EL-SUR

Miércoles 24 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Sólo por hoy

Esthela Damián Peralta

Noviembre 25, 2025

Tuve la fortuna de crecer en un hogar lleno de amor por parte de mi mamá y mi papá, sin embargo, el amor no siempre es suficiente para evitar que cometamos errores y conduzcamos nuestras vidas por caminos complicados.
A mi papá, a quien sigo amando a pesar de tener tantos años que falleció, desde niña lo adoré y admiré enormemente; vivía atrapado en un consumo problemático de alcohol. Como muchos hombres nacidos en los años cincuenta y sesenta había sido educado bajo un modelo rígido, con modelo de crianza en el que mi abuelo le enseñó con mucha rudeza a trabajar en diferentes actividades propias de la epoca, ademas de estudiar por supuesto, bajo la mirada de su padre que sólo sabía replicar un modelo que reforzaba una masculinidad que les exigía aguantar, callar y demostrar fortaleza incluso cuando por dentro estaban quebrados. En aquellos tiempos no se hablaba de salud mental y para un hombre estar en contacto con sus sentimientos era un acto que excedía lo socialmente permitido.
Los breves momentos en los que la emocionalidad estaba permitida eran cuando estaba una botella en la mesa, cuando el alcohol comenzaba a derribar la pena social y se dejaba ver lo que cargaba el corazón. Fue por eso que empezó a beber a los quince o dieciséis años, nada extraño para la costumbre de ese momento, y cuando se casó con mi mamá algunos años más tarde, ya llevaba consigo una relación cotidiana con el alcohol que intentaba esconder.
Aunque hace ya muchos años de esto, tengo recuerdos muy nítidos de mi infancia en los que la relación de mi papá con el alcohol, el segundo llevaba la batuta. Algunas noches llegaba con mariachi por toda la calle Heroico Colegio Militar, él cantando a todo pulmón como lo hacían esos estereotipos de macho en las películas de Pedro Infante. Pero el romanticismo de esas historias, nunca muestra lo que pasa después.
Al escuchar la música los vecinos se asomaban, los niños se arremolinaban curiosos para ver al “artista del barrio”, y mientras todos se divertían con el espectáculo, yo quería desaparecer. Lo que para todos era una fiesta con mariachi y artista en vivo para mi era un momento de tensión, me daba pena ser observada así, con miradas juzgonas al ver a mi padre sostenerse de un mariachi para caminar. Mi mamá, mi hermano y yo hacíamos lo posible para que entrara rápido a casa, lejos del ojo público.
Ya adentro, mi papá nos reunía en familia: mi madre, el único hermano que entonces tenía, que debía andar en sus dos años de vida, y su servidora de unos cinco años. Ahí, en medio de la vulnerabilidad que provoca la mezcla entre tristeza, pena y alcohol, nos abrazaba uno por uno y llorando prometía que iba a dejar de beber, que no iba a permitir que el alcohol lo destruyera, que no iba a morir siendo un alcohólico. Nos preguntaba cuánto lo queríamos, mi respuesta siempre era “mucho papi” y abría los brazos lo más largo que podía y le decía “así de mucho papi”, él me contestaba: “eso es muy poquito hijita… yo te quiero hasta el cielo”.
Con el tiempo, esos episodios dejaron de ser fiesta y se convirtieron en rutina. La dependencia tomó el control. Recuerdo que mi papá pasaba días enteros enfermo por la cruda, como si estuviera apagándose lentamente sin remedio que pudiera detenerlo.
Yo quería cuidarlo, aunque fuera una niña, aunque no tuviera herramientas, aunque no entendiera realmente qué estaba sucediendo. Veía a mi madre cansarse, desesperarse, intentar sostener una familia que se desmoronaba por la adicción de mi papá. Hasta que un día ella decidió irse. Esa decisión fue un quiebre profundo, pero también la sacudida que él necesitaba. El miedo real a perder a su familia lo obligó a mirarse de frente y asumir las consecuencias de sus acciones y responsabilizarse por su adicción. Poco tiempo después entró a Alcohólicos Anónimos.
De esa época recuerdo una frase que definió su vida y que terminó marcando también la mía: “solo por hoy”. Es una frase que se usa en grupos donde se trabaja con personas con adicciones, quien me esté leyendo y haya tenido un familiar o tenga un problema de este tipo sabe con detalle a qué me refiero. Mi papá decía que si pensaba en dejar el alcohol para siempre, la idea lo abrumaba, pero si pensaba en hacerlo solo por hoy, podía hacerlo. Esa filosofía se convirtió en su manera de sobrevivir y en una brújula para seguir caminando cuando la fuerza emocional no alcanzaba: “si mañana no puedo, mañana veré qué hago, pero hoy sí puedo lograr vivir sin alcohol”.
Mi papá logró mantener su sobriedad hasta el último día de su vida, nunca volvio a beber, fue y sigue siendo un claro ejemplo de lo que la fuerza de voluntad, el carácter, la perseverancia y, sobre todo, el amor logra.
He aprendido a ver esa etapa de mi infancia y parte de mi adolescencia como episodios que me recuerdan un padre, verlo caer en las redes de una adicción problemática y lograr salir adelante, demostrando todo lo que es posible alcanzar en su proyecto de vida cuando se tiene la claridad, el trabajo y por supuesto la inteligencia de mi padre. Esas noches fueron complejas, hasta tristes, todos padecimos su alcoholismo, pero también se ha quedado grabado en mi memoria la fortaleza de mi papá para encauzar su vida y no dejar que el alcohol lo venciera.
Años después, durante el gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México y ahora en el país, he participado en las Jornadas de Paz, donde con frecuencia me encuentro con jóvenes que enfrentan consumos problemáticos de sustancias. La mayoría llega sin haber tenido acceso oportuno a salud mental, y cargando historias familiares y contextos que los han empujado a buscar alivio, pertenencia o satisfacción a través de las drogas.
Vuelvo a esa memoria, vuelvo a esa niña que quería ayudar sin saber cómo, y también al hombre que logró reconstruirse a pesar de la vergüenza y la culpa. Sin saberlo, esa experiencia personal me permitió comprender lo que hoy veo en territorio y desde la intervención pública: detrás de cada consumo problemático hay una historia compleja que merece ser escuchada. Nadie elige dañarse a sí mismo ni a sus familias porque sí. Hay sufrimiento acumulado, abandono, violencia, pobreza, discriminación, traumas no atendidos, y un vacío afectivo que busca anestesia. En muchos jóvenes, las drogas se vuelven un refugio frente a lo que el entorno les negó: afecto, estructura, acompañamiento, seguridad, alguien que les dé reconocimiento, cariño, comprensión.
Desde ese aprendizaje, comprendí que “sólo por hoy” no es una expresión simbólica, sino la forma más honesta de reconocer el esfuerzo que cada uno hace para sostenerse. Veo a estos jóvenes pelear contra sus circunstancias todos los días, avanzar un poco y, a veces, retroceder, pero seguir intentándolo. Cada jornada es una conquista. Cómo me lo decía mi papá: solo por hoy seguimos luchando, solo por hoy nadie se rinde, solo por hoy seguimos tocando puertas y encontrando a aquellos jóvenes, chicas o chicos, que lo primero que hago es abrazarlos y decirles “ el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum me mandó por ti”.
Este trabajo sería imposible sin la visión integral de Estado de la doctora Sheinbaum. Ella entendió que la paz no nace castigando al que sufre, sino atendiendo las causas profundas de las violencias: la desigualdad, la exclusión, la falta de oportunidades y el abandono institucional. Gracias a esa visión se impulsan las Jornadas de Paz, donde escuchamos, orientamos y acompañamos a jóvenes para evitar que lleguen al punto de quiebre. Son políticas que apuestan por la prevención, por la cercanía, por la reconstrucción del tejido social y la dignidad humana.
Sé que la tarea de construir la paz entendiendo estas realidades, atendiendo sus causas y acompañando a quienes más lo necesitan es un desafío inmenso, complejo y lleno de resistencias, pero la paz no se impone: se construye desde el territorio, escuchando, sosteniendo, con, por y para la comunidad y abriendo bienestar donde antes no las había. Por eso retomo esa convicción que heredé en mi casa: solo por hoy, para que mañana sea distinto.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian