EL-SUR

Viernes 03 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Tres hombres fotografiando rinocerontes

Alan Valdez

Septiembre 13, 2025

I

En un cuento del escritor argentino Juan José Saer, un conferencista explica que, antes de hablar, suele dormir una siesta. Relata su sueño: tres hombres dentro de un río africano fotografiando rinocerontes. El procedimiento es el siguiente: meterse en el agua hasta la cintura, esperar inmóvil a que el animal se acerque y, en el instante preciso, disparar la cámara. Al terminar, sorprende mostrando al público una fotografía húmeda de un rinoceronte, como si lo imposible pudiera regresar de un sueño convertido en prueba material.
Quiero pensar que entendí el texto y su propuesta de dislocar lo cotidiano con un gesto fantástico. O que asumo toda su ironía sobre la fe en la ciencia y en la prueba empírica. Basta una imagen, aunque provenga del sueño, para imponer su autoridad sobre un auditorio académico.
Y quisiera decir que me complazco en la vanidad de alguna de esas dos lecturas. Pero en realidad me acaba pasando que, después del cuento, me dan ganas de una siesta. Cuando despierto, me limpio la baba de las comisuras. Voy al espejo, me enjuago la cara. Y la primera secuela que advierto es que de la pequeña historia lo que me persigue es el deseo de también poseer, como el conferencista, una prueba irrefutable de la vida del gran rinoceronte africano entre mis papeles escolares. Una fotografía en blanco y negro donde el animal espera su turno entre el sol y la sabana para hundirse en las entrañas de un río.
Cierro el libro de Saer. Le busco un lugar en mi librero donde no haya duelo de vecinos. Acomodo el volumen entre un atlas con mil imágenes de peces de acuario y una novela de Alessandro Baricco. Sobre esa repisa después del reacomodo inmobiliario devuelvo tres fotografías Polaroid que adornan esa sección de mi librero.
Una foto es una ola chueca que no sé si iba o venía. En otra aparecemos mi amigo Will y yo en la costa de Holland frente al lago Michigan. Y la tercera es de la línea de árboles que se extiende por su playa. Las tres fueron tomadas ese mismo verano.
Reviso cada una de las imágenes. Mi amigo todavía no tenía una hija. Yo aún no sabía quién era Juan José Saer. En la foto donde ambos estamos juntos los dos llevamos barba. Trato de distinguir mejor nuestras sonrisas y los ojos cubiertos por los lentes de sol. Me traiciona el reflejo inmediato de mis dedos queriendo hacerle zoom al papel como si fuera una imagen en el celular.
Las devuelvo a su sitio. Le debo un mensaje a mi amigo. Pronto será el primer cumpleaños de su bebé. Nunca había sido invitado a una fiesta tan selecta.

II

Después del reacomodo de inquilinos que hice, ahora tengo dos libros que no sé en qué anaquel acomodar. Hago una encuesta entre mis repisas más azarosas, pero ninguna de ellas desea nuevos agregados. Me hago un té, luego me hago un café, luego saco la basura. Hago de todo para postergar la acción que, de hecho, ya estaba desplazando mi pendiente original. Llego a un acuerdo provisional, si no puedo actualizar domicilios, al menos sí puedo quitarles el polvo a los muebles.
En la repisa de debajo de las fotografías Polaroid están acomodados los diarios de escritores. Allí también descansa un velador. Un pequeño cotorrito de plástico que mi madre me regaló en la última visita que le hice a su trabajo en Acapulco. Su anatomía, que no rebasa el tamaño de media manzana.
Paso un trapito rociado con líquido lustramuebles. Me cercioro de la cantidad de polvo quitado. El trapo azul se llena de un rastro negro. Lo poco que deseo trabajar utiliza la mugre como pretexto para iniciar una tarea que me desvíe aún más de mis verdaderos pendientes. Desmonto todos los libros de esa repisa.
Y así este pretexto me guía sin mucha fatiga a la siguiente distracción. Como desde el principio se trata de no trabajar, la manera más fácil de seguir postergando mis obligaciones es preguntarle a la vida de otros por su forma casual o heroica de también perder el tiempo.
En este punto, haber elegido la sección de los diarios en mi librero ya no se me hace algo fortuito. Así que comienzo. Hojeo diario por diario, jugando al juego de qué pasó en 1912 en Praga, qué ocurrió en 1939 en Turín, qué se escribía en 1765 en Ginebra o qué pensaba alguien en 1965 en La Plata.
El ocio no me da ninguna respuesta satisfactoria, pero encuentro, en medio de la vida de Kafka, unos tickets de un partido de hockey de hace casi un año. La marca que aparece en el texto es la siguiente: 2 de agosto de 1914. Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación. Por lo demás, lo único que recuerdo de ese partido es que el equipo local perdió contra el visitante y, después, me fui a comer una hamburguesa para celebrar, aunque ese festejo ya no tenía nada que ver con el deporte.

III

Mi afición a usar cualquier cosa como separador de páginas comenzó como un simple apuro. Con el tiempo, esa costumbre derivó en una colección que abarca varios objetos: tickets del súper y del cine, boletos del transporte público, cartas de algún juego de mesa, hojas de árboles, etiquetas de botellas de cerveza, empaques vacíos de cigarro, flores aplastadas, fotografías, cartas escritas a mano, postales, hojas arrancadas de otros libros, recetas médicas, tarjetas de teléfonos públicos, tarjetas de bibliotecas, recibos del agua, de la luz o de cualquier servicio, billetes, flyers de eventos políticos, plumas de pájaros, aretes, el letrero de no molestar de algún hotel, y, de vez en cuando, un separador que ha venido de regalo en la compra de un libro.
Mi inclinación hacia el separador apócrifo sé que la comparto con una infinita cantidad de lectores. Son tantos que pienso que, en realidad, la condición de apócrifo debería recaer en los separadores fabricados exprofeso para ese fin. Esos sí son impostores: señas tristísimas, mitad anuncio comercial de editorial o librería, mitad pedazo de cartón que intenta escapar de lo feo, pero no lo logra.

IV

El desmontaje de mi librero y de mis responsabilidades continúa. Me distraigo hojeando, abriendo y releyendo cualquier cosa con tal de no ponerme a trabajar. Algunos libros hace años que ni siquiera los había vuelto a palpar más allá del simple reacomodo provocado por la mudanza. Les hago caso a esos volúmenes, les regalo la promesa de una lectura futura no muy lejana. Les hago un lugar nuevo. Pero tan pronto como ya están ahí luciendo su lomo al lado de otros volúmenes más manoseados, saben que les he mentido. No me disculpo. Y sigo limpiando.
Llego a mis ejemplares de libros de la universidad. Encuentro en medio de una de sus hojas un horario de las clases que cursaba. Leo el nombre de mis antiguos maestros. De uno recuerdo su cara, pero no su voz, de otro recuerdo apenas un ademán al borrar el pizarrón. Y de solo uno me queda muy claro cuál era su idea de dedicarse a enseñar literatura en un estado lleno de maquiladoras.
Ese maestro me daba clase los viernes. Hoy, por ejemplo, estaría saliendo de su clase de Literatura Mexicana. Después me vería con un amigo en el patio de enfrente de la Facultad. Me compartiría de sus cigarros. Luego esperaríamos a que llegaran más compañeros y decidiríamos a dónde ir a beber.
Quiero seguir postergando mi trabajo con la reconstrucción detallada de mi vida de hace 9 años, pero me llega un correo de una alumna preguntándome algo de la tarea. Devuelvo el horario al libro. Antes de cerrarlo, pongo atención en una de las notas escritas en los márgenes. No tiene que ver con la lectura, es un diálogo. Son dos letras diferentes.
–Imitar la vida de los crustáceos.
–¿Cómo?
–Así.

V

Me llega otro email. La misma pregunta sobre la tarea que tiene como fecha de entrega este domingo. Lo abro, leo las dudas de mi alumno y también inspecciono brevemente mi calendario. Ese ensayo pendiente sigue pendiente. Tengo que mandar esos documentos a no sé dónde. Volver a escanear no sé qué credencial otra vez. Escribir comentarios. Enviar una constancia de situación fiscal.
Llevo todo el día distrayéndome, y ha funcionado. Y de hecho ha funcionado tan bien que hasta discutirme los privilegios que circundan la posibilidad de quejarme sobre el trabajo me ha ayudado a retrasar su comienzo.
Estoy a nada de decidirme al cumplimiento de mis tareas, pero mi alhajero de madera en forma de rana que compré en Tlalpan está algo polvoso. Ahora me distraigo en mis joyas. Ninguna me sacaría de un apuro financiero, pero este arete me lo regalaron el último día que pasé en la colonia Juárez y este otro lo compré en una ciudad que decidió esconder todas sus estatuas.

VI

Juraba que se me habían acabado los pretextos. Ya he limpiado todas mis figuras, recuerdos y demás motivos que adornan mis libreros. Me siento. Abro el correo. Abro mi agenda. Ya no tengo ninguna distracción. El polvo ha sido desplazado al exterior, al menos por un rato. Las cartas y fotografías escondidas en mis libros ya las he revisado. Ya me acordé de quién tenía qué acordarme y ya imaginé sus vidas futuras después de nuestro último saludo. Ya repasé las últimas líneas de los libros que no he leído y que quién sabe si alguna vez leeré.
Estoy sentado.
Estoy escribiendo la primera línea de un correo.
Tocan la puerta.
Pero no es mi puerta.
Es la puerta de la vecina.
Me resisto.
Sigo resistiéndome, pero justo cuando una de las voces pregunta Buenos tardes, ¿cree usted que la Biblia tiene respuestas para los problemas de hoy, no resisto y me acerco a la puerta a husmear por la mirilla.
Son tres hombres. Tienen camisa blanca. Una corbata y usan el pelo corto. La vecina responde que ella no profesa ninguna religión. Insisten un rato más, la invitan a la iglesia y finalizan dándole un folleto antes de marcharse a la siguiente puerta.

VII

Alguien llama a mi puerta. Son tres hombres. Mientras tocan, una de las voces declama un clarísimo Queríamos preguntarle, ¿cree usted que algún día terminarán los problemas que vivimos hoy en el mundo?
Abro la puerta.
Niego a Cristo más de tres veces.
Aun así, me dan un folleto.
¿Van al cielo los animales? Es el título del tríptico. En el centro de la imagen que acompaña la portada, hay una luna llena de la que sale un hipopótamo, un rinoceronte y un tigre de Bengala y debajo de esa noche, sobre una piedra profética hay un hombre con barba blanca y un bastón.
Regreso a mi escritorio. Mando por fin la respuesta a mis alumnos. Creo que después de esos mails tengo un merecido descanso. Abro de nuevo el libro de cuentos de Juan José Saer. Me llega otro mail. Mi lectura se interrumpe en el cuento llamado El Taxidermista.
Busco rápido un separador.
Lo encuentro.