EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Tierra de desilusionados

Jesús Mendoza Zaragoza

Octubre 17, 2005

Conversando con la gente, por dondequiera sale el tema de la desilusión y se respira el desencanto. Desencantos que se refieren al encanto construido en los procesos electorales que hemos tenido en los últimos años. Hay desencantados del gobierno de Fox, del gobierno de López Rosas y, últimamente, del gobierno de Zeferino. Hay desencantados de muchas clases que, en todo caso, no recibieron las respuestas a sus expectativas. Expectativas las hubo, también, en gran variedad. Hubo, como siempre, quienes en cada proceso electoral esperaron un cambio que significara una chamba o una oportunidad para acomodarse en el sistema político; hubo, también, quienes buscaban un cambio que como por arte de magia y de manera rápida abriera el telón de un escenario totalmente distinto. También estuvieron aquéllos que pensaron que el cambio social y político se puede dar a punta de decretos y decisiones copulares al modo de los sistemas presidencialistas y renunciaron a su responsabilidad social esperando que la autoridad les resolviera todos los problemas.

Se dice que el alto abstencionismo que se dio en la pasada contienda electoral tuvo al desencanto como uno de sus mayores factores. Tal parece que, después de todo, el desencanto tiene detrás de sí una concepción restringida de la política y de la democracia que se circunscribe a lo electoral. La participación política se reduce a votar y a elegir a las autoridades, delegando en ellas y en los partidos políticos la responsabilidad ciudadana, que desaparece, prácticamente, después de los procesos electorales. Se trata de una democracia formal, es decir, en sus formas pero no en su contenido sustancial que es la participación no sólo en la elección de los representantes sino en la toma de las decisiones importantes en las políticas públicas.

Nuestro gran problema es que los ciudadanos se automarginan de la toma de decisiones al delegar este oficio a sus representantes, teniendo como resultado una democracia representativa y no participativa. Pero, es que un esquema que reduce la participación política de los ciudadanos a lo electoral no puede dar como resultado otra cosa que no sea la desilusión. Los elegidos para cargos de representación popular no pueden hacer lo que no está en sus manos. Un gobierno es incapaz cuando no tiene la colaboración de la sociedad, de manera que las desilusiones son manifestaciones de que los gobiernos que no fueron capaces de vincularse con la sociedad y de promover la participación ciudadana, precisamente, para hacer eficaz su labor gubernamental.

Y, ciertamente, los gobiernos no han apostado a la participación ciudadana para la toma de decisiones, sobre todo, de aquéllas más fundamentales que tienen que ver con el empleo, la vivienda, la salud, la procuración de justicia y otras. Es más, tienden a centralizar decisiones sin escuchar ni dialogar con la sociedad; tienen su propia agenda, muy distinta y, hasta ajena, a las preocupaciones de los ciudadanos, que no se sienten escuchados, interpretados y valorados. De ahí viene la desilusión de las mayorías.

Es necesario abrir un horizonte distinto para entender la democracia, en el que los ciudadanos caigan en la cuenta de que el mejor antídoto para dos desencantos está, precisamente, en la participación ciudadana en la toma de decisiones. Hay que transitar de una democracia formal y representativa hacia una democracia participativa, en la que los ciudadanos decidan lo que sus gobernantes tienen que hacer mediante una agenda ciudadana. Es la sustancia de la propuesta social y política de “mandar obedeciendo”.

Pero este “mandar obedeciendo” puede parecer un mero eslogan vacío como suelen serlo los espots publicitarios de los partidos políticos en sus campañas. Y, con toda seguridad, seguirá siendo un concepto demagógico mientras no se tome en serio a los ciudadanos en cuanto tales y se les siga considerando como un mercado de compradores de ilusiones. Los ciudadanos necesitan espacios y procesos para asumir su condición. Su condición ciudadana. Y su condición ciudadana se fundamenta en la posibilidad real de participar, no sólo en la elección de sus representantes sino, también, en las decisiones que tienen que ver con las políticas públicas que les afectan.

Esto nos hace pensar en que es necesario un cambio cultural. La cultura política de gobernantes y de ciudadanos no da para pensar en que este esquema de participación es posible, viable y necesario. Las inercias de un modelo político autoritario que deterioró la necesaria participación, persisten. Necesitamos hacer de la participación un eje fundamental de la vida pública en el que ciudadanos y autoridades pongamos lo que a cada uno corresponde para el bien de todos. De otra manera, seguiremos coleccionando desencantos y seguiremos viviendo en la tierra de los desilusionados.