Aurelio Pelaez
Abril 03, 2025
CRUCE DE PEATONES
A mediados de los 80 del siglo pasado, que no hace un siglo, las mesas del Café Astoria eran un retablo –eso vale para una descripción de ahora– de personajes que por sí solos narraban la vida intelectual de Acapulco.
Eran parte de la comunidad viva de cronistas e historiadores de la ciudad que como parte de una civilización más amplia, la originaria de la penísula ibérica, frisaba ya los 450 años de existencia.
Uno –pobrecito reportero que era–, los miraba en un pedestal levantado sobre varios libros en su haber, los de ellos, mientras devoraba unas enchiladas verdes acompañados de agua de jamaica en una copa-bola repleta de hielos y a 20 grados centígrados, la cosa del clima.
Bajo el enorme mangle ya difunto, que por las mañanas eran el dominio de una parvada de aves entre las que destacaban los zanates cagones, acudían a tomar café y a tirar la polilla periodistas, escritores y políticos –porque era en parte un sitio de reunión de veteranos– que tenían en su currículum ser parte activa de la narración de esta Ciudad y Puerto.
La Ciudad, aunque imparable en su crecimiento demográfico y territorial, aún tenía una identidad. Acompañados, porque ya estaban algo cascareados, llegaban Febronio Díaz Figueroa y don Pepe Pasta Tagliabue. Alternaban esas mesas con las de La Flor de Acapulco, ahí mismo en el Zócalo, o con el Sanborns del Centro, a donde acudía el ya ex alcalde Alfonso Argudín (inaccesible y pedante), y aún el muy discreto Ernesto García Moraga (Premio Nacional de Periodismo en 1974), quien mantenía una columna en El Sol de Acapulco. Carlos Jiménez Mabarak, el músico, autor del himno de los Juegos Olímpicos del 68, tomaba café en una mesa del restaurante de doña Bertha, el Astoria. El lugar se comenzaba a poblar a las ocho de la mañana con los lectores de los mal llamados periódicos locales, y se volvía a repoblar poco después de las 10:30, cuando llegaba en avión la llamada prensa nacional. Estar bien informado implicaba comprar al menos tres periódicos o tener “su periódico”.
Por esos días, quizá en 1988, el alcalde Israel Soberanis Nogueda nombra al periodista Enrique Díaz Clavel, corresponsal de Excelsior –con un centenar de exclusivas para la prensa nacional–, Cronista de la Ciudad, designación en uso de sus facultades como primer edil, sor-presiva porque no hubo convo-catoria ni consulta de por medio, y mirada por algunos con recelo, porque consideraban a Enrique cercano al grupo (y partido) en el poder, en un contexto donde se perfilaba ya el movimiento que llevaría dos décadas después al fin del régimen que durante los 70 años anteriores fue inamovible y sempiterno (eso se pensaba fatalmente). Pero designación justa en vista de la fama pública del personaje.
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“Entre el conocimiento de una ciudad y la capacidad de poseerla existe un mar de aprendizajes, de intenciones, de encuentros fortuitos que se producen o no, de búsquedas conscientes o no… Una ciudad tiene capas, como una cebolla. Ves una capa pero debajo hay otra, otras. Son como máscaras que debes levantar para ver el rostro, que puede estar maquillado y esconde manchas y arrugas que todavía te impiden observar, conocer, palpar toda la realidad de la piel que cubre los músculos, cartílagos o huesos…”. Leonardo Padura, Ir a la Habana, TusQuets, 2024.
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Los Cronistas de la Ciudad son la memoria (o un versión de ésta) de una ciudad. Pero no son la memoria por escribir. Eso es lo que no se explica de la convocatoria emitida creo que el 10 de marzo, literalmente con bombo y platillo, por el Ayuntamiento de Acapulco, donde llama a concursar por el puesto vacante desde 2016, tras el deceso de Don Enrique, y en donde pide a los aspirantes un “Plan de Trabajo”.
¿Qué plan de trabajo puede presentar un cronista que su oficio es escribir? ¿O se tiene la convicción de que ese espacio es un puesto administrativo?
No se entiende que una ciudad no conozca a sus cronistas. O a su cronista. Hay en diversas ciudades, una versión institucional de sus cronistas, en la mayor parte de los casos un reconocimiento a una trayectoria, a una labor de años, pero no como acceso a una labor administrativa (las remuneraciones del Bienestar).
El cronista de Saltillo, Coahuila, es el celebrado periodista Catón, Armando Fuentes Aguirre, la referencia contemporánea de esa función. No tiene cubículo ni sueldo en el Ayuntamiento, y lo es de años. Ciudades importantes del país, Mérida, Monterrey, Veracruz, los tienen o han tenido, y para el desarrollo del trabajo hay algo que se llama Consejo de Cronistas.
Bien. Plan de trabajo. ¿Hay con qué? Hace años un grupo de periodistas sugirió a la alcaldesa Adela Román rehabilitar la hemeroteca de Acapulco, sin tener acuse de recibo. La propuesta sería hoy inocua, ante la impostergable e inevitable transición a lo digital. Las labores pendientes: al menos reeditar una veintena de libros sobre la historia de Acapulco, películas por catalogar, un edificio para museo, un presupuesto para conferencias, un programa para crear una identidad de acapulqueños en cientos de miles que son hijos de padres migrantes de una entidad que los expulsó de sus lugares de origen por motivos que dan para un ensayo sobre el capitalismo bananero depredador, y que terminaron habitando lomas y colonias cada vez más alejadas de las playas.
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La referencia de los cronistas oficiales es la Ciudad de México, el epicentro del país que no se acaba de descentralizar culturalmente. Su último cronista como tal fue el historiador del arte virreinal Guillermo Tovar y de Teresa (La Ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido, 1991) designado en 1986 por el presidente Miguel de la Madrid, a los 30 años, cargo al que renuncia un año después para dar paso a la creación de un Consejo de Cronistas.
Ponía fin a una tradición de cronistas, entre quienes estuvieron Luis González Obregón (México Viejo, 1900, Las Calles de México, 1932); Artemio del Valle Arizpe (Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México, 1957), y Salvador Novo (La vida en México en el periodo presidencial de… son siete entregas, desde Lázaro Cárdenas hasta Luis Echeverría), nombrado este último por el presidente Gustavo Díaz Ordaz en 1965.
Cronista de la vida en México, sin reconocimiento oficial, pero con la fama pública de serlo lo fueron Carlos Monsiváis (1938-2010), y Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco, 1971, Nada, nadie, las voces del temblor, 1988).
La fama pública es el antecedente inevitable en cada uno de estos personajes. Por ello, resulta como un mal chiste que la convocatoria pida a los aspirantes –es un decir, los que se inscriban– acta de residencia, currículum, carta de antecedentes no penales y el “respaldo de tres personas de reconocida honorabilidad”. Ah, y “Carta de exposición de motivos”.
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Concluyo que hay dos lecturas sobre la convocatoria del municipio a Cronista de la Ciudad, que previa convocatoria e inscripciones evaluará el Cabildo de la ciudad con el voto de calidad de la alcaldesa. Las que ven el espacio como un cargo administrativo, sueldo incluido y un plan de trabajo para desarrollar sin presupuesto de por medio para 2025 –a la Dirección de Cultura se le asignaron 39 millones etiquetados ya para el Festival de La Nao, el Jolgorio acapulqueño (lo que sea eso), y la cada vez más castigada Feria del Libro–, y quienes la vemos como una referencia a una labor de una de las ciudades fundadoras del país llamado México y sus más de 500 años de historia.
Es decir, en contraposición a la memoria inmediata, la que priva entre quienes ven a la ciudad sólo como avenida Costera, cuyas referencias son los artistas que vivieron como recreo en los años sesentas, un Acapulco idílico que oculta bajo la alfombra su construcción por vía de despojos y agandalles, su violencia pasada y reciente, a la irresuelta falta de agua potable y la contaminación de sus playas, y niega su composición multirregional.
Qué pedirá la Carta de intención para aspirar al cargo: ¿Habla bien de Acapulco? Hace 15 años, y todavía recientemente, esa fue una campaña que ocultaba la intención de denostar a los locales que hacían observaciones sobre los problemas de la ciudad; era como condenar a quien renegaba de su parroquia.
Inevitablemente es una tendencia en las ciudades. En Saltillo, Coahuila, la vergonzosa historia de la matanza de chinos en 1911 fue silenciada por sus cronistas y achacada por sus historiadores a las huestes de Pancho Villa. Vito Alessio Robles, coahuilense, quien en 1932 entrega Acapulco en la historia y en la leyenda, y en 1934, Saltillo en la historia y en la leyenda, elude ese episodio, que por cierto revive el acapulqueño afincado en esa ciudad, Julián Hebert (La casa del dolor ajeno, 2015), y recuerda que en ese genocidio de más de 300 chales participaron coahuilenses, resentidos de la prosperidad de esa comunidad trabajadora.
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En una ciudad en reconstrucción, la reconfiguración de la identidad tiene que ser lo más inclusiva posible, pero no una reinvención de “lo bonito”. La acotación tiene que ver con las reacciones –que no debate– en redes sociales tras la emisión de la convocatoria. Como en el oficio de periodismo, el facilismo de tener redes a su disposición del usuario, subir fotos, artículos ajenos, han creado especialistas en historia sin el rigor que demanda la profesión. En esas anda uno cuando de pronto hay una convocatoria oficial para descubrir al cronista de la ciudad, la cual o balconea la falta de actualización de los emitentes (hay quienes piensan que en esa convocatoria hay un retrato hablado por un candidato ya apalabrado), o se cuelga de la inercia de los actores del ahora régimen dominante para someter todo a consulta.
Comentario a tiempo, porque no es un tema nada novedoso en mesa de amigos del gremio periodístico y de la cultura, es la propuesta pública que se ha hecho a las alcaldías de ejercer su potestad para designar al cronista, sin necesidad de los formalismos, y de crear un Consejo de Cronistas. De busca chambas no nos han bajado.
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Sí pues. Propusimos que se designara cronista oficial de la ciudad al periodista Anituy Rebolledo. Y se aclara que cuando se le pidió al testigo y relator de la vida de la ciudad aceptar que otros iniciaran su promoción, la desacreditó. El lunes se cerró el plazo para el registro de aspirantes. No va en la lista. Lo único que lo atestigua es una carta pública firmada por medio centenar de sus lectores. Faltó tiempo para buscar más. Es en fin, un testimonio de que para unos, el cronista de la ciudad es Anituy Rebolledo. A ver qué opina el Cabildo.
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Refiere el escritor Guillermo Fadanelli que tras una comida con la crítica de arte Raquel Tibol –ya entonces nonagenaria–, ésta con espíritu de pitonisa le reveló: “Usted va a suicidarse”.
–No Raquel –le dijo el entonces cuarentón. Yo cuando era niño fui a Acapulco. Y me sentí más feliz que ningún otro niño en el mundo”.
“Ella se marchó mientras yo reflexionaba sobre mis palabras. ¿Por qué le había soltado tal disparate… Es probable que un niño que fue feliz en el Acapulco de los años setentas jamás tendría que pensar en la muerte o hacerse a un lado del tumulto de los vivos” Y después describe el Acapulco “que me ha mantenido vivo frente a la profecía de Raquel”. (El Universal, 31/03/25, columna Terlenka) .