EL-SUR

Martes 28 de Junio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Tirar a matar

Jorge Zepeda Patterson

Septiembre 05, 2005

Un soldado afirma: “esto no parece una ciudad de Estados Unidos”, mientras contempla el panorama de desolación que ha dejado Katrina a su paso por Nueva Orleáns. Y se refiere no solamente a los edificios destruidos y las calles sumergidas en la inmundicia y el lodo, sino a la conducta salvaje y la descomposición social que refleja la reacción de muchos sobrevivientes.

Al principio las actitudes desesperadas parecían justificarse. El pillaje se generalizó a lo largo de la semana, cuando los alimentos y el agua potable empezaron a escasear. Difícilmente podía cuestionarse que un padre tomase de una tienda lo necesario para sobrevivir luego de perder su casa. Pero pronto el fenómeno adquirió ribetes violentos y crueles más propios de una película de El día siguiente o de Mad Max. El pillaje hormiga evolucionó pronto al robo por codicia, a la violencia gratuita, la destrucción deliberada y al abuso sobre el más débil. Algunas zonas de la ciudad fueron controladas por bandas armadas, que tiroteaban a los sobrevivientes y violaban a las mujeres. El miércoles el alcalde de la ciudad Ray Naguin tuvo que ordenar a la policía que suspendiera las tareas de búsqueda y de rescate, para que se dedicara a restablecer el orden. No lo consiguió. Un día después llegó un contingente militar procedente de Irak con órdenes de tirar a matar.

Y sin embargo, la aparición de bandas criminales no es el peor dato en materia de conducta humana que deja esta tragedia. Es ampliamente conocida la marginalidad y la pobreza de esta zona, y la tradición de siglos que ha tenido la región de los pantanos para conservar conductas que bordean los márgenes de la ley. Algunos barrios de Nueva Orleáns son famosos por tener una vida nocturna controlada por distintos sindicatos del crimen. Lo peor no es pues la emergencia de estos delincuentes en busca de una oportunidad para imponer su voluntad. No, lo peor es la reacción de muchos individuos, comunes y corrientes, a quien la situación límite ha convertido en verdugos de su prójimo.

Aunque los medios de comunicación han dado más atención a los delitos de las bandas criminales, a lo largo de las informaciones se advierte una cantidad de incidentes mucho más preocupantes. Un padre de familia que arrebata un automóvil a punta de pistola, ambulancias que son tiroteadas para usarlas como vehículos de escape, violaciones en los baños de los albergues, disparos a un policía que quiere poner orden en una cola de abastecimiento, intento de tomar por asalto las provisiones de un hospital. Todas estas no son acciones de bandas criminales, sino de ciudadanos que buscan sobrevivir sin importarles las consecuencias.

Habría que preguntarse las razones por las cuales la tragedia ha dado lugar a un comportamiento tan egoísta en esta situación límite. Por lo general, los desastres naturales en nuestros países dan lugar a una solidaridad espontánea y generalizada. Recuerdo el temblor del 85 o la devastación de Gilberto en Quintana Roo, en que las víctimas se ayudaban unas a otras durante el siniestro o posteriormente en los albergues. Comportamiento similar han mostrado otras comunidades de América Latina en situaciones similares. Pero no ha sido el caso en Nuevo Orleáns. Si bien no faltan ejemplos admirables de sacrificio personal, llama la atención la cantidad de individuos que se convirtieron en George Constanza (Seinfield) o Sawyer (Lost) en el marco de la crisis: personas capaces de pasar por encima de una anciana o despojar a un niño para asegurar su sobrevivencia.

Lo que estamos viendo es el peor rostro de una sociedad que ha llevado al límite la noción de competencia, y ha convertido al éxito personal en objeto de adoración. Los norteamericanos han favorecido una visión que privilegia al individuo frente a la sociedad. La mentalidad de cowboy y la obsesión por poseer un arma, por ejemplo, son síntomas de una sociedad en la que las personas piensan primero en sí mismas y enfatizan las soluciones individuales. La cultura de negocios y los libros gerenciales                                         premian a las actitudes “agresivas”, a los ejecutivos calculadores y de pulso frío, a los tiburones de las tomas hostiles.

Desde esa perspectiva, tendríamos que concluir que el hombre que utiliza una pistola para arrebatar el vehículo de otro con el fin de proteger a su familia está haciendo exactamente lo mismo que hizo Estados Unidos al invadir a Irak: utilizando su fuerza para imponer al más débil sus propios intereses. El gobierno ha mostrado a sus ciudadanos que es válido bombardear otras tierras y destruir un país distante porque se necesita controlar el petróleo y porque había que deshacerse de un gobierno desafecto. Con ese ejemplo, no es de extrañar que un ciudadano justifique despojar a otro de algo que considera imprescindible para su sobrevivencia.

Ver por el interés propio e inmediato, a costa de los demás, es justamente lo que ha hecho Bush al negarse a firmar el Tratado de Kyoto (un acuerdo internacional para establecer normas para disminuir el cambio climático). A pesar de ser el principal contaminador, Estados Unidos rechaza suscribirlo porque ello disminuiría los márgenes de utilidad de los negocios. No deja de ser paradójico que ahora, con el golpe de Katrina, termina siendo víctima de su propio egoísmo.

Hace un par de meses un artículo de Nacional Geographic afirmaba que en los últimos diez años la intensidad y frecuencia de los huracanes casi se ha doblado. En la próxima década serán peores. La tragedia de Nueva Orleáns es una lección por partida doble de la forma en que el egoísmo termina por cobrar la factura.

El soldado recién llegado de Irak contempla el panorama devastado de Luisiana y afirma que eso no se parece a Estados Unidos. Pero se equivoca: simplemente es la otra cara, el lado oscuro y destilado del american way of life.

 

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