Florencio Salazar
Mayo 30, 2023
A María de los Ángeles, han pasado once años.
La repentina muerte de Héctor Javier Astudillo Calvo muestra lo evidente: lo débil de la fuerte vida.
En un momento se acaban las miradas y desaparecen los territorios terrenales.
Los proyectos se vuelven papel arrastrado por el viento.
Con la muerte todo es imaginario, menos su fatalidad. Esos ríos ocultos que rompen las cuencas y parecen secar el alma.
Qué dolor el destrozo del rayo.
Ritos, bronces, coros y copales ante las alas rígidas de los ángeles, los ojos de cristal de los santos, la mirada celestial de la Virgen y el sufrimiento de las cabezas coronadas con espinas son el último capitulo de la biografía espiritual.
¿Cómo saber lo que sigue después de la vida? Sólo la fe sostiene a los creyentes con la esperanza de una dimensión sin la pasiones de los seres humanos. La plenitud sin errores ni cálculos.
Llegar al final de la batalla incesante de la vida. Terminar el asedio de los enemigos ocultos: el egoísmo, la envidia, la hipocresía, los propios temores y las dudas. Se ancla la paz definitiva.
Se levantan murallas, se edifican templos, se construyen refugios ante el riesgo del golpe de un meteoro, de la destrucción de una escalera, de los eructos volcánicos, del vendaval y de la lluvia de pájaros.
Hay realidades inconmovibles: la vida no nos pertenece.
La única presencia inevitable, temida, deseada, es la muerte. Sombra infatigable oculta bajo los párpados.
Sólo dueños de un destino incierto que destruye la voluntad cuando los días se agotan.
Soy reacio a acudir a los velorios y francamente inepto para los pésames. Me siento ridículo ante los rostros deshechos.
¿Qué palabra alcanza para mitigar almas adoloridas?
¿Qué gesto, qué promesa, puede compensar ausencias definitivas?
El pálido ambiente de iglesia, el olor penetrante de las flores yacentes, protocolos de falsos peregrinos, rezos mustios y comedidos, la certificación del murmullo y la fatiga, solidaridad bajo palabra, el temple casa en tierra, la asfixia por lo ya inexistente, la respiración agónica de la ofrenda.
“A los vivos que conocemos bien –dice Elías Canetti– siempre tenemos algo que reprocharles. A los muertos, en cambio, les agradecemos que no nos prohíban el recuerdo”.
Será porque vamos olvidando a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros abuelos y por los ancestros desconocidos. Al volver la mirada hacia ellos estamos pidiendo no ser polvo del polvo de la memoria.
Héctor Javier cumplió su destino. Deben seguir el suyo sus padres, Héctor Antonio y Mercedes, su hijo Ricardo, Karina, sus nietos…
Todos merecen el bálsamo del tiempo.
Seguir respirando, seguir soñando.