EL-SUR

Lunes 27 de Junio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Tres errores y una esperanza

Jorge Zepeda Patterson

Agosto 28, 2006

Hace cuatro meses la opinión pública daba por descontado que López Obrador iba a ser presidente. Hoy está en camino de convertirse en el enemigo público número uno del país, si hemos de creer a la televisión, las encuestas y los editorialistas. ¿En verdad es así? Y si tal fuera el caso, ¿a qué se debe este desfondamiento?
Soy de los que opina que López Obrador podría haber ganado el 2 de julio, a pesar de las inequidades, si no se hubiesen cometido errores básicos (inasistencia al primer debate, “cállate chachalaca”, malos voceros, acusaciones en contra de los medios y descalificación de encuestas adversas, etc.). Con esto no pretendo minimizar las condiciones desfavorables en las que se dio la campaña, por las presiones de los distintos grupos de poder empeñados en impedir su triunfo. Pero creo que sin la intervención de errores propios, y a pesar de los obstáculos, el lopezobradorismo habría llegado a Los Pinos.
Por lo pronto, habría que reconocer que la posición de López Obrador se ha debilitado en las últimas semanas. Él mismo lo ha reconocido en las entrevistas más recientes. A mi juicio, es el resultado de tres errores que no sólo han perjudicado la batalla jurídica por la revisión de los comicios, sino también comprometen el futuro de la izquierda en los próximos años. Son los siguientes.
Uno, desestimar la importancia de la opinión pública. Durante los días posteriores a la elección, AMLO comenzó ganando la batalla por la opinión pública. La demanda del “voto por voto, casilla por casilla” fue creciendo hasta convocar verdaderas multitudes al Zócalo. Incluso algunos ciudadanos no polarizados asumieron que detrás de la negativa del PAN y de Calderón se escondía algo sospechoso. Este apoyo aún pudo ser mayor, si López Obrador hubiera sido más sobrio y estratégico en sus denuncias. Exigir que reconocieran sus cifras y no las del IFE la noche del 2 de julio, o acusar a sus propios partidarios de haberse vendido en algunas casillas, no fue un rasgo muy “presidenciable” por decir lo menos.
Y con todo, los errores de sus adversarios fueron mayores. Las vacilaciones del IFE con el PREP, la acusación de “renegado” por parte de Fox y las exigencias del PAN de que se reconociera el triunfo de Felipe, de manera anticipada, propiciaron la sensación de que en efecto el “status quo” operaba en contra del tabasqueño. La prensa extranjera, incluso, comenzó a hablar de la necesidad de un recuento masivo.
Todo ello cambió con el bloqueo de Reforma, primer paso en el giro radical del movimiento. Para la opinión pública una cosa es apoyar a alguien que ha sido objeto de una injusticia o un abuso en una competencia, y otra muy distinta seguirlo apoyando cuando el agraviado se transforma en hooligan. Cuando mayores posibilidades había para que se hiciera el recuento, AMLO inició una presión ilegal, el bloqueo, para conseguir una medida legal, el recuento, con lo cual dejó en una situación incómoda a los jueces para fallar en su favor.
Dos, despreciar las vías jurídicas. Había tal frustración y enojo por los resultados del 2 de julio, que la denuncia por parte del PRD se expresó más en términos de indignación política y moral, que por la vía de preparar argumentos técnicos eficientes para un tribunal. Soy de la opinión de que a lo largo de los comicios los poderes fácticos hicieron todo lo posible para cargar los dados en perjuicio de López Obrador. No estoy seguro de que todas esas artimañas hayan sido estrictamente ilegales, o que puedan ser comprobadas en tribunales. De lo que sí estoy seguro es de que el PRD pudo haber hecho un mejor trabajo en la preparación de su caso ante el Trife. La comisión excesivamente politizada y demagógica que conducía estas tareas de parte del PRD, contrasta con el trabuco de abogados y profesionales que asignó el PAN para esos efectos.
Tres. Confusión. La línea seguida por López Obrador no sólo se ha radicalizado, también se ha vuelto inconsistente. Mientras el PRD seguía dando la batalla para buscar la anulación de casillas, El Peje convocó a una asamblea constituyente para el 16 de septiembre y acusó a los ministros de recibir “cañonazos”, como si quisiera reventar cualquier posibilidad de obtener un fallo favorable del Trife. Pareciera que el líder está tomando decisiones al calor de una entrevista o de la tribuna ante un público ávido de consignas. En los últimos días ha hablado de la necesidad de emprender una revolución, pero también de proclamarse presidente legítimo de manera unilateral.
En cuestión de meses se han perdido dos oportunidades históricas. La primera ganar el 2 de julio, y la segunda lograr la revisión de todo el proceso. Me parece que estamos a punto de perder la tercera. Es comprensible la frustración que incuba la derrota, pero sigue vigente la posibilidad de que todo este impulso electoral se convierta en una fuerza social capaz de promover desde la oposición modificaciones a favor de un modelo más justo. Pero ello no sucederá si AMLO sigue actuando desde la perspectiva del agravio.
Persistir en la lógica de “ahora se amuelan”, equivale a condenar a los pobres. No sólo por la oportunidad perdida, sino también porque la radicalización y el enfrentamiento físico sólo puede tener un desenlace en un sistema tan desigual como el nuestro: la represión y la derechización de la opinión pública.
No estoy seguro de que nuestro país resista seis años más de un gobierno que los pobres perciban como ajeno a sus intereses. La desigualdad es enorme y sigue creciendo. Si no hubiese un líder de izquierda para encabezar este movimiento, habría que crearlo. López Obrador podría ser esa figura si es que todavía queda algo cuando él mismo termine de inmolarse.

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