EL-SUR

Jueves 20 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Trump: la contrarrevolución cultural

Saúl Escobar Toledo

Mayo 11, 2016

El triunfo casi seguro de Donald Trump en el Partido Republicano, ha despertado la inquietud y la sorpresa en diversos medios políticos de Estados Unidos y el mundo. La pregunta que todos se hacen ahora es si será capaz de ganar las elecciones presidenciales de noviembre frente al candidato o candidata del Partido Demócrata, y convertirse en el primer mandatario del país más poderoso de la tierra.
Para explicar su éxito y tratar de avizorar lo que sigue, se han propuesto diversas interpretaciones. En un artículo reciente publicado en el New York Times (NYT), The Great Reshuffle (El gran reajuste), Thomas Edsall expone una idea: que Trump representa la vanguardia contra las ideas progresistas sobre todo en temas raciales, de inmigración y de los derechos de las mujeres.
Basada en diversas investigaciones y encuestas, Edsall señala que los probables votantes por Hillary Clinton (la más probable rival de Trump) gozan de mayores ingresos y mejor educación que los de Trump. Los votantes con estudios universitarios (college educated) incluso republicanos pueden pasarse del lado de Clinton si Trump es el candidato. Obama perdió la elección en 2012 en este sector de la población por cuatro puntos, pero ahora los demócratas podrían sacar una ventaja de 29 puntos. También Clinton podría ser favorita en los hogares que reciben más de 100 mil dólares al año.
Trump, en cambio, podría ganarle a la demócrata en los votantes cuyos hogares reciben menos de 30 mil dólares anuales y en aquellos que sólo tienen estudios de secundaria (high school degrees). En el primer caso, el republicano ganaría por más de 13 puntos y en el segundo por más de 17.
El artículo también cita una investigación de la Universidad de California que encontró que entre más alto es el resentimiento racial, el etnocentrismo blanco y el rechazo a los inmigrantes, más fuerte es el apoyo a Trump en relación con otros candidatos.
En la encuesta se hicieron preguntas como ¿qué tan importante es que los blancos se unan para lograr cambios en las leyes que no favorecen a los blancos? ¿Qué tan probable es que los blancos no puedan encontrar un trabajo porque los empleadores están contratando a otras minorías raciales? En todos esos casos el apoyo a Trump aumentaba si se respondía afirmativamente.
En otro estudio citado, éste de la Universidad de Michigan, los investigadores sostienen que en los años sesentas del siglo pasado hubo una “segunda transición demográfica” o lo que se llamó también una ruptura generacional que se inició con la revolución de las píldoras anticonceptivas y los dispositivos intrauterinos para evitar el embarazo; después vino la revolución sexual en la que disminuyó la edad de la primera relación; y luego la revolución femenina que cuestionó la estructura patriarcal de la familia y la división del trabajo que la sostiene.
Los investigadores basaron su trabajo en el estudio de más de 3 mil municipios (counties). Según sus resultados, los municipios más cosmopolitas como Nueva York o San Francisco estaban a la cabeza en la aceptación de los valores de esa segunda transición, mientras que los habitantes que rechazaron o no coincidieron con ellos habitaban los municipios más pequeños, blancos, rurales, pobres y menos educados, situados en el Sur y en la zona montañosa del Oeste de Estados Unidos. Estudiando solo cuatro estados, Ohio, Michigan, Florida y Tennessee, se pudo observar que Trump tuvo un respaldo más fuerte, en las primarias republicanas, en los municipios con más bajo índice de aceptación de los valores de la revolución cultural de los sesentas.
Según estos autores, desde hace décadas los republicanos han estado encabezando una contrarrevolución cultural. Fue una estrategia exitosa entre 1966 y 1992. Por ello, no se puede acusar a Trump de haber violado los principios republicanos. Más bien representa la culminación de una campaña reaccionaria que ha caracterizado a su partido por varias décadas. Es una candidatura que no contará con apoyo entre la población más educada y con mejores ingresos, y por lo mismo más tolerante, pero tampoco con sectores de la población que están creciendo: mujeres solteras, minorías raciales y profesionistas. En cambio, es el héroe de un sector de la población, sobre todo blanca y asalariada, que se siente agraviada por las ideas progresistas de la revolución cultural.
Otro ensayo, en este caso de Daniel Schlozman en la última edición de la revista The Nation, asevera que la polémica entre republicanos y demócratas es todavía más vieja que los años sesentas. Se originó en la presidencia de Roosvelt con el New Deal (el Nuevo Trato), hace más de ochenta años, entre los defensores e impugnadores de un Estado de Bienestar robusto y de economía mixta. Un Estado que debería garantizar el acceso al empleo, la habitación, la salud y la educación. Un conjunto de derechos que fue obstaculizado en su momento por una coalición de republicanos y demócratas sureños. La ofensiva contra la herencia ideológica del New Deal se agudizó después con la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989), la cual rompió la coalición roosveltiana y dio lugar a otras coaliciones que se orientaron ahora en torno a asuntos como la raza y los derechos de las mujeres.
Según Schlozman, el triunfo de Trump demostraría que la mayoría de la base republicana está preocupada sobre todo por defender los valores culturales tradicionales y, en menor medida, por la caída del nivel de vida de la población blanca, atribuida a las políticas económicas recientes impulsadas por Obama.
Sin embargo, ambas cosas se mezclan en el discurso de Trump de una manera que lo hace muy atractivo para los conservadores y los resentidos blancos. Sus posiciones duras sobre la inmigración, el muro que pagará México, su oposición al libre comercio y en particular al TLCAN, entusiasman a un amplio conjunto de votantes que quieren esas dos cosas: manifestar su repudio a la amenaza cultural que según ellos representan los mexicanos y los latinos, y dejar de subsidiar al resto del mundo con tratados de libre comercio, para así mejorar los empleos y los salarios de los trabajadores norteamericanos. Para Trump y sus votantes, las dos cosas, inmigración y libre comercio, mezcladas demagógica pero hábilmente, son igualmente desastrosas y son parte de una misma enfermedad.
Esta interpretación difiere de aquella que ve en Trump sólo un opositor al libre comercio y que lo iguala con las posiciones del otro candidato demócrata, Bernie Sanders (y en parte de Hillary Clinton) quienes también han manifestado su oposición a esas políticas comerciales y en particular, ahora, al Tratado Transpacífico (TTP). Pueden coincidir parcialmente en el diagnóstico, pero las medidas que pregonan son distintas. El nacionalismo de Trump busca satisfacer un ideal etnocentrista mientras que el demócrata propone una política más ligada al legado de Roosevelt, un nuevo New Deal con redistribución del ingreso y el fortalecimiento de un Estado de Bienestar para todos los norteamericanos incluyendo a las minorías raciales y a los inmigrantes. Una posición que hace suyos también los valores de la revolución cultural de los sesentas: sobre todo en el caso de los derechos de las mujeres, su derecho a decidir sobre su cuerpo, la equidad de la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros), y una mayor libertad de creencias y valores. Trump por su parte sostiene, al igual que el partido republicano, como principal propuesta en materia de derechos de las personas, la completa libertad para que cualquier ciudadano pueda portar armas.
Trump en conclusión es un líder atractivo y recibirá muchos votos si llega, como parece, a la elección de noviembre, de aquellos norteamericanos que se quejan de su mala situación económica, pero sobre todo que apoyan la contrarrevolución cultural. Su triunfo, remoto pero posible, sería el triunfo de ese nacionalismo étnico. Con todo lo que de ello pude derivarse.

Twitter: @saulescoba