EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Un debate pobre y sin futuro

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 09, 2007

 

Un sabor nauseabundo está dejando la discusión pública sobre la ampliación de la
despenalización del aborto en el Distrito Federal, que ha tenido una resonancia nacional.
No estamos ante un debate serio y responsable que facilite la comprensión de lo que está
en juego. La discusión que se ha dado se ha quedado en meras descalificaciones entre
las partes, entre proabortistas y antiabortistas. O será que se ha amplificado más en los
medios el lado más rastrero y visceral de la controversia que ha consistido en calificativos
llenos de oprobio, en amenazas de excomuniones, en insultos, en fin, en gritos de sordos.
El debate serio no se ha escuchado aún. Un debate que ponga sobre la mesa, de una
manera clara las razones de los unos y de los otros, está aún pendiente. El tema no es
fácil, sino extremadamente complejo, por lo que los puntos de vista simplistas están fuera
de lugar. No conducen a nada bueno sino a la polarización social y al encono.
Se ha planteado un conflicto de valores entre las partes. Esos valores son los que tienen
que discutirse de manera más razonada y responsable. Se ven confrontados los valores
religiosos y éticos de unos con los valores de la modernidad de otros como la democracia,
los derechos humanos y las libertades. Este asunto no ha tenido el interés necesario en lo
que lleva esta controversia pública, que ha versado sobre asuntos parciales o periféricos o
se ha extraviado por los caminos fáciles e inútiles de la descalificación de los adversarios.
Necesitamos una discusión sobre el fondo. Más allá de calificar el asunto del aborto como
un problema de salud pública o de derechos humanos o como un problema religioso y
moral, tenemos que reconocer que estamos ante un tema interdisciplinar que no excluye
ningún planteamiento, así sea científico, ético, religioso, político o sanitario. De ordinario,
quienes excluyen planteamientos se polarizan en posiciones cerradas y sectarias. Y esta
posición se descalifica a sí misma.
Si queremos manejar democráticamente un proceso de discusión como el que se está
dando no podemos llevarlo adelante a punta de injurias y de llamados a callar. Ni injuriar a
políticos ni injuriar a religiosos es útil y productivo. Se tienen que escuchar todas las voces
para enriquecer el debate y transitar hacia una mayor claridad mediante argumentos,
experiencias y propuestas. Algo que no se ha dado es escuchar a los adversarios, actitud
característica del espíritu sectario y de miedo a la verdad. Tampoco se ha dado un diálogo
que integre las diversas perspectivas posibles sin excluir ninguna.
Que el aborto es un asunto de salud pública, es cierto. También es un problema de
derechos humanos. No hay nada que objetar. Pero también es necesario reconocer que es
un problema ético porque somos seres humanos y las esferas públicas están construidas
por seres humanos, quienes tenemos una dimensión ética inherente. La opción por la
perspectiva ética no es optativa. Es necesaria e imprescindible. La cuestión está siempre
implícita y no puede ser de otra forma puesto que siempre se están manejando valores. El
asunto de fondo está en que se están manejando diversas concepciones de la ética. Si por
un lado hay una concepción secularista y moderna de la ética, por otro lado hay una visión
naturalista y religiosa de la misma. Estamos ya planteando un asunto filosófico. Lo que
está en juego es la concepción del ser humano, la antropología subyacente en los
discursos y en las discusiones.
El asunto del aborto no tiene que colocarse como un pretexto para posicionarse
políticamente según una tendencia altamente pragmática en la vida pública. No es un
asunto que deba someterse a una contienda pública que busque medir fuerzas y con
riesgos de polarización social. Este tema está dejando ver que en cuestión de democracia
tenemos aún mucho que aprender. No basta invocar a la democracia para ser
democráticos así como no basta invocar a Dios para ser verdaderamente creyentes. Este
clima de confrontación en el cual parece que se busca que haya ganadores y perdedores
causa un grave daño social con el riesgo de posibles regresiones sociales.
Hay que darle altura al debate o saldremos perdiendo todos.