EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

Trump: ¿la barbarie contra el mundo civilizado? (El equívoco de Enrique Krauze)

Julio Moguel

Noviembre 18, 2016

Un fanfarrón en el escenario del triunfo

¿Cómo fue que un fanfarrón y advenedizo como Donald Trump logró llegar al cielo sin escalas? Para tratar de responder a la pregunta sigo aquí, por economías de espacio, el “modelo” que Marx delineó en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Con los siguientes elementos en el ensamble: la existencia de: a) un personaje con el mínimo de condiciones –contingentes unas, azarosas otras– para entrar en escena; b) un desequilibrio o desgaste de las condiciones previas de dominación o de dominio de un bloque de fuerzas económicas y políticas que hasta ese momento mantenían el manejo de las palancas de mando del Estado; c) un amplio sector de la población –los campesinos, en el caso de la Francia analizada por Marx– convertida en masa-plataforma-votante posibilitadora del ascenso; d) un núcleo social lumpen –los decembrinos, en el caso del balance de Marx– convertido en ariete de fuerza física y directa del fanfarrón en turno.
Aquí sólo enunciaremos esos cuatro elementos de ensamble para el caso de Trump: las “mínimas condiciones” del empresario (inciso a) para entrar en escena se formaron desde su boyante condición económica y su presencia como actor en los medios televisivos (en el concurso de talento El Aprendiz, donde era una especie de ogro que se distinguía por su trato duro ante los desconcertados concursantes).
El punto relativo al desequilibrio o desgaste de las condiciones previas de dominación (inciso b) queda claramente marcado en y desde el hartazgo de muy amplios sectores de la población frente a las fechorías, a la hipocresía y al doble discurso de los activos de la clase política tradicional.
La existencia de un amplio sector de la población convertida en masa-plataforma-votante (inciso c) tuvo, como sujeto activo, a la clase trabajadora del Rust Belt, que se extiende entre los estados de Pensilvania, Wisconsin, Ohio, Michigan e Indiana. A estos blancos se sumaron otros blancos afectados asimismo por las políticas públicas neoliberales de nuevo cuño y/o por la afrenta racial de ser gobernados durante ocho años por un negro.
El núcleo social lumpen (inciso d), volcado a apoyar la candidatura de Trump, fue reclutado por el republicano por diferentes vías. Pero el Ku-Klux-Klan es su real y más preclaro representante y ejemplo.

El bonapartismo trumpiano y el “espíritu de venganza”

Sí, aunque parezca increíble: desprendimiento bonapartista de un Trump que en plena campaña echó pestes contra los medios televisivos y los periódicos, contra los poderosos de Wall Street y los más altos mandos de su propio partido (ligados éstos a los núcleos económicos de poder más encumbrados, como el representado por la familia Bush), contra la clase política en funciones y contra una buena parte de los valores “democráticos” y “civilizatorios” del stablishment.
Todo ello, en un lance increíble en el que el desaforado diablo en escena hizo sus cuentas para forjar el discurso con posibilidades de gane: contra “la arrogancia cínica” de los gobernantes norteamericanos de nuevo registro; contra las pillerías excesivas de Wall Street y sus corredores de hedge funds; contra ciertos cauces de la globalización económica; contra regulaciones y normas ambientales y laborales que afectan los niveles de ganancia de muy diversas empresas.
El juego discursivo de Trump fue acompañado por el despliegue de un programa extremadamente racista, xenófobo, misógino, ninguneador. De cuya pertinencia práctica en el escenario en el que se movía el empresario de marras nunca dudó, pues con tales valores en el aire integraba y capitalizaba lo que el filósofo alemán Peter Sloterdijk ha definido como un ingrediente básico de los –actuales– tiempos modernos, a saber: la existencia de “un culto sin precedentes a la venganza excesiva”, movido a contracorriente de “la tendencia global” a la “neutralización del heroísmo”, a la “marginalización de las virtudes militares y [a] la promoción pedagógica de los afectos pacíficos y sociales” (Colère et Temps. Essai politico-psychologique).

El “Mal” personificado por Trump y “los buenos”

Si dentro de los rasgos actuales de la modernidad occidental se encuentra la presencia del “espíritu de venganza” como “invitado especial” –sigue siendo Sloterdijk quien lo dice–, habría que relativizar entonces los discursos u opiniones que colocan la disputa entre Clinton y Trump como reflejo de la lucha secular entre “civilización” y “barbarie”. Es esta última línea de interpretación la que pudo desprenderse del posicionamiento del historiador Enrique Krauze ante el triunfo del republicano, cuando señaló en Televisa y otros medios que, palabras más, palabras menos, el mundo civilizado tendría que unir nuevamente todas sus fuerzas para enfrentarse a la emergencia o remergencia del “Mal”, representado en este caso por Trump.
Porque el “Mal” referido por Krauze cruza e implica muy íntimamente a los “buenos” de la telecomedia que hemos vivido, entre los que destacan la misma Hillary Clinton y no parte menor de sus personalidades y núcleos aliados. (Ello no lleva por supuesto a la conclusión de que “era lo mismo” votar por uno o por otra).
El rechazo a encajonarse en el esquema explicativo de la lucha secular entre “civilización y barbarie” ofrece a la vez otras posibilidades de análisis: pensar, por ejemplo, que la estrategia ruda de campaña de Trump, con sus bufonerías y fanfarronerías –independientemente de que formen parte íntima e indisociable de su personalidad y de sus estrechos y retorcidos alcances de mira–, tuvo en el proceso de campaña un efecto corrosivo que los demócratas no entendieron y/o no tuvieron condiciones de evitar. Porque el denominado “espíritu de venganza” capitalizado y representado por Trump en el día a día de la lucha electoral entró al campo enemigo como un rayo capaz de iluminar las podredumbres y dobleces de “las buenas maneras” con las que la “democracia decente” de la clase política norteamericana (demócratas y republicanos dentro del mismo barco) han llevado a Estados Unidos y a una buena parte del mundo hacia el desastre.
Quiere ello decir que detrás de la corriente que derrotó a Hillary Clinton se expresó un malestar difuso y extendido, no sólo malévolo o fascista, o inculto, chato, o bárbaro. Es justamente a ello a lo que se refiere Bernie Sanders (el oponente de izquierda a Hillary Clinton como precandidato a la nominación del Partido Demócrata) en su más reciente artículo publicado en el New York Times: “Millones de estadunidenses registraron un voto de protesta y el [día de la elección], expresaron su feroz oposición a un sistema económico y político que pone los intereses de los ricos y empresarios sobre los suyos […] No es un shock para mí el que millones de personas que votaron por Trump lo hicieron porque estaban enfermos y cansados del statu quo económico, político y mediático” (La Jornada, 13 de noviembre).
Entonces lejos de Trump, sin duda. Pero también lejos de Krauze.