viviendo en ese edificio, sitio que estaba a punto de quedar inservible.
El terremoto comenzó y sentí que el suelo se movía. Fue como si el piso firme se convirtiera en una gelatina, como si un hielo empezara a derretirse. Temblaba. Temblaba y había que desocupar el lugar. Mientras mi pareja y yo bajábamos las escaleras se escuchaba el crujir de la estructura y el golpeteo en el suelo de pequeños pedazos de yeso que se despegaban del techo y las paredes.
Pensé que no llegaría a la puerta, que un pedazo de techo caería sobre mí. Fueron sólo unos segundos, pero en ese lapso recordé un par de problemas: 1) Que la estructura del edificio había sido afectada por una megaconstrucción que realizaban en el terreno contiguo: habían cavado un agujero inmenso para un estacionamiento subterráneo de cinco pisos. Entre más cavaban más se debilitaba mi edificio y ninguna autoridad suspendió la obra. Era claro que ahí se concertaron varios actos de corrupción. 2) Que la puerta del edificio era difícil de abrir, se requería de una maña que yo no tenía desarrollada en la muñeca. La construcción de al lado descuadró la puerta. Mientras corríamos hacia la puerta decía en mis adentros que si estaba cerrada sería muy difícil que la abriera porque los nervios y la desesperación potenciarían mi falta de destreza.
Seguía bajando las escaleras y por fin llegué a la planta baja: la puerta estaba abierta de par en par. Alguien había salido primero y tomó esa precaución.
En realidad nunca lo hago, pero ese día sentí la necesidad de empezar a transmitir en vivo con mi celular a través de Facebook. El temblor me estremeció, sabía que era de alto alcance, pero debo aceptar que el video no lo he vuelto a ver desde entonces porque, como reportero, me avergüenza un poco no haberme aproximado a la dimensión de lo sucedido. En ese momento me sorprendió ver cómo los costados de un par de edificios de enfrente golpeaban uno contra el otro, y cómo la gente palidecía y perdía la mirada rumbo a un horizonte lejano e inexistente.
Habíamos vivido uno de los sismos más fuertes de los últimos años en la Ciudad de México y tristemente hubo muchas muertes. Pérdidas irreparables y dolores inagotables.
Al tiempo dejé de vivir en la Ciudad de México, más por una decisión tomada con anterioridad que por el terremoto del 19 de septiembre. En realidad no me fui a una zona muy segura que digamos: me mudé a mi natal Culiacán, Sinaloa, lugar que sigue siendo mi residencia.
Sabía que Culiacán tiene sus problemas de seguridad. Es de conocimiento público que es la base del poderoso Cártel de Sinaloa y arrastra un serio problema de narcocultura que convierte a la ciudad en un lugar poco pacífico; entendía que así como en la Ciudad de México podía morir aplastado por un edificio durante un sismo, en Culiacán podía quedar atrapado en medio de una balacera entre narcotraficantes y aumentar así la lista de las llamadas “víctimas inocentes” o “daños colaterales”.
Lo que no tenía tan claro era el problema de las inundaciones potenciadas en los últimos años por el crecimiento desordenado de la ciudad, por la falta de obra pública, por la mala planeación, por la corrupción en el ejercicio del gasto y por el inminente cambio climático, que año con año agudiza sus efectos.
Apenas hace unos días se hizo viral un video en el que se ve a una joven ser arrastrada por la corriente en Culiacán y, segundos más tarde, absorbida por una coladera abierta. A los días, el alcalde reconoció que habían recibido peticiones ciudadanas para tapar esa coladera pero nunca atendieron el reporte.
Las muertes vinculadas a los sismos y a las tormentas no sólo son provocados por la fuerza de la naturaleza, también debemos voltear a ver a los gobernantes y servidores públicos, sea por acción u omisión.