EL-SUR

Martes 30 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Un bombero de Fahrenheit 451

Humberto Musacchio

Junio 16, 2016

La novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, trata de una sociedad dominada por los medios que han estandarizado gustos y comportamientos y en la cual, no podía ser de otra manera, están prohibidos los libros, pues suelen desatar la iniciativa individual y despiertan la creatividad. Para combatir la letra impresa, el cuerpo de bomberos de la novela no se dedica a apagar incendios, sino a producirlos quemando cuanto libro se encuentra. Para preservar la cultura, algunos seres humanos ocultos en los bosques se dedican a memorizar textos completos, los que trasmitirán a otras generaciones.
En México, la antiutopía de Bradbury está en vías de complimiento. Se persigue a quienes tienen la trasmisión del conocimiento como su misión en la vida. Éstos son los maestros, que por siglos han puesto sus saberes en manos y mentes de niños y jóvenes. Son los que despertaron en nosotros el amor por los libros y fungen socialmente como los depositarios de lo que ha producido la inteligencia humana.
El jefe de los bomberos bradburianos es un hombre que despacha en un bello edificio que fue el Convento de la Encarnación, donde por cierto en alguna época hubo una buena biblioteca. Pero eso lo ignora el bombero mayor, hombre muy bien vestido, en contraste con los profesores, a quienes el estipendio quincenal apenas les permite medio sobrevivir con sus familias.
Son tan deplorables las condiciones en que trabajan y viven los profesores, que en 1958, con Othón Salazar como líder, se levantaron en demanda de mejores salarios, fórmulas más adecuadas de relación con las autoridades y medios para mejorar la enseñanza. La respuesta de los bomberos bradburianos fue echarle gasolina al asunto y prenderle un cerillo, pero culparon del incendio a los mentores y metieron a la cárcel a sus dirigentes.
De ese modo, los bomberos incendiarios lograron aplacar al magisterio por algún tiempo, pero en los años ochenta, cuando mucho habían empeorado sus condiciones de vida y de trabajo, los profesores se volvieron a levantar. La rebeldía se materializó sobre todo en los estados donde las cosas habían llegado a extremos inverosímiles, con escuelas que no eran más que una sábana tendida de un árbol a otro, sin pizarrones, sin gises, sin agua potable, sin un escusado.
En esas condiciones, los maestros cumplían con su deber de trasmitir el conocimiento a niños que llegaban a la escuela sin probar bocado, mal abrigados, tristes. Eran chamacos que sólo conocían la miseria, pero que encontraban en la escuela y el conocimiento un camino hacia otro tipo de vida.
Pero una sociedad culta es indeseable para autoridades que sólo saben de la imposición, del abuso, de la aprobación al vapor de leyes injustas, de la imposición a rajatabla de una legislación absurda e inaplicable. Por eso los profesores han pedido en todos los tonos que se recapacite sobre esas leyes inviables.
México necesita una amplia y profunda reforma educativa. Eso lo saben mejor que nadie los maestros, que sufren todos los días el desfasamiento entre planes y programas de estudio con la terca realidad. Esos hombres de los bosques trabajan y luchan para preservar el conocimiento y trasmitirlo, pero son objeto de hostilidad, de campañas infamantes y de incomprensión.
Mientras tanto, los bomberos bradburianos tienen décadas ensayando con fórmulas diversas, pero siempre a espaldas de los profesores o contra su voluntad y vocación. No hay electricidad en muchas escuelas, pero se anuncia con bombo y platillo que todos los niños serán dotados de computadoras; no hay agua incluso en planteles de la Ciudad de México, pero se pretende dar clases de higiene, el país padece de obesidad endémica, pero se propicia el consumo de alimentos chatarra.
El bombero mayor quiere ser presidente y para ganarse la candidatura sólo se le ocurre sacar el látigo, inventar cargos a los líderes magisteriales y encarcelarlos o echar a la fuerza pública contra los maestros a los que debería respetar y venerar. Olvida que toda represión tiene un costo político, y a este gobierno hace rato se le agotaron los fondos. La represión ilegítima en cualquier momento se revierte.
No hay ni habrá reforma educativa digna de ese nombre si no se pide parecer a los educadores, si no se toman en cuenta las condiciones en que trabajan, en suma, si no se empieza por el principio. Pero estos bomberos decidieron empezar por el final. Los resultados están a la vista.