EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Un coquero exitoso

Silvestre Pacheco León

Junio 10, 2019

 

En los días calurosos la gente hace cola esperando su turno para deleitarse con la dulce y fresca agua de coco que despacha José Luis, un costeño de 40 años de edad quien no hace mucho descubrió su vocación de comerciante.
Su puesto de venta carece de local, pero tiene permiso de vender en la banqueta de la avenida que queda entre las dos estaciones de autobuses en Zihuatanejo.
Se instala allí casi todos los días, desde la mañana hasta la tarde, de lunes a sábado.
Los cocos de corteza reluciente, verde y amarilla, llegan de las huertas vecinas en racimo amontonados en la caja trasera de su camioneta, para mayor deleite de quienes se han acostumbrado a saciar su sed y hasta el hambre con el agua y la pulpa de esta fruta tropical que tanto abunda en la costa guerrerense.
Los clientes escogen a su gusto el coco que quieren partido en su delante. Compran el agua y la pulpa despachados en una bolsa de plástico, junto con su popote del mismo material, (si no es que se han habituado a llevar su propio envase). Su precio que era de 18 pesos aumentó a 20 en el presente año, cantidad que no parece ser prohibitiva si se toman en cuenta las propiedades nutritivas que contiene y la cantidad de asiduos compradores.
El negocio que vende en promedio hasta 200 cocos por día, dispone de lo elemental para atender la demanda que crece. Aparte de la camioneta de 4 cilindros en la que transporta su mercancía, José Luis llega provisto de una mesa plegable donde coloca la hielera que enfría y conserva el agua.
Usa también un tronco de madera de guamúchil que no necesita bajar de la camioneta porque en ella se apoya para partir los cocos.
En su labor ocupa alternadamente dos machetes que él mismo afila cada día con una piedra de amolar traída del cerro, uno de filo grueso para cortar los cocos más sazones o maduros, de corteza difícil, y otro de filo delgado para los cocos tiernos, generalmente más blandos.
Tiene dos cucharas para despegar y extraer la pulpa del coco, una es convencional y la otra hechiza, de fierro, con empuñadura para hacer palanca y despegar la pulpa sazona del hueso.
Nunca le faltan tres bancos de plástico y dos sombrillas que pone a disposición de los clientes cansados o asoleados que disponen del tiempo para sentarse y beber ahí mismo su agua y comer la pulpa con salsa picante y jugo de limón que el vendedor pone por su cuenta.
En la compra de las bolsas de plástico, la salsa y los popotes, José Luis gasta 50 pesos diarios, y aunque no sabe cómo le va a repercutir la prohibición del uso del plástico tan anunciado, es de los que aplauden esa medida contra la contaminación.
La camioneta en la que transporta los racimos de cocos la compró con sus ahorros de bracero en Estados Unidos. Cuando dejó aquel país cargó también con un refrigerador comercial que ahora lo utiliza para hacer el hielo que consume.
Pero no fue fácil para José Luis levantar el negocio que vende casi 60 mil cocos al año. Antes vivió otras experiencias en su proyecto de ser él su propio patrón.
Cuando incursionó en el comercio comenzó con el pescado fresco que le proveían en el Puerto Vicente Guerrero y lo comercializaba ranchando en los pueblos, hasta que pensó en otro giro que fuera menos delicado en su conservación y de más fácil acceso para la economía popular.
Antes de encontrar la ventana de oportunidad en la que ahora crece, nuestro coquero era vendedor de fruta, mayoritariamente de sandías, pero no le gustó esperar tanto tiempo la temporada de cosecha y volteó entonces hacia las abigarradas huertas de cocotero que producen cada tres meses.
Lo que más lata le dio para entrar al negocio de la venta de agua de coco, fue vencer la oposición de los comerciantes que son su competencia los cuales se creían con derecho de vetarlo para vender en la vía pública.
Cuando tomó la decisión de competir lo hizo cumpliendo las exigencias de los otros coqueros que lo mandaron a la parte más soleada de la banqueta donde no se salvó del inspector municipal que le cobró lo que quiso.
Yo que soy uno de sus clientes más asiduos, consumidor consuetudinario del agua de coco, seguí su evolución en el comercio a lo largo de dos años, celebrando cada uno de sus logros por su perseverancia, disciplina, limpieza y buen trato.
En poco tiempo se hizo de su propia clientela a la que le importa más el buen trato y la calidad de los cocos, que la sombra arbolada de los otros negocios, y pronto requirió de un ayudante para atender y despachar a los clientes que por la prisa no pueden bajarse de sus autos.
Pero lo que más aprecio de la iniciativa del joven comerciante es su afán de autoemplearse en un trabajo que dinamiza la economía local porque fortalece un cultivo casi abandonado y envejecido, mejorando los ingresos de los copreros.
Con la venta diaria de 200 cocos en promedio genera ingresos que se reparten entre el dueño de la huerta y dos cortadores. 600 pesos diarios gana el primero y 300 cada uno de los peones, más el pago del ayudante y del dueño del negocio Cinco empleos directos, con una inversión que, salvo el precio de la camioneta, no rebasa los dos mil pesos.
Los días que entre semana el coquero se ausenta de la banqueta es por causas de fuerza mayor, y eso lo sabemos sus clientes que nos desencaminamos sin chistar cuando miramos desierto el oasis donde colmamos nuestra sed, sabiendo que el coquero faltó porque no halló oportunamente la huerta con producto de la calidad a la que nos tiene acostumbrado.
Eso sucede en la época de estiaje, cuando los mantos freáticos que alimentan a las palmeras bajan y la producción se detiene.
Los cocos de más alta calidad dice que provienen de las huertas establecidas en torno a la bahía de Potosí, en los linderos de los municipios de Petatlán y Zihuatanejo, pero cuando se agota la producción, la necesidad urge al coquero para ir más allá de las plantaciones conocidas, hasta el municipio de La Unión.
En uno de estos días fui testigo de la visita que tuvo nuestro coquero de parte de un coprero que venía del pueblo del Coacoyul interesado en vender su cosecha de una huerta vecina a la laguna Caña de agua. El coquero le agradeció la oferta y le explicó que como las palmas eran demasiado altas sus cortadores no se atrevían a subirse, que le recomendaba ir con los otros vendedores que tenían cortadores para quienes la altura no era obstáculo porque subían con maneas como lo hacen los electricistas de la CFE.
Después el coquero me explicó que se trataba de una huerta vieja que ha bajado la calidad de sus cocos y que como son muy altas las palmeras, sus cortadores no se animan a subir porque es real el riesgo de caerse.
Los cocos que consumimos se cosechan de palmeras jóvenes, cortados en racimos que son bajados con cuerdas para evitar los golpes que perjudican la pureza y calidad del agua, me explica.
José Luis desconoce la historia del coco. No sabe que se disputan su origen, la India, Banglades y Sri Lanka, y menos que fueron marinos portugueses quienes lo descubrieron y trajeron a Europa a finales de mil 400.
Pero es seguro que ha visto emerger de los cocos jimados el rostro escondido del monstruo con el que se asusta a los niños que no se quieren dormir “Duérmase pequeño/duérmase ya, porque viene el coco y te comerá.”