EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Un código para ponderar respuestas

Jesús Mendoza Zaragoza

Mayo 22, 2006

 

La gran campaña mediática para preparar y promover el estreno de la película El código da Vinci ha creado mucha expectación en el público. Aunque la crítica especializada no favoreció, como se esperaba, a dicha cinta en el festival de Cannes, se espera una avalancha de espectadores en los primeros días de su estreno.
Lo que me ha parecido de interés en todo este asunto es que la novela, primero y después, la película, se han convertido en fenómeno de masas. La pregunta en este caso es ¿por qué tanta gente compró el libro y mucha más se apresta para ver la película? Se han calculado 40 millones los ejemplares del libro vendidos y se prevén muchos millones de entradas en los cines.
Me parecen más visibles dos factores de este fenómeno de masas. El primero tiene que ver con el poder de la mercadotecnia que está detrás de esta novela convertida en historia de cine. Es evidente que el interés superior es comercial, es vender un producto y sacar jugosas ganancias. Autor y productores esperan caudales inmensos de ganancias en el cine, teniendo el precedente del éxito obtenido con la novela. Ellos conocen y practican magistralmente el arte de vender, como lo saben hacer quienes venden cantidades monumentales de comida chatarra en el mercado.
El segundo factor es el tema. La novela promete al lector la revelación de secretos que descifran enigmas y explican aspectos hondos de la existencia humana. Sin deslindar las fronteras que se manejan entre la ficción y la ciencia histórica se ofrece un relato atractivo y fascinante que pretende desenmascarar mentiras y proponer verdades. La trama presenta al cristianismo, en general –y a la Iglesia católica, en particular– como la gran mentira que hay que desmontar mediante el recurso y el manejo arbitrario de datos históricos, interpolaciones, suposiciones, hipótesis.
En fin, la idea que esta obra intenta vender es que las explicaciones convencionales que el cristianismo ha hecho hasta ahora, son artificiales y obsoletas y que estamos ante una nueva clave capaz de explicar la historia humana con todos sus misterios. Se trata, pues, de una cuestión existencial que requiere, más que explicaciones científicas, otras de carácter filosófico y religioso.
Y es que el ser humano, aún con los avances de la ciencia y de la tecnología, no puede sacudirse la necesidad de cuestionarse sobre la existencia y sobre las razones de vivir. El ruido ensordecedor y la actividad frenética que sirven de contexto al hombre moderno han servido de escapes para esquivar estas preguntas y estas respuestas. Pero sucede que el resultado de esta evasión es una acumulación de angustias y de fobias que se vuelven insoportables en todo sentido. Signo de esto es la creciente demanda de expresiones pseudoreligiosas que tienen que ver con las brujerías, las supersticiones y adivinaciones, supuestamente superadas con la modernidad.
De ahí que cuando se toca de manera simbólica, como en el caso de un relato pseudohistórico de esta novela, la cuestión del sentido de la vida, emergen las ineludibles cuestiones fundamentales: ¿Por qué vivimos con miedo? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? ¿Acaso no es absurdo el amor? ¿Es posible un mundo mejor? ¿Vale la pena ser justos y trabajar por un mundo justo? ¿No estamos condenados a la insoportable ignorancia ante la verdad? ¿Cuál es el destino último de las pequeñas y de las grandes historias?
El código da Vinci tiene una pretensión: dar respuestas a cuestiones existenciales después de haber mostrado que algunas verdades aceptadas por buena parte de la humanidad no lo son. El cristianismo es una gran mentira inventada para manejar a los pueblos, es una buena ocurrencia del imperio romano que ha funcionado para beneficiar a unos y para hacer daño a otros muchos. Esta gran mentira tiene que ser denunciada y desmontada.
La tradición cristiana, en sus diversas vertientes (protestante, ortodoxa y católica) descansa sobre una verdad fundamental: Jesucristo es el Hijo de Dios vivo. Y esta verdad es la que sostiene la fe de millones de creyentes que han recurrido a este punto de referencia para comprender y manejar la historia y la vida misma, y sostiene la razón de ser de las iglesias cristianas. Cuestionar al cristianismo como fenómeno social y religioso es legítimo, siempre y cuando se haga de manera seria y responsable, apegada a la razón y con respeto a la dignidad humana.
No podemos negar que en algunas circunstancias el cristianismo fue usado de manera perversa para humillar y oprimir. Pero un abuso no se cuestiona de manera arbitraria como parece que se hace en la novela que nos ocupa, que tiene pretensiones históricas. Críticos del cristianismo los ha habido y han hecho, sin pretenderlo quizá, mucho bien a los creyentes con sus contribuciones científicas y filosóficas. Nietszche, Feuerbach y Freud son sólo algunos de los autores modernos conocidos que se han ocupado de una crítica demoledora hacia el cristianismo y hacia la religión en general. Ellos han contribuido para comprender mejor el fenómeno religioso y a liberar la práctica religiosa de adherentes irracionales y opresivos.
Con su novela, Dan Brown pone sobre la mesa un tema sugerente, fascinante y decisivo para el destino del ser humano. Pero es un tema, a su vez, que causa “temor y temblor”, según Saulo de Tarso cuando se refería al misterio de Dios. Si Jesús de Nazareth no es Dios, entonces, ¿qué nos queda a los cristianos, y a la parte del mundo que es deudor del cristianismo en sus múltiples expresiones culturales? Este cuestionamiento puede ser benéfico para muchos, para los cristianos, para las iglesias y para los pueblos que se han edificado culturalmente a partir del cristianismo.
¿Cuál es, en definitiva, el valor de la fe y de la esperanza que han sostenido, en medio de las condiciones más contradictorias a muchos creyentes, y que lo atribuyen abiertamente a una relación real y misteriosa con Jesucristo? Ver la película puede quedarse sólo en una mera diversión con ingredientes de turbación y de superficialidad. Pero puede ser la oportunidad para un cuestionamiento inteligente y benéfico sobre el sentido de la vida y sobre el significado de los referentes religiosos y cristianos que cada quien ha establecido para normar y orientar la propia vida.