EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Treinta años después

Silvestre Pacheco León

Junio 27, 2022

La historia comenzó con el ruido de los golpes inusuales y peculiares del hacha y el machete cortando árboles y plantas lo que inquietó aquella mañana a los vecinos de Paseo del Pescador en el centro de Zihuatanejo.
Esa fue la primera noticia que se tuvo sobre la remodelación ideada por el gobierno estatal y presentada como un modelo de coordinación el gobierno del estado aportó 300 millones, el ayuntamiento 700 y el Fibazi un mil 500 millones. Una inversión total de dos mil 500 millones de pesos de aquel entonces para una remodelación en la que árboles y plantas parecían representar el mayor obstáculo.
Cuando las vecinas más atentas al acontecer diario averiguaron lo que ocurría, inmediatamente corrieron la voz de alarma sobre lo que hacía la brigada de trabajadores.
Las hachas, machetes y motosierras cesaron cuando varios de los vecinos encararon a los trabajadores pidiéndoles que mostraran la orden o el permiso para deforestar, pero como carecían de ella solamente dieron el nombre de la persona que los contrató y siguieron adelante con su empeño mientras el responsable de la brigada, empleado del Fideicomiso Bahía de Zihuatanejo se cuidó de dar la cara.
En su lugar quien se apareció en la escena fue el director municipal de Desarrollo Urbano y Obras Públicas de apellido Vargas Nájera quien buscando calmar a los vecinos les explicó que se trataba de un programa de remodelación que el gobierno del estado había autorizado para la ciudad como un regalo del gobernador Ruiz Massieu cuya ejecución estaba a cargo del Fideicomiso Bahía de Zihuatanejo.
Lo escuchado, lejos de alegrar y calmar a los presentes les provocó malestar, pues el funcionario agregó que el llamado Programa de Reordenación Urbana ya había sido aprobado por el Cabildo el cual informó a su vez a las organizaciones de hoteleros, comerciantes y restauranteros, con el que todos estuvieron de acuerdo.
Así transcurrieron los días, las discusiones y la toma de posiciones, donde unos, los menos, trataban de justificar el trabajo del Fibazi y la deforestación como paso necesario para embellecer esa parte de la ciudad mientras la mayoría lo definía como una arbitrariedad de las autoridades que mostraba la debilidad del gobierno municipal frente a los otros órdenes de gobierno.
Eran los meses después de la temporada de lluvias cuando estaba cerca la temporada alta de turismo. En esos días se realizaba el afamado maratón del río Balsas con sus modernas y llamativas lanchas rápidas cruzando la bahía.
Por eso era natural la preocupación de los vecinos quienes preveían un situación de caos, con el escombro tirado en la calle, el polvo y el ruido de las obras en plena temporada turística.
Las noticias que se publicaban a diario eran de crítica mordaz contra el gobierno municipal por su muestra de debilidad frente a un organismo como el Fibazi dirigido a partir de entonces por un personaje gris, alejado del pueblo a quien nadie conocía más que por sus apellidos Nogueda Pozo del cual se decía que no leía los periódicos ni escuchaba la radio para ahorrarse el enojo que le producían las voces del pueblo.
A pesar de eso las críticas eran más fuertes y ácidas. Cada día se sumaban contra la remodelación nuevas observaciones por la falta de sentido común y la improvisación para realizarla.
Mientras tanto el bloque de opositores ganaba consenso en los reclamos y observaciones.
La radio y los periódicos que eran el medio más eficaz para comunicarse también tomaron partido del lado de los opositores y dieron cabida a nuevas voces y críticas que antes no se escuchaban.
Por esa exigencia de sentido común apareció el problema del drenaje como la verdadera prioridad de la ciudad que requería la inversión autorizada debido a la evidente contaminación del agua de la bahía, pero el gobierno la evadió informando que para ello había otro proyecto en puerta.
El proyecto de remodelación en esa parte de la ciudad suponía varios cambios que requerían conocer la opinión de los lugareños, pero las autoridades nunca asumieron esa actitud de concertación y optaron por el autoritarismo como el camino más fácil, hasta que la rebeldía social se impuso.
Se supo que los constructores se proponían deforestar, además de los árboles y plantas del paseo, el último reducto de manglares junto a la desembocadura del canal de aguas pluviales que desemboca en la bahía, a un costado del Museo Regional, para reubicar el mercado de mariscos que funcionaba a espaldas del palacio municipal, eso sin averiguar que dicho espacio frente al mar estaba concesionado a la Secretaría de la Marina la cual, para evitar una sorpresa, había destacada guardias permanentes en el lugar.
Entre los contrasentido señalados se contaba la constante queja del Fibazi de falta de recursos para terminar con la remodelación antes del año, sin embargo se proponía destruir el kiosco que estaba en muy buenas condiciones adornando la plaza y había sido un regalo a la ciudad por un club de beneficencia, y lo más descabellado, cambiar de lugar la cancha de basquetbol cuando en la exposición del proyecto ante las organizaciones representativas no hablaron de dichos cambios ni el derribamiento de árboles.
Pero lo que derramó el vaso de la paciencia fue cuando un día de octubre la ciudad se despertó con la noticia de que los trabajadores habían derribado al añoso amate prieto que daba sombra en la esquina poniente de la cancha de basquetbol. Entonces la indignación subió de tono. Una manifestación de más de 500 deportistas plantados frente al palacio municipal fijó su postura de no permitir más arbitrariedades.
Esa respuesta radical fue secundada por prácticamente todas las organizaciones sociales, de servicios y productivas que reemprendieron sus demandas contra el gobernador a quien demandaban alto a la “torpe” remodelación.
Fue la primera muestra de rebeldía que la sociedad civil de Zihuatanejo tuvo contra una decisión del gobierno por el tema ambiental que puso en tensión la relación de las autoridades municipales con las estatales pues el representante del gobierno local se declaró incompetente para atender los reclamos de la sociedad argumentando que no tenía autorización frente al Fibazi para contradecirlo en sus decisiones.
La protesta de los vecinos pronto consiguió el respaldo de las organizaciones sociales como la Asociación de Ecologistas de Zihuatanejo, la Sociedad Protectora de Animales, la Comisión Deportiva Municipal de Zihuanejo Ixtapa, los comerciantes organizados en la Canaco- Servitur y los restauranteros de la Canirac Zihuatanejo Ixtapa, y las cooperativas de prestadores de Servicios Turísticos y de pescadores.
En esa protesta sucedida en octubre de 1992 destacó el papel del regidor de Ecología, José Martínez Espino quien en un gesto de congruencia aceptó la propuesta extrema de su organización de encadenarse a una palmera próxima a su derribo.