EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Un año de confinamiento

Silvestre Pacheco León

Marzo 15, 2021

 

Mi madre cumplirá 96 años de edad a finales del 2021. El 11 de marzo recibió la primera aplicación de la vacuna Pfizer en el pueblo de Petaquillas y no ha tenido ninguna complicación para su salud. El año de confinamiento por el coronavirus me cobró las cuentas que llevaba yo sobre su edad hasta el punto de haberme quedado en los 95.
La pandemia ha sido como un año perdido de nuestra vida y el peor destino para muchas personas que sucumbieron por el miedo a la enfermedad y prefirieron morir en compañía de la familia que correr el riesgo de irse al hospital para sanar o para no ver más a sus seres queridos.
Ahora que ha comenzado la vacunación hay cientos de miles de familias en el mundo que no han superado la pérdida de algún familiar, y nosotros no hemos terminado de agradecer por las vacunas que están llegando frente a tantos países pobres del mundo que aún no tienen acceso a ninguna dosis y sus gobiernos están atenidos a la caridad de los ricos.
El gran esfuerzo colectivo que la sociedad está haciendo en su afán de continuar con la vida nos está permitiendo encontrar reservas para la sobrevivencia a pesar de que casi llegamos a los 200 mil fallecidos y sobrepasado los 2 millones de infectados.
Por eso la vacuna aparece como la tabla de salvación para quienes padecieron como infierno los meses de encierro, sea porque la inmovilidad les impedía sobrellevar su soledad o porque les limitaba la solvencia necesaria para el sustento.
Por eso son aliciente los testimonios de los adultos mayores que resistieron al encierro y se están vacunando, sin dejar de sentir tristeza por el caso de tantos adultos mayores que de plano se niegan a la inmunización creyendo en la falsa idea de que con la vacuna es mayor el riesgo de muerte.
Este día se cumple un año de que Palmira y yo nos confinamos en casa contra la infección sin idea ni certeza del futuro, solo informados que el coronavirus había llegado al puerto de Acapulco donde se confirmaba la presencia de un turista infectado y seis sospechosos.
A un año de haber iniciado la pandemia su expansión virulenta en el país, hemos hecho el recuento de nuestro entorno familiar donde hemos vivido y tenido de todo como consecuencia del descuido.
Algunos casos nos causaron azoro por el cuidado extremo que tenían, pero otros fueron resultados del descuido y el relajamiento en las medidas de higiene y sana distancia. Por fortuna los jóvenes infectados han salido adelante sin muchas complicaciones.
Una cuñada mía falleció en la ciudad de México por decidir demasiado tarde su hospitalización y porque se infectó en la temporada que los servicios de salud llegaron a la saturación. Su despedida de nosotros la escuchamos con estremecimiento y aún no nos reponemos de la estupidez humana tan frecuente en estos casos.
Sus hijos y nietos no quisieron llegar al año nuevo sin el festejo familiar cenando con la abuela. Aseguran que todos trataron de guardar la sana distancia durante la velada aunque la foto del recuerdo les delata. En su casa enfermó mi cuñada, su consuegra, su hijo y su nuera. Solo los hijos sobrevivieron.
Nuestro caso ha sido el más extremo de cuidados, atendidos permanentemente por hijos que no permiten que bajemos la guardia.
En este nuevo modo de vida a que nos ha obligado la presencia del coronavirus letal hemos aprendido y conocido cosas de nosotros mismos porque se ha vuelto más intensa la relación.
Cada vez nos convencemos que vivimos en condiciones inmejorables para pasarla bien, y que resulta fácil superar todas las dificultades que suelen acompañar la convivencia de las parejas porque se atenúan con el convencimiento de que todo es mejor y más fácil en compañía.
Ahora sabemos que somos la excepción frente a otras muchas parejas porque en el transcurso de nuestra relación construimos una cierta actitud ante la vida que nos exigió conductas poco hortodoxas por nuestro compromiso con la militancia en la oposición política.
Eso nos obligó a cierta disciplina y vida reservada, sin mucha disipación ni fiestas frecuentes, menos borracheras ni ostentaciones, escasas amistades y casi nula vida social. Quizá eso nos facilitó el encierro y nos ahorró problemas de estrés y ansiedad.
Solo hemos tenido en la casa visitas de los familiares cercanos, hijos, hijas, nietas y nietos que no pasan del jardín donde hemos puesto una mesa y sus sillas mientras convivimos protegidos por un cancel de vidrio que nos aísla.
En realidad han sido ellos quienes disfrazando el miedo a la pandemia nos insisten y recuerdan las medidas drásticas de salud e higiene que debemos tomar y mantener mientras no seamos inmunes.
La única persona ajena que ha entrado a la casa en este largo año ha sido el técnico de Telmex para arreglarnos la internet, pues sin el servicio eso sí que sería una tragedia porque realmente estaríamos aislados.
Uno de nuestros propósitos en este tiempo de pandemia ha sido mantenernos sanos, por eso además de consumir alimentos nutritivos el ejercicio físico forma parte de las actividades de todos los días.
La caminata de media hora después de comer es una práctica obligada, aunque sobresaturemos de pasos nuestro piso como lo tuvieron que hacer en sus celdas los militantes encarcelados.
La tecnología nos ha permitido mantener la cercanía de nuestro entorno familiar. Los mensajes por whatsapp fluyen todo el tiempo y nos mantenemos vigentes en las tendencias actuales de la comunicación mundial, sobre todo con actividades para beneficio del cuerpo y la mente que tanta gente de culturas y lugares diferentes comparte en tik tok.
En casa cada quien tiene su propio espacio y disfruta de su tiempo libre lo mejor que puede respetando el deseo del otro, tanto es así que nos ejercitamos físicamente en horas distintas para no interferir en la hora que cada quien decide levantarse de la cama.
Habrá gente que no lo crea pero nos hemos acostumbrado a escuchar en el almuerzo las conferencias mañaneras que nos permiten ejercitarnos en nuestra crítica mordaz contra los opositores al cambio, aplaudiendo cada una de las medidas que ha tomado la 4T para aminorar la desigualdad social del régimen neoliberal, aplaudiendo cada vez que se lleva ante la justicia a un miembro de la mafia que se habían hecho del poder y con doble aplauso cuando a los ladrones se les obliga a devolver lo robado.
Después de que pudimos dejar de lado el estresante tema de la pandemia nos relajamos agotando todas las series de televisión y las películas que nos han parecido interesantes.
Después de la noticia de que casi toda la familia mayor de 60 años ha sido inmunizada esperamos pacientes nuestro turno para ver bajar el dolor y el número de fallecimientos en el país. En buena hora.